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Un trabajo de rutina /04

El nombre completo del Pandora era Pandora's Box, aunque en realidad no tuviese nada que ver con el personaje mitológico y su caja, sino con la película alemana del mismo título de 1929 protagonizada por Lousie Brooks. La clientela era una heterogénea mezcla entre hipsters, cinéfilos gafapastas, y gente que sólo buscaba un lugar tranquilo donde tomar algo mientras disfrutaban viendo cine clásico. La carta del local era muy escueta (poco más que café, cerveza y gin tonics) pero a Michal le gustaba por su aire retro, la cuidada selección de títulos, y porque cuando no estaban proyectando películas solían poner música jazz a un volumen que no resultaba perjudicial para el oído.
Su informante (o al menos, eso esperaba) había llegado antes que ella y se encontraba absorta contemplando aquella escena de El extraño en la que Orson Welles le tendía una trampa a su mujer para asegurarse su silencio, mientras bebía una Heineken a pequeños sorbos. Michal se sentó a su lado sin decir nada, respetando el momento, hasta que la chica morena se inclinó hacia ella para decirle al oído, de forma casi confidencial:
- Me fascina el desenlace de la película, con esa pelea en lo alto de la torre del campanario, y como Rankin encuentra su final ensartado por una de las figuras que él mismo había arreglado. Hay algo alegórico en todo ello, ¿no crees?
- Es posible. No soy mucho del cine en blanco y negro. Mi década favorita son los setenta.
- Por cierto, espero que no te moleste.
- ¿El qué?
- La película - explicó Gaby -. El extraño. No sabía que tocaba hoy. Como tú eres judía, y todo eso...
- Judío es un concepto religioso. En realidad, yo soy muy poco ortodoxa, y tengo la doble nacionalidad, española e israelí, aunque es cierto que me crie en un asentamiento en los Altos del Golán, en Siria.
- ¿Y cómo acabó una joven israelí viviendo aquí en España?
Michal se encogió de hombros.
- Después del servicio militar me apetecía viajar y recorrer Europa. Empecé por España porque conocía el idioma, aquí tenía mishpucha, y al final me quedé.
- ¿Misqué?
- Mishpucha. Familia. Un hermano de mi madre y su parentela.
- ¿Y cómo acabaste trabajando de detective?
- Bueno, eso fue casi de rebote. Mi tío tenía una agencia privada de investigación, me ofreció un empleo como ayudante, yo acepté y al final acabé heredando el negocio cuando él falleció, hace cosa de un par de años.
- Lo siento - dijo educadamente su interlocutora, pero Michal hizo un vago gesto con la mano para indicar que no importaba.
- Y antes de eso, estuviste en el ejército.
- No exactamente. Pasé casi tres años en la guardia de fronteras, un cuerpo policial que depende de las Fuerzas Armadas. Vigilancia, patrullas, controles rutinarios, cosas así.
- ¿Alguna vez tuviste que disparar a alguien? - inquirió la joven, con muy poco tacto.
- Alguna vez, sí - respondió Michal -. Y antes de que me lo preguntes, sí, he matado a alguien. Cuatro personas para ser exactos. Y sí, duermo perfectamente por las noches. Eran ellos o yo, y estaba protegiendo a mi gente y a mis propios compañeros. ¿Te basta con eso, o hay algún otro detalle morboso que quieras saber?
- Lo siento - dijo la otra chica, aunque no parecía muy afligida -. Es que... Normalmente se me da muy bien calar a la gente, pero contigo no sé qué pensar. Apenas sonríes y tienes un forma de mirar distante, como si la gente te importase un carajo. De hecho, tengo la impresión de que si estuviésemos solas, en vez de un lugar público, ya me estarías haciendo hablar a puñetazos.
- Lamento arruinar tu pequeña fantasía sadolésbica, pero yo nunca haría eso. Me limitaría a preguntártelo muy educadamente, una y otra vez, hasta que me contestases o te volvieses loca de tener que aguantarme.
Para su sorpresa, Gaby se rió.
- Te creo.
- Me alegro. Y ahora que hemos terminado de conocernos mejor, ¿querías decirme algo o sólo me has traído aquí para ver la película?
- Esta bien, tienes razón. Sara Montes es cliente nuestra, pero no del modo que tú crees. No ha venido para hacerse ningún tatuaje, sino para borrárselo. Dos, para ser exactos.
