Diario de Carcosa /03


Entrada #27 (01/05/2017)

Una de las ventajas de trabajar en un periódico es que tienes acceso a muchas fuentes de información que normalmente les están vetadas al resto de los mortales: archivos, hemerotecas o, como en este caso, testimonios personales. Harry Styles había estado a cargo de la sección de Sociedad y Sucesos del diario desde mucho antes de que yo naciera y aunque ya lleva doce años jubilado, su mente se conserva igual de ágil que el primer día, y es una auténtica enciclopedia viviente de los últimos cien años de vida social de la ciudad de Los Ángeles y de los condados de los alrededores. Soltero empedernido, gay confeso y militante, Styles vive en una preciosa vivienda unifamiliar que escogió por su cercanía a Sunset Boulevard, escenario de la mítica película del mismo nombre rodada por Billy Wilder en 1950.
Harry no sólo tuvo ningún problema en recibirme, sino que se esforzó por ser un anfitrión encantador y enseñarme hasta el último rincón de su vivienda antes de invitarme a una limonada en el porche, desde donde se podía disfrutar de unas preciosas vistas de las colinas de Hollywood y del cañón Fryman. Siempre he sospechado que es tan amable conmigo porque piensa que somos del mismo palo, debido a mi forma de vestir y mi corte de pelo, algo masculino y que recuerda mucho al que luce Ruby Rose en Orange is the new black. Lo cierto es que no, aunque como él nunca ha sacado el tema, nunca he tenido que desengañarle.
- Así que estás investigando sobre la productora de Peter Janos - me dijo, tras el habitual intercambio de cumplidos y frases corteses.
- Si, hay algunos aspectos sobre su vida y filmografía que me parecen fascinantes.
- ¿Cómo por ejemplo?
- Me interesa sobre todo la relación entre Janos y un sitio llamado el Club Social Carcosa, y algo que ocurrió ahí en 1931.
- El escándalo Levine - asintió Styles, como si nada de todo aquello le cogiese por sorpresa.
- En efecto. Después de la muerte de la actriz, Janos prácticamente desapareció del mapa, como si nunca hubiese existido.
- Oh, ya lo creo que existió. Fue uno de los precursores de la oleada de cineastas alemanes que vinieron a los Estados Unidos a finales de los años veinte, huyendo del nazismo.
- Pero él era húngaro, no alemán - objeté.
- En realidad, nadie sabe con exactitud de dónde era Janos. En su juventud viajó por toda Europa y cogió prestado algo de cada país en el que estuvo. Su cine era una mezcla entre el expresionismo de Lang y el realismo social de Eisenstein. Se las daba de hombre sofisticado y aristócrata, aunque nunca reveló con que familia de la nobleza se suponía que estaba emparentado. Como mucha gente del Hollywood de la época, era un apasionado del ocultismo, el espiritismo y las artes místicas.
- He leído que conoció a Aleister Crowley.
- Es muy probable. De hecho, muchas de las cosas que Janos decía sonaban a Crowley. Los dos tenían muchas características en común: magnéticos, seductores, con el toque de misterio justo para encandilar a los crédulos...
- ¿Y qué tiene eso que ver con el cine?
- Todo. Ni te imaginas el ambiente esotérico que había en el Hollywood de los años veinte, donde hasta el más piadoso vendería su alma al diablo con tal de triunfar. Janos, de hecho, concebía el cine como una herramienta valiosísima para el desarrollo de las artes místicas. Si una imagen vale más que mil palabras, el cine son veinticuatro imágenes por segundo, y él fue un pionero a la hora de insertar mensajes subliminales durante el metraje. Sus películas, decía, eran una invocación que buscaba crear entre los espectadores el estado de ánimo necesario para trascender la realidad, debilitar las puertas entre los mundos y comunicar con entidades del más allá.
- La verdad, suena un tanto absurdo.
- Bueno, estamos en el siglo XXI. Ahora todo lo que tenga más de cincuenta años nos parece viejo y absurdo. Pero en aquel entonces sólo resultaba pintoresco. Eran los felices años veinte, el país volvía de ganar una guerra, y se respiraba un ambiente de optimismo y euforia en el que todo parecía posible... Al menos, hasta el crack de la bolsa de 1929, claro.
- ¿Qué pinta en esta historia el Club Social Carcosa?
- No sabría decirte. Era un club privado, sólo para varones, formado en su mayor parte por gente del cine, aunque también había algunas personalidades locales e incluso miembros de las incipientes mafias de la ciudad. Muchos de ellos europeos, como Janos. Hacían reuniones, charlas, ciclos de conferencias, sesiones de espiritismo, y fiestas que muchas veces terminaban en orgías donde todo el mundo copulaba con todo el mundo, sin distinción de sexo y edad.
El uso del verbo copular estuvo a punto de hacer que se me escapara una sonrisa. Por suerte, Harry no se dio cuenta, perdido como estaba en los recovecos de su memoria.
- ¿Fue en una de esas fiestas dónde murió Míriam Levine? - le pregunté.
- Es posible. Levine era una joven aspirante a estrella. Su fama subió como la espuma en muy poco tiempo, gracias a su atractivo y su ambigüedad, algo que era muy importante a la hora de triunfar en el viejo Hollywood.
- ¿Ambigüedad?
