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La Era del Cambio /04


Una vez fuera observó que sus visitantes no había perdido el tiempo y, mientras ellos hablaban, habían desembarcado un turbocóptero de transporte modelo Escarabajo, un diseño que Hannah conocía bien, ya que era la versión civil del transporte de tropas clase Hermes. Un vehículo muy apreciado por mineros y contrabandistas gracias a su gran capacidad de carga y autonomía. En el otro lado de la balanza, el espacio disponible para la tripulación era excesivamente reducido, tal y como quedó demostrado cuando Sandor escogió tan sólo a dos de sus hombres para que les acompañasen. Aquello nivelaba un poco la balanza, y la ex-militar que había en ella empezó a sentirse un poco más satisfecha.
- Sandor, antes de seguir adelante, hay un último detalle que me gustaría dejar claro.
- ¿Sí?
- Si le pasa algo a Jane, yo mismo le mataré con mis propias manos. Y no es un insulto, ni una amenaza vacía. Es una promesa.
El hombre la escuchó con gravedad y, tras pensarlo apenas un par de segundos, respondió:
- Me parece justo.
Y echó a andar en dirección al turbocóptero. Pero al hacerlo, la pierna izquierda le falló y tuvo que apoyarse en el bastón para evitar caerse al suelo. Una expresión de dolor cruzó por su rostro y Hannah, que conocía aquellos síntomas lo suficiente como para poder reconocerlos, exclamó:
- ¡Se está muriendo!
- Es cierto - reconoció Sandor -. Y sin embargo, aun viviré más que usted si intenta jugármela, Jefe Cross - añadió este, mirando directamente a su interlocutora a los ojos mientras hablaba. Hannah le creyó. Bajo su fachada de aparente simpatía y debilidad, había algo implacable en Kirten Sandor. Y la agente no pudo evitar volver a preguntarse qué clase de energía era la que animaba a aquel hombre, hasta el punto de permitirle seguir en pie y activo cuando ya debería llevar tiempo - muchísimo tiempo - enchufado a un sistema de soporte vital.

Planeta Deneba. En vuelo sobre el Mar de Dunas.

Siguiendo las instrucciones de Hannah, el piloto enfiló hacia el lejano mar de dunas apenas hubieron despegado. Tal y como esta había sospechado, el turbocóptero tan sólo tenía capacidad para cuatro tripulantes, y eso teniendo que permanecer incómodamente cerca los unos de los otros. Al final, ella se había instalado en uno de los asientos delanteros, a la derecha del piloto, mientras que los otros dos hombres iban sentados detrás: Sandor a la izquierda y el otro escolta justo a su espalda, sin dejar de apuntarle ni un momento con su arma a través del respaldo.
- ¿Por qué es tan importante esa nave? - preguntó por fin la agente, en tono casual.
- No es la nave en sí, sino lo que contiene - replicó Sandor -. Y créame, no necesita saber nada al respecto.
- Le recuerdo que ha sido usted el que me ha implicado a la fuerza.
- Cierto. Así y todo, cuanto menos sepa, menos explicaciones tendrá que dar una vez que nos hayamos marchado - sentenció el hombre, sin mirar a Hannah de la que hablaba; y la agente supo que el hombre no le estaba diciendo la verdad o, al menos, toda la verdad.
- ¿Y para quién trabajan ustedes? Los dos sabemos perfectamente que esa nave no es suya. Tampoco son agentes de la Sinarquía. A ellos les gusta exhibirse. Está claro que tienen alguna clase de entrenamiento militar, pero ningún ejército que yo conozca mantendría en activo a alguien con un estado de salud como el suyo. Y por lo que veo, tampoco tienen acceso a la tecnología de regeneración celular. ¿Contrabandistas? ¿Mercenarios? - aventuró la agente, y al ver un tic de desagrado en el rostro de su interlocutor se apresuró a corregir -. Ah. Insurgentes.
- Las palabras no son más que etiquetas. Traidores para unos, patriotas para otros. La historia la escriben los vencedores - repuso Sandor, encogiéndose de hombros.
- ¿Y qué tiene que ver su guerra con nosotros? Aquí estamos muy lejos del frente de batalla.
- Nosotros libramos una clase de guerra diferente, Jefe Cross.
- ¿Espías?
- Ese es un término ambiguo e impreciso. Digamos que nuestra función es recoger y procesar información hasta encontrar cualquier pista, por insignificante que sea, que pueda darnos ventaja frente a la Sinarquía.
- Lo dicho: espías. Llámelo como quiera, pero no es usted más que un vulgar traficante de rumores.
- Yo prefiero el término analista de datos. Aunque a veces, no nos queda más remedio que ensuciarnos las manos, como ahora - replicó el hombre, desviando la mirada por la ventanilla del vehículo para dar a entender que daba por cerrada la conversación. Y Hannah Cross, que llevaba un buen rato preguntándose de qué clase de pasta estaba hecho aquel hombre, cayó repentinamente en la cuenta: Sandor era un fanático de la peor especie, de los que estaban convencidos de tener siempre la razón de su parte, y dispuestos a hacer lo que fuese en nombre de su Causa. Saberlo no le servía de gran cosa, pero al menos ahora estaban empatados, pensó, mientras se acomodaba en el asiento. Aun faltaban varios minutos hasta su punto de destino, y prefería reservar fuerzas para cuando llegase el momento de pasar a la acción... si es que llegaba.

