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La Era del Cambio /05


Al cabo de un rato algo se movió dentro del vehículo accidentado. Se oyó un golpeteo rítmico que provenía del interior, el cual fue creciendo en intensidad hasta que la luna de cristal de la cabina se rajó de extremo a extremo, y Hannah Cross cayó a plomo sobre la arena, todavía envuelta en una densa capa de pegajosa espuma. Un repentino golpe de calor le secó la garganta y estuvo a punto de dejarla inconsciente antes de que el mecanismo de refrigeración de su traje de supervivencia equilibrase la diferencia de temperaturas. Una vez que hubo recuperado un cierto control de sus miembros probó a incorporarse, muy lentamente, esperando sentir en cualquier momento el pinchazo de algún hueso o costilla rotos. Pero, por suerte o por milagro, parecía que había sobrevivido con poco más que alguna magulladura y un par de cortes superficiales.
En eso, se oyó otro ruido de cristales rotos y Sandor se precipitó al suelo, al igual que la agente poco antes que él, aunque recuperándose con mucha más rapidez. No me fastidies, se dijo Hannah. ¿De qué diablos estaba hecho aquel hombre? El insurgente escupió una mezcla de arena y espuma, mientras observaba a la oficial de seguridad como si la viese por primera vez.
- ¿Por qué lo ha hecho? Sólo tenía que quedarse al margen unos minutos más mientras recogíamos lo que hemos venido a buscar, y no hubiese muerto nadie - preguntó este, por fin, con una expresión de sincero desconcierto pintada en su rostro.
- Y no tiene por que morir nadie más, si se entrega y les ordena a sus hombres que depongan las armas.
- ¿Está loca? No, ya veo que no. Los dos nos hemos equivocado el uno con el otro - reconoció Sandor -. Ahora tendré que descuartizar a tu ramera, poco a poco y muy lentamente. Pero antes de que muera, me aseguraré de que sepa que todo ese dolor, todo lo que le está pasando, es por tu culpa.
- Entonces, no hay nada más que hablar - dijo la agente, de la que empuñaba su defensa extensible y la desplegaba con un hábil giro de muñeca. Sandor, por su parte, utilizó el selector de función de su bastón para transformarlo en un estoque de combate. En realidad, la mayor parte del mismo era un holograma de luz sólida que cambiaba de forma según las necesidades de su propietario, pero Hannah sabía que no por eso era una herramienta menos peligrosa. La hoja incorporaba un campo de distorsión molecular capaz de atravesar el acero como si fuese mantequilla, y su modesta varilla extensible no era rival para semejante arma, por lo que su única opción consistía en esquivar los ataques de su adversario y esperar a que este se agotase.
No obstante, al cabo de unos pocos minutos Hannah tuvo que reconsiderar su estrategia. Sandor parecía incansable, mientras que a ella cada vez le costaba más rehuir sus fintas y estocadas. El estilo de combate de su adversario combinaba elementos de la esgrima de la Sinarquía con algo de la lucha cuerpo a cuerpo de los comandos Centaurii, e incluso algunos movimientos propios del boxeo libre de la Liga de Hali, y pasaba de uno a otro con la fluidez y eficacia de un combatiente experto. Por supuesto, pensó la agente. Su contrincante no había nacido rebelde. Con toda probabilidad, antes de pasarse a la Insurgencia habría sido oficial de Inteligencia en el ejército de la Sinarquía. Y uno muy bueno. Nadie sobrevivía tanto tiempo en un oficio como el suyo sin aprender un par de trucos. Muy a su pesar, Hannah asumió que nunca podría vencerle jugando limpio, así que empezó a retroceder mientras exageraba el cansancio que sentía. Sandor sonrió, anticipando la victoria, pero la siguiente vez que se lanzó a fondo su adversaría giró sobre si misma al tiempo que hundía un pie en la arena para arrojársela a la cara. Instintivamente, el hombre cerró los ojos a la vez que volvía la cabeza, momento que Hannah aprovechó para patearle la rodilla izquierda con todas sus fuerzas, la misma que le había visto flaquear poco antes en la Jefatura. La articulación cedió con un seco chasquido y Sandor cayó de bruces al suelo, aunque sin soltar el estoque. Antes de que pudiera recuperarse Hannah saltó sobre él, agarrándole de la muñeca armada y retorciéndosela hasta que el extremo de la hoja apuntó directamente al cuello de su contrincante. Este se resistió con todas sus fuerzas pero, cuerpo a cuerpo, la menor edad y el excelente estado físico de la agente acabaron por decantar la balanza a su favor. Al cabo de unos interminables segundos Sandor miró a Hannah a los ojos para ordenarle, con sus últimas reservas de energía:
- ¿A qué esperas? ¡Hazlo!
Y entonces dejó de oponer resistencia, de manera que la hoja le atravesó por completo, entrando por la clavícula derecha y saliendo por la espalda a la altura del riñón opuesto. Sin embargo apenas hubo sangre, ya que la propia arma se encargó de cauterizar la herida. La agente aflojó su presa y el cuerpo del rebelde cayó poco a poco de espaldas hasta quedar tumbado sobre la arena. Curiosamente, ahora que estaba muerto, parecía mucho más frágil e indefenso que antes. Jadeante y sudorosa, Hannah se dejó caer de rodillas a su lado. Sandor había sido un adversario excepcional. Tal vez demasiado. En circunstancias normales, no debería de haberle costado tanto acabar con él... a menos que el tiempo hubiese empezado a pasarle factura también a ella. Y entonces, al ser consciente de su propia mortalidad, sintió un atisbo de empatía por el difunto. No quiero acabar así, pensó, presa de un repentino ataque de angustia; no de aquella manera, tirada sobre la arena, sola y sin que a nadie le importase si estaba viva o muerta. Y para su sorpresa, descubrió que necesitaba a Jane más que nunca. En ese preciso instante necesitaba que su compañera la abrazase y le acariciase la nuca mientras le susurraba al oído que todo iba a salir bien. Por desgracia, la muerte de Sandor no había hecho sino complicar las cosas. Sin él como carta de cambio, lo más seguro era que sus hombres ejecutasen a la rehén antes de abandonar Deneba, a menos que Hannah lograse llegar a tiempo de evitarlo. Pero la Hacienda March estaba muy lejos y, a pie desde ahí, tardaría demasiado, mucho más de lo que el enemigo estaría dispuesto a esperar antes de darse cuenta de que algo había salido mal. Tampoco podía llamar a David y pedirle que le enviase un VTOL remoto sin despertar sospechas. Todavía seguía examinando sus opciones cuando se oyó el inconfundible sonido de los turborreactores de un vehículo de superficie acercándose. Los refuerzos por fin habían llegado, pero ¿para quién? ¿Para Sandor, o para ella? Hannah se cubrió los ojos con la mano para poder observar mejor la cada vez más cercana aeronave y, al reconocer su diseño, comprendió que su situación, por desesperada que pareciese antes, no había hecho más que empeorar.
Los lores habían llegado para reclamar lo que les pertenecía, y ella era la única persona presente en muchos kilómetros a la redonda a la que podían pedirle explicaciones.

