Las huellas de la Fundación

¿Qué aficionado a la CF no se ha leído la serie de las Fundaciones de Asimov? La obra del buen doctor es algo así como la Biblia de todo buen iniciado, al menos entre los que ya peinamos alguna que otra cana. Como el propio Asimov se encargaba de recordarnos con un sano sentido del humor no exento de orgullo, la serie de las Fundaciones era la única que había obtenido un premio Hugo especial, en 1966, a la mejor serie de toda la historia de la ciencia ficción. Casi nada.
Y lo cierto es que la serie lo merece. Un servidor, cuando era mucho más joven, devoró con fruición aquellos relatos que narraban la decadencia y ruina del Imperio Galáctico, el ascenso de la Primera Fundación, la lucha entre esta y los restos del moribundo Imperio, la irrupción del Mulo y sus efectos sobre el Plan Seldon, y la lucha entre sombras de los miembros de la misteriosa Segunda Fundación por reconstruir el Plan y hacer realidad el sueño de Hari Seldon. “Diez meses antes, el Primer Orador había contemplado aquellas mismas estrellas, que en ninguna otra parte eran tan numerosas como en el centro de ese enorme núcleo de materia que el hombre llama la Galaxia, con un sentimiento de duda; pero ahora se reflejaba una sombría satisfacción en el rostro redondo y rubicundo de Preem Palver, Primer Orador”. Y creo firmemente que si Asimov hubiera cerrado la serie con estas líneas, y se hubiese conformado con escribir una trilogía, tal vez hubiese sido mejor para todos, incluyendo al mismo autor; pero la fama y la vanidad son malas consejeras y, finalmente, el buen doctor accedió a continuar al serie, a principios de los 80, con Los límites de la Fundación, una floja novela a la que siguió otra mucho peor si cabe: Fundación y Tierra. En ambas se narra la búsqueda del ya mítico planeta Tierra por parte de los miembros de la Segunda Fundación, a la vez que con una vuelta de tuerca cuestionable, se enlazaba la serie de las Fundaciones con la de los Robots Positrónicos y, en medio, la del Imperio, a través de la figura del robot Daniel Olivaw, antiguo compañero de Elijah Baley y reconvertido ahora en Eto Demerzel, consejero Imperial y coetáneo de Hari Seldon.
A partir de ahí Asimov decidió viajar atrás en el tiempo, hacer arqueología y contarnos la historia del joven Hari Seldon y los orígenes de la Psicohistoria en un nuevo proyecto del cual tan solo llegaron a aparecer dos entregas: Preludio a la Fundación (1990) y ya a título póstumo, Hacia la Fundación (1993).
Con la muerte de su autor parecía que las posibilidades de conocer más acerca de los entresijos del plan Seldon y del futuro de la humanidad quedaban cerradas. Sin embargo, el mismo Asimov había dejado una puerta abierta a la solución al rescribir su relato "Anochecer" a medias con Robert Silverberg; y en una época en la que con tal de hacer dinero todo vale, el nombre del buen doctor se convirtió en reclamo de venta para series de libros que tan solo se inspiraban ligeramente en su obra, como Robots en el Tiempo, de William F. Yu, o Caliban, de Roger MacBride Allen.
La serie de la Fundación tampoco se libro del expolio, aunque justo es reconocer que se hizo con más elegancia, ya que para terminar la trama iniciada en Preludio y Hacia la Fundación los albaceas de Asimov escogieron a un selecto grupo de lo mejor de la moderna CF anglosajona: Gregory Benford, Greg Bear y David Brin, que a razón de un libro por año cada uno, escribieron una nueva trilogía ambientada entre Hacia… y Primera Fundación, compuesta por El temor de la Fundación (Benford, 1997); Fundación y Caos (Bear, 1998); y El triunfo de la Fundación (Brin, 1999). Evidentemente, ninguno de estos tres autores escribe como Asimov, aunque hacen un gran esfuerzo porque sus historias encajen dentro de la trama y evitar incongruencias. Básicamente rellenan el prólogo que va hasta la primera novela de la trilogía clásica, a la vez que intentan dar la respuesta a diversos enigmas de la obra del buen doctor, como: ¿Por qué no hay alienígenas en la galaxia? ¿Qué papel desempeñan los ordenadores? ¿Y los robots? ¿Cómo llegó la teoría de la Psicohistoria a ser como es? Y, finalmente, ¿quién era Hari Seldon, como persona, como hombre? No obstante, es importante advertir que ni Benford, ni Bear, ni mucho menos Brin son Asimov, y por más que escriban sobre las Fundaciones no dejan de ser ellos mismos jugando a imitar al maestro. Asimov podría tener sus defectos, pero era un narrador nato que sabía como enganchar al lector y mantenerlo en suspense hasta la última página, algo de lo que no son capaces ninguno de los tres antedichos.
Más interesante resulta Crisis Psicohistórica, de Donald Kingsbury, que pese a estar inspirada en el universo de las Fundaciones no está avalada por los albaceas de Asimov; por lo que el autor ha tenido que modificar los nombres de personas y lugares para disimular su naturaleza. Ambientada muchos años después de Segunda Fundación, la novela de Kingsbury especula acerca de como sería el futuro de la humanidad en una galaxia regida al fin por las leyes de la Psicohistoria. Si Benford, Bear y Brin se esforzaron por recrear los orígenes de la serie, Kingsbury ha intentado dar un adecuado punto y final a la misma, y lo ha hecho con mucho más interés y fidelidad al espíritu original de su creador que los anteriores.
Pero, ¿es este realmente el final de la serie? Lo cierto es que las colaboraciones póstumas, camufladas de homenajes, son algo así como la caja de Pandora, que una vez abierta se resiste a cerrarse, y mientras la máquina de producir dólares siga funcionando no sería extraño que nos encontremos en un futuro más o menos cercano con más historias ambientadas antes, durante o después de la serie original. No importa. Para mí, esta terminó con Preem Palver contemplando aquellas estrellas que en ninguna otra parte eran tan numerosas como en el centro de ese enorme núcleo de materia que el hombre llama la Galaxia.

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