- Que le iban los dos palos. Lo mismo podía acostarse con el director de la película que con la actriz principal, con tal de ascender y abrirse un hueco entre las mejores del momento: Marlene Dietrich, Greta Garbo, Lousie Brooks, Hedy Lamarr, y tantas otras. The Yellow Sign fue su primer papel importante como protagonista femenina, y se rumoreaba que tras su siguiente colaboración con Janos la Metro le iba a ofrecer un contrato en exclusiva para rodar diez películas con ellos. Si hubiese seguido viva, claro.
- ¿Cómo murió, exactamente?
- Según el informe final, de una sobredosis. Otras fuentes hablan de algún tipo de ceremonia ritual que salió mal. El primer médico que la atendió confesó, mucho más tarde, que la auténtica causa de la muerte fue un golpe en la cabeza que provocó un derrame cerebral, y que el cuerpo estaba lleno de arañazos y moratones, además que otras señales que indicaban que podía haber sido objeto de una agresión sexual en grupo. Pero todo el mundo se apresuró a aceptar la autopsia oficial, echarle tierra al asunto y olvidarse de la pobre Levine cuanto antes.
- Pero ¿cómo es posible que no hubiese una investigación más exhaustiva? - exclamé, indignada.
- Eran otros tiempos. Los socios del club eran gente importante que no querían verse involucrados en escándalo alguno, y que tenían buenos contactos entre la prensa, la policía local y la oficina del alcalde, mientras que Levine sólo era una recién llegada que apenas había empezado a destacar. Además, por aquel entonces no había idiotas grabándolo todo con su teléfono móvil para subirlo acto seguido a las redes sociales. Todo se hacía de forma mucho más discreta, así que la pobre chica sólo fue flor de un día. Así es esta ciudad, una mañana eres la reina del mundo y al caer la noche estas muerta, enterrada y olvidada.
- ¿Qué pasó al final con Janos? No encuentro ninguna referencia suya posterior a 1931.
- El escándalo le pasó factura. No en público, claro, pero después de aquello ya nadie quería trabajar con él. Supongo que acabaría como la pobre Norma Desmond, viviendo solo y loco como una cabra en una de esas viejas mansiones del Sunset Boulevard. O quizás volvió a Europa, quién sabe.
- Un tal Peter Janos Horváth murió en 1976 en Orange County, pero no estoy segura de que fuese él.
- Yo tampoco. Si hubiese fallecido aquí, en Los Ángeles, me hubiese enterado. Hubiésemos publicado su necrológica en el periódico. En cualquier caso, tiene que estar muerto. La última vez que se le vio en público, en 1932, ya tenía 68 años, aunque aparentaba muchísimos menos. Nadie le hubiera echado más de cuarenta y cinco.
Las palabras de Harry, lejos de tranquilizarme, no hicieron sino acrecentar mis dudas acerca de la edad real de Janos y el conflicto aparente entre esta y su fecha de nacimiento.
- ¿Y qué fue del club Carcosa?
- Nada. Siguió funcionando como tal hasta el año 1952. Poco después una inmobiliaria compró el edificio y donde estaba el club abrieron un restaurante y una sucursal de la Wells Fargo.
- ¿Hay alguna forma de acceder al registro de socios?
- No creo. Esa información debió de desaparecer con el mismo club.
- El emblema del Carcosa es el mismo símbolo que aparece en la película de Janos. Curiosa coincidencia, ¿no te parece?
- No tanto. Seguro que Janos lo copió de ahí. En aquel entonces las leyes de copyright eran mucho menos estrictas que ahora, y los préstamos y homenajes estaban a la orden del día. Fíjate en Lovecraft y su círculo. De hecho, creo que el nombre de Carcosa aparecía originalmente en algún relato de Chambers.
- ¿Chambers? ¿Te refieres a Robert W. Chambers, el escritor?
- El mismo - aseveró Harry, y yo recordé que Chambers era uno de los nombres presentes en el puzle de Marten. Al final, tal y como me temía, todo estaba relacionado entre sí de una manera que aun no comprendía, pero que ahora comenzaba a desvelárseme.´
- ¿Todo esto tiene algo que ver con la desaparición de Marten? - inquirió mi anfitrión, haciendo gala de una fina agudeza mental, aunque yo me apresuré a negar con la cabeza.
- No veo como. Todo esto pasó mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera. Sea lo que sea, es agua pasada.
- A veces, el pasado se resiste a desaparecer del todo - objetó Harry -. Y el mal, en concreto, muestra un enorme talento a la hora de esconderse y reaparecer cuando menos te lo esperas. Será mejor que tengas cuidado, Andrea.
- ¿Por qué?
- Porque no creo que volvamos a saber nunca nada más de Marten, y odiaría ver tu foto al lado de la suya en el tablón de misterios sin resolver.
- Ahora creo que te estás preocupando demasiado - repliqué, con una sonrisa poco convincente.
- Es posible. Es lo que hacemos los viejos, Andrea: preocuparnos por todo, y por todos. ¿Quieres otro vaso de limonada?
- Sí, por favor - acepté, pensativa, observando la lejana línea de las montañas mientras Harry desaparecía en el interior camino de la cocina. Janos, Carcosa, y ahora Chambers. Dios mueve al jugador y este a la pieza, pero ¿qué Dios detrás de Dios la partida empieza? ¿Lo sabría algún día? Peor aún, ¿me arrepentiría de llegar a saberlo?

(Continuará)
 
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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