Planeta Deneba. Excavación minera al pie de la cordillera Unermesslich.

La nave lor se estabilizó sobre sus proyectores de antigravedad y desplegó una pasarela de desembarco por la que descendieron seis figuras humanoides (aunque mucho más grandes que un ser humano normal y corriente) equipadas con trajes militares de supervivencia. La mayoría de ellos eran del color rojo sangre característico del ejército lor, pero el sexto vestía un equipo distinto, negro mate y sin insignias ni elementos identificativos de ningún tipo. Los recién llegados se desplegaron alrededor de Hannah sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lo cual era mucho más de lo que se podía decir de ella.
El lor equipado con el traje negro se acercó a la agente, inclinándose hasta que la placa facial de su casco estuvo a muy pocos centímetros del rostro de esta. El material era reflectante y Hannah no podía ver lo que había al otro lado, tan sólo su reflejo, pero tampoco lo necesitaba. Había visto demasiados lores durante la guerra como para saber que no quería volver a estar así de cerca de ninguno de ellos. Por fin, tras varios segundos que se le hicieron eternos, el lor rompió el silencio, dirigiéndose a ella en un panterrano básico bastante aceptable, y en un tono que si bien no podía definirse de cordial, tampoco resultaba agresivo en exceso.
- ¿Terrana?
- No - respondió la agente, con un hilo de voz -. He nacido en las colonias. No he estado nunca en el planeta Madre.
- Combatiente. Ganaste esos tatuajes matando a otros miembros de mi raza - añadió el lor, y esta vez no era una pregunta. Y Hannah lo supo. Supo que había sobrevivido a una guerra e innumerables combates y actos de servicio, a cual más arriesgado, sólo para regresar a morir a su planeta natal, a manos de un enemigo con el que ya no esperaba volver a enfrentarse nunca jamás. Un sudor frío comenzó a extenderse por su espalda pese a las altas temperaturas del mediodía de Deneba. Sabía lo que hacían los lores con los prisioneros de guerra. Había visto suficientes cadáveres - o, más bien, lo que quedaba de ellos - como para estar lo suficientemente segura de que prefería morir peleando antes que dejarse sacrificar como una res en el matadero. Su mano derecha comenzó a deslizarse de forma instintiva hacia la funda de su arma, hasta que recordó que Sandor se la había quitado poco antes de subir al turbocóptero.
Entretanto, el lor estudiaba el terreno circundante, pasando la mirada de los cadáveres a la agente y de nuevo a los cadáveres una y otra vez, mientras reconstruía en su cabeza los acontecimientos. Y entonces, hizo algo que Hannah Cross nunca había visto hacer a ningún otro lor antes que él: irguiéndose, inclinó la cabeza en señal de respeto y acto seguido le dio la espalda, como si ella no estuviese ahí. Por gestos, índico a sus subordinados que abriesen una ruta de acceso al interior de la nave, lo que estos procedieron a hacer con una eficacia fruto de muchos años de obediencia ciega y férrea disciplina. Tras despejar el casco de las mallas fantasma y de la capa de piedras y arena que lo recubrían, los lores forzaron una de las escotillas de entrada por la que se introdujo un grupo de cuatro de ellos. Poco después (Hannah no hubiera sabido decir exactamente cuánto) los cuatro lores reaparecieron transportando con infinito cuidado lo que parecía un pesado contenedor de carga. No, se corrigió a sí misma la agente, no con cuidado. Con delicadeza. Casi con reverencia.
- ¿Qué hay ahí dentro? ¿Por qué es tan importante? - se atrevió a decir, y por un momento pensó que el lor no la había oído, o que iba a ignorar su pregunta. De nuevo para su sorpresa, este respondió:
- Nuestro legado. Y a partir de ahora, nuestro futuro.
Como si aquellas palabras hubiesen servido para recordarle su presencia el lor se acercó de nuevo a ella, agachándose hasta que la