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La Era del Cambio /06


Hacienda March, poco después.

Hannah esperó a que su amante estuviese profundamente dormida antes de salir subrepticiamente de la cama y escaparse a la cocina para prepararse una taza de café. Era consciente de que tenía que volver al trabajo cuanto antes para avisar (de nuevo) a las autoridades correspondientes de lo que había pasado, recoger los cadáveres y asegurar el perímetro alrededor de los restos de la nave hasta que llegasen los especialistas. Sin embargo, no podía evitar darle vueltas en su cabeza a las enigmáticas palabras que le había dirigido el lor antes de partir: "La era del cambio se acerca". ¿A qué cambio se refería? ¿Y por qué le había perdonado la vida? Al diablo, decidió al cabo de un rato. Redactaría su informe y dejaría que otros se preocupasen de esas y otras incógnitas. Bastante tenía ella con proteger su planeta e intentar salvar su relación sentimental.
Cuando regresó a la habitación Janine seguía en la misma postura en que la había dejado, durmiendo de medio lado en posición fetal mientras hacia esos atisbos de ronquido que normalmente la sacaban de quicio, pero que hoy hacían que la quisiese más que nunca. Sin hacer ruido se introdujo de nuevo en la cama, abrazándose por detrás a la joven y disfrutando con su aroma y la sensación de proximidad de su cuerpo. Todo lo demás, se dijo, podía esperar.

Epílogo(s).

Laboratorio de investigación biológica Escila. En órbita sobre la tercera luna de Loria.

Las puertas estancas del laboratorio se abrieron con un sordo siseo para dejar paso a un visitante inesperado. Al ver de quien se trataba, todos los presentes se apresuraron a inclinarse en señal de respeto. El recién llegado no vestía de uniforme, pero el organismo del gobierno para el cual trabajaba era mucho más influyente - y peligroso - que el ejército.
- ¡Eminencia! Es un honor inesperado. Nadie nos avisó de su visita... - comenzó a excusarse el ingeniero Jefe, pero su interlocutor se apresuró a cortarle en seco con un simple gesto de muñeca, sin dejar de avanzar hacia la sala de aislamiento, donde varios científicos lores con equipo de protección biológica extraían el contenido del contenedor recuperado en Deneba.
- ¿Qué tal se encuentra nuestro huésped? ¿Ha resistido bien el paso del tiempo?
- Perfectamente, Eminencia. El contenedor fue preparado para resistir situaciones mucho más extremas que un aterrizaje forzoso. No obstante...
- ¿Sí? - inquirió el otro lor, con un tono de voz tan casual que hubiese podido engañar a un oyente menos experimentado.
- Nuestros análisis indican al posibilidad de que parte de nuestra población pueda verse expuesta al contagio, incluso contando con el respaldo de la vacuna. Es algo... inesperado, que puede deberse a la propia naturaleza inestable del patógeno.
Hubo varios segundos de tenso silencio mientras el recién llegado asimilaba la información.
- ¿De cuantos afectados estaríamos hablando, aproximadamente?
- Puede que un cinco por ciento del total. Gente con un sistema inmunológico más débil, y que en su inmensa mayoría se corresponde con líneas genéticas secundarias.
- No importa. Todos somos marionetas en manos del destino. Dejemos que Él decida quienes deben sobrevivir y quienes, por el contrario, no son dignos de servirle en el Nuevo Universo. Al fin y al cabo, el momento del Cambio se acerca, y todos tendremos que sacrificarnos, de una u otra manera - dijo el lor, repitiendo casi las mismas palabras que había pronunciado delante de Hannah Cross poco tiempo a atrás, a la vez que desviaba la mirada hacia el ventanal de observación para contemplar la legión de bases estelares lor, cada una de ellas del tamaño de un pequeño planeta, que permanecían estacionadas en el exterior, mientras aguardaban la orden necesaria para reemprender una Guerra Santa cuyo objetivo final consistía en limpiar la Creación de infieles y otras especies inferiores.

En otro lugar del espacio conocido, más allá de los límites de la Sinarquía.