- ¿Dos tatuajes? - repitió Michal, sorprendida. Era raro que la tía de Sara no hubiese incluido ese detalle en su descripción, a menos que la joven se los hubiese hecho después, durante su peregrinaje por Brasil y otros lugares del mundo -. ¿Qué tipo de tatuajes?
- Lo habitual. Un símbolo oriental en la espalda, entre los omóplatos, y un nombre femenino en el antebrazo - aquí Gaby hizo una pausa -. No sé si sabes lo de Sara...
- ¿Su orientación sexual? Sí, pero es algo que no me importa, salvo que tenga relación directa con mi trabajo.
- Puede que sí. Un día me confesó que aquel tatuaje era el nombre de una persona que había conocido en Brasil, y de la que había estado muy colgada, pero que ya había muerto y no quería conservar ningún recuerdo de ella. Me dio la impresión de que se estaba callando muchas cosas, y que esa persona le había calado mucho más hondo de lo que ella quería reconocer. Pero mi trabajo consiste sobre todo en ver, oír y callar, así que tampoco intenté tirarle de la lengua.
- Cuando dices "Una persona" doy por hecho que te refieres a otra mujer.
- Por supuesto.
- ¿Y te acuerdas del nombre en cuestión?
- No - repuso Gaby, y Michal supo que de nuevo estaba mintiendo o callándose algo -. Era un nombre extranjero femenino. Creo que empezaba por eme, o algo así. ¿Por? ¿Es importante?
- Cualquier detalle es importante. Por lo que dices, me da la impresión de que Sara estuvo varias veces en vuestro local.
- Tres, hasta la fecha. Quitar tatuajes es mucho más difícil y delicado de lo que la gente piensa, y normalmente hacen falta varias sesiones. Sara, de hecho, aun no ha terminado. Todavía tiene que volver un par de veces, por lo menos.
- Entonces, tal vez podrías arreglarme un encuentro con ella.
- He hecho algo mejor - repuso Gaby -. ¿Conoces el Starbucks de Ortega y Gasset?
- Si.
- Pues te estará esperando allí mañana a las doce y media del mediodía.
- ¿Ya está? ¿Así de fácil?
- De fácil, nada. Por algún motivo que desconozco le pones muy nerviosa, y ha estado a punto de echar a correr de nuevo. Pero le he convencido de que lo mejor es que hable contigo cuanto antes y se quite el problema de encima. El que sea.
- Muchas gracias.
- No hay de qué. No lo he hecho por ti. Sara me cae bien, y además, me consta que no te ibas a dar por vencida. Que removerías cielo y tierra hasta encontrarla y averiguar lo que sea que necesitas saber, así que cuanto antes habléis, antes nos libraremos de ti. No te ofendas.
- No me ofendo - aseveró Michal, haciendo ademán de incorporarse. Pero antes de que pudiera dar un paso más, la otra joven le agarró por la muñeca.
- Escucha, Sara es una buena persona que lo ha pasado muy mal. Primero lo de sus padres y después, lo de esa otra chica. Lo que quiero decir es que tengas todo eso en cuenta cuando la veas mañana. Y que si le haces más daño, o le causas la más mínima molestia, te las tendrás que ver conmigo. Yo no habré estado en el ejército, pero conozco a gente que conoce a gente a los que no querrías conocer ni en tus peores pesadillas. Te lo prometo. Ah, por fin llegamos a mi momento preferido - dijo Gaby, justo cuando una de las figuras del campanario atravesaba a Orson Welles con su espada y, tras arrastrarlo varios metros, el ex nazi fugado se precipitaba al vacio entre el asombro y el terror de sus vecinos.
- No sé si me he explicado bien - añadió la joven, cuando los títulos de crédito empezaron a aparecer en la pantalla de la pared.
- Perfectamente - aseguró Michal, zafándose de su presa, y dándose la vuelta con estudiada lentitud. "No muestres nunca el menor atisbo de debilidad", le había insistido su antiguo instructor en la Guardia Fronteriza, y ella siempre había sido una de sus mejores alumnas. Y la más peligrosa de todas. Por eso sabía reconocer una amenaza cuando esta iba en serio, y la de su interlocutora lo iba. Nuevamente, la investigadora volvió a preguntarse que tenía Sara Montes para despertar esa lealtad en todas las personas que se cruzaban en su camino, y si ella también sucumbiría ante su hechizo. En cualquier caso, se dijo, mañana saldré de dudas.

(Continuará)
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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