Planeta Deneba. En el interior del Mar de Dunas, junto a la cordillera Unermesslich.

Al cabo de un periodo de tiempo insoportablemente largo distinguieron la lejana línea de la cordillera montañosa, sobresaliendo de la arena como si fuera la aleta dorsal de alguna clase de gigantesco animal mitológico.
- Es ahí - señaló Hannah, cuando hubo localizado las huellas del campamento minero, invisibles para cualquier ojo menos experto que el suyo. El piloto observó su tablero de instrumentos, luego a Sandor y negó con la cabeza.
- ¿Está segura?
- Si.
- Porque ahí abajo parece que no hay absolutamente nada de nada.
- Enmascaramos el lugar con mallas fantasma, para que nadie volviese a dar con él por accidente. Pero es ahí, se lo aseguro.
- Muy inteligente - alabó Sandor, mientras se inclinaba hacia la ventanilla para poder ver mejor la zona del aterrizaje forzoso. Durante un breve momento, apenas una fracción de segundo, los tres hombres se olvidaron de ella. Pero un segundo era todo lo que Hannah necesitaba. Doblando el brazo izquierdo, estrelló el codo con todas sus fuerzas contra el rostro del piloto, aplastándole el tabique nasal. El hombre estaba muerto antes de que su cuerpo cayese hacia delante, sólo sostenido en su sitio por las correas de retención. Tal y como la agente había supuesto Sandor y el otro tripulante reaccionaron de forma instintiva, abalanzándose sobre los mandos en un desesperado esfuerzo por evitar la catástrofe. En realidad, no hacía falta: el piloto automático se hizo con el control de la nave apenas esta entró en barrena, estabilizándola a unos cinco metros sobre el suelo.
Hannah aprovechó el alboroto para agarrar la muñeca armada del segundo hombre y retorcérsela hasta que el cañón dejó de apuntar en su dirección. Sandor, mientras tanto, hacia desesperados esfuerzos por soltarse de las correas y acudir en ayuda de su subordinado, aunque apenas tenía espacio para moverse con libertad mientras intentaba que no le alcanzase algún disparo perdido. En eso, un proyectil impactó contra el panel de control, provocando una explosión de humo y chispas y deshabilitando el piloto automático. El aparato inclinó el morro y comenzó a caer a plomo hacia el suelo, pero antes de que se produjese el impacto el sistema de seguridad inundó la cabina con espuma protectora a la vez que soltaba los anclajes de la misma, de manera que en el momento del choque el habitáculo salió disparado junto con sus ocupantes, rodando sobre la arena hasta detenerse a poca distancia con un último crujido metálico.

(Continuará).
© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

Comentarios

Jose Hernandez Ibarra ha dicho que…
Hola, estoy promocionando un blog de literatura fantastica chilena y quisiera formar lazos para internacionalizarlo. Es por eso que les pregunto si puedo dejar aquí el link y a cambio les puedo dedicar un post para que incluyan público chileno. Saludos!


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Alejandro Caveda ha dicho que…
Anotados quedan, Jose. Un saludo, y mucha suerte con vuestro proyecto.

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