El Primer Oficial entró sin anunciarse ni solicitar permiso en la sala de combate donde le aguardaba el Analista Jefe. Este, por su parte, permaneció en silencio durante varios segundos mientras estudiaba atentamente un mapa de ese sector de la galaxia en la holopantalla que presidía la estancia.
- ¿Los lores han recuperado nuestro obsequio? - inquirió por fin el Analista, siempre de espaldas a su subordinado.
- Sí, señor. Y se disponen a utilizarlo de inmediato.
- Supongo que eso quiere decir que no han descubierto aun los efectos secundarios de la vacuna.
- No. Y para cuando los descubran, ya será demasiado tarde. La mayor parte de su población estará inoculada y expuesta a los efectos de nuestro pequeño caballo de Troya.
- Cuidado con los griegos que traen regalos - recitó el Analista Jefe, observando en el mapa las áreas de influencia de los diversos Estados de la zona: desde la Sinarquía hasta el Protectorado Lor, pasando por Alfa y Próxima de Centauro y los mundos libres de más allá del Espacio Conocido  -. Así pues, los lores usarán el nanovirus contra la Sinarquía, que ya ha sufrido un gran desgaste después de muchas décadas de combate contra la Insurgencia. Ante el enemigo común ambos contendientes intentarán pactar una tregua o, incluso, alguna clase de alianza militar. Da igual. Hagan lo que hagan, todos ellos saldrán perdiendo, y el equilibrio de poder en esta región del espacio cambiará irremisiblemente.
- Y entonces, la Liga de Hali ocupará por fin el lugar hegemónico que le corresponde entre todas las demás potencias estelares. - asintió el Primer Oficial, con entusiasmo. El Analista Jefe, por su parte, mantuvo su mutismo habitual. Algo sorprendido, el recién llegado se atrevió a preguntar:
- ¿Tiene usted alguna reserva acerca del éxito de nuestro proyecto, señor?
- Si algo nos ha enseñado la historia, es que no existe el plan perfecto, Oficial - repuso el Analista Jefe, en tono neutro, mientras se acariciaba el mentón de forma pensativa -. Siempre hay un factor imprevisto que puede arruinar el mejor de los esquemas.

Planeta Laststand, en el límite exterior de la Sinarquía.

Algo ha cambiado.
Malcom Price abrió los ojos, repentinamente alerta, mientras intentaba averiguar qué era lo que le había despertado. Desde su rincón apenas se alcanzaban a oír más sonidos que el zumbido de los generadores y el lejano retumbar de la artillería enemiga. Con una agilidad que desmentía su estado físico, Price se puso en pie y trepó por la escalera que conducía hasta la plataforma de observación del bunker. Una vez ahí se arriesgó a asomarse por encima del parapeto para observar el terreno que se extendía enfrente y a su alrededor.
Todo parecía normal, o al menos todo lo normal que podía parecer dentro de las circunstancias. Desde allí alcanzaba a sintonizar todo el tráfico de información que saturaba la atmósfera: fragmentos de comunicaciones entre las IA de las naves de la flota de la Sinarquía que orbitaban en torno a Laststand; retazos de conversaciones entre los soldados y sus oficiales; una miscelánea de correos personales y restos aleatorios de mensajes encriptados de alta seguridad. Lo habitual de todas las noches. Y, sin embargo, había algo nuevo. Algo distinto, y a la vez, familiar, aunque no era capaz de concretar exactamente el qué.
- ¿Señor? ¿Se encuentra bien? ¿Hay algún problema?
Price se volvió para encontrarse con la mirada inquieta, pero cordial, del sargento de guardia.
- No, sargento. No se preocupe. Sólo había salido a estirar las piernas y respirar un poco de aire fresco.
- Hoy parece más tranquilo que de costumbre, ¿no?
- Quizás - respondió Price. O quizás, sólo es la calma que precede a la tormenta, añadió para sí, aunque se guardó muy bien de compartir su inquietud con su subordinado -. Creo que tomaré una taza de café. Buenas noches, sargento.
- Coronel - repuso el suboficial, dedicándole un rígido saludo de despedida. Price suspiró.
- Ya no soy coronel, sargento. De hecho, no tengo graduación alguna. Ni siquiera pertenezco a su ejército.
- Sí, señor - respondió el hombre, haciendo hincapié en el "Señor". Resignado, Malcom regresó al interior del bunker. De camino a la sala de reuniones se cruzó con varios grupos de militares que le saludaron con la misma expresión respetuosa - y algo esperanzada - del sargento de guardia. Realmente no le apetecía el café, pero era una forma educada de cortar la conversación y, además, la sala era uno de los pocos lugares del complejo donde todavía no habían empezado a almacenar cadáveres, pendientes de ser identificados e incinerados. Price ya llevaba demasiados muertos a sus espaldas, y no quería intimar demasiado con aquella gente. Es más fácil si no sabes cómo se llaman, solía repetirse, aunque al final no siempre hiciese caso de sus propios consejos. Tras servirse una más que generosa dosis de cafeína se acomodó en uno de los muchos sillones disponibles en la sala, con la vana esperanza de olvidarse (aunque solo fuera por un momento) de donde estaba, y por qué. Sin embargo, había algo que no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Una idea extraña, un mensaje repetitivo y machacón. Una sugerencia, una orden, o tal vez incluso una promesa:
El momento del Cambio ha llegado.
Abrázalo.

¿Continuará?
© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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