Un trabajo de rutina /03

Al día siguiente tenía la respuesta de su ayudante aguardándole en el teléfono nada más levantarse. En todas las ocasiones en que había solicitado un taxi, Sara Montes se había apeado en la misma dirección del distrito Chamberí. Michal decidió sacrificar su café matutino para averiguar que había allí que tanto interesaba a la sobrina de su clienta. Para su sorpresa, la dirección se correspondía con lo que parecía uno de esos modernos estudios de tatuaje a medio camino entre el estilo gótico y el rollo hipster, que tanto proliferaban por la capital. Un tanto descolocada la investigadora accedió al interior del local. Allí, una chica rubia realizaba un reportaje fotográfico a una pareja de jóvenes con el torso y los brazos completamente recubiertos de tatuajes. Varias personas igualmente tatuadas observaban atentamente el espectáculo mientras gesticulaban y hacían diversos comentarios en voz baja. Al verla entrar un joven musculoso, con perilla y la cabeza rapada, se separó del resto para atenderla.
- ¡Hola! Si has venido para mirar tatuajes, llegas en mal momento. Ahora mismo estamos un poco liados. Si no te importa volver un poco más tarde, o mejor, mañana...
- En realidad, me gustaría poder hacerle un par de preguntas a la persona que suele estar aquí atendiendo al público.
- ¿Porqué? ¿Eres alguna clase de inspectora? - inquirió el sujeto, repentinamente preocupado.
- Algo así - respondió Michal, evasiva. El calvo musitó un nervioso "Espera aquí" y se alejó para susurrar al oído de una chica vestida de oscuro, con unos leggins negros y una camiseta de tirantes del mismo color que dejaba al descubierto sus brazos, completamente recubiertos de tatuajes desde el hombro hasta las muñecas. Su estilismo se completaba con diversos piercings por el rostro, y un corte de pelo asimétrico, que le dejaba la nuca prácticamente al aire libre mientras que por delante le colgaba a ras de la barbilla por ambos lados. Sus ojos brillaban con furia mal contenida cuando se acercó a atender a la recién llegada.
- ¿Hay algún problema?
- No. ¿Por qué? ¿Debería de haberlo?
- Marco dice que eres inspectora de no sé qué, y la verdad es que me da igual. Tengo todos los papeles y permisos en regla. Llevamos aquí casi doce años y nunca hemos tenido el menor problema, ni con el ayuntamiento, ni con la comunidad.
- Me habrá entendido mal - repuso la investigadora -. Yo sólo le dije que quería charlar con alguien que trabajase de cara al público.
- ¿Por qué?
- Estoy buscando a una persona.
- ¿Y qué? - insistió la joven morena, sin relajar un ápice su actitud agresiva -. ¿Acaso esto te parece una oficina de información turística? Esto es un estudio de tatuajes. Si quieres hacerte uno, perfecto, pero si sólo vienes a curiosear o a tocar las narices, ya sabes dónde está la puerta.
- En realidad, en mi familia no somos mucho de tatuajes. A mi abuelo le hicieron uno en la muñeca durante su estancia en Dachau y desde entonces, nos traen muy malos recuerdos.
- ¿Qué me estás llamando? ¿Estás insinuando que todos los que llevamos tatuajes somos unos nazis? - explotó su interlocutora, cada vez más alterada.
- Para nada. Tú me has preguntado si quiero hacerme un tatuaje, y yo te he explicado por qué no. Como te decía, estoy aquí para buscar a una persona.
- ¿Y eso que tiene que ver conmigo? ¿No se supone que buscar gente es tarea de la policía?
- Si, pero no es que esta persona esté exactamente lo que se dice desaparecida. Además, tengo motivos para creer que ha venido aquí hasta en tres ocasiones diferentes durante las últimas semanas, y cabe la posibilidad de que te acuerdes de ella - contraatacó Michal, exhibiendo de nuevo la imagen de Sara en su móvil. La morena parpadeó, empezó a abrir la boca, vaciló, y apretó de nuevo la mandíbula. El gesto fue muy rápido, casi instintivo, pero bastó para confirmarle a la investigadora lo que ya sospechaba: su interlocutora sabía algo, pero no estaba dispuesta a soltar prenda así como así.
- No me suena de nada. ¿Y tú quien eres? ¿Una pariente? ¿Amiga? ¿Pareja?
- Sólo una conocida de la familia. Alguien que se preocupa por ella.
- ¿Por? ¿Está metida en algún problema?
- No lo sé. Por eso me gustaría hablar con ella. Para poder preguntárselo y echarle una mano, si es necesario.
- Que amable por tu parte, pero suponte que ella no necesite nada de nadie.
- En ese caso me iré tranquilamente de vuelta a casa, con la satisfacción del deber cumplido... Siempre y cuando me lo diga ella misma en persona.
Hubo una nueva pausa mientras la morena digería sus palabras. Pero antes de que ninguna de las dos pudiese añadir nada más, la fotógrafa se acercó para hablar con la chica de la tienda.
- Gaby, aquí ya hemos terminado. ¿Podemos pasar adentro? ¿O prefieres que hagamos un descanso?
- No hace falta. Dame un momento y enseguida estoy con vosotros.
- Muy bien - aceptó la fotógrafa, dirigiéndole una mirada calculadora a Michal antes de regresar por donde había venido.
- Como ves, ahora no puedo atenderte - dijo Gaby -. ¿Conoces un cine-café llamado Pandora?
- He estado un par de veces, sí.
- Vale, en ese caso podemos quedar allí mañana a las siete de la tarde, si te viene bien.
- Me viene perfecto - aceptó Michal. La otra joven se despidió con un rápido gesto de la mano y siguió a sus amigos hacia la trastienda del local, pero antes de que la investigadora pudiese reaccionar, la fotógrafa le apuntó con la cámara y tiró una rápida sucesión de instantáneas.
- ¡Eh! - protestó Michal, levantando la mano derecha para taparse la cara -. ¿De qué vas? ¿No se supone que tienes que pedirme permiso, o algo así?
- Tranquila, chica dura. Es sólo que tienes un rostro muy fotogénico. ¿No te has planteado trabajar de modelo?
- La verdad, no me gusta posar en ropa interior.
- A mi tampoco. Pero hay muchos tipos de modelos - repuso la fotógrafa, tendiéndole una tarjeta -. Piénsatelo, ¿vale?
- Como no - dijo la investigadora, en tono neutro. En la tarjeta podía leerse "Sunny Valverde. Taller de fotografía y diseño gráfico". ¿Sunny? ¿Qué clase de nombre era ese? Por un momento estuvo tentada de deshacerse de la tarjeta, pero luego se lo pensó dos veces y la guardó en la cartera. En su oficio, nunca se sabía cuando ibas a necesitar un buen fotógrafo.

(Continuará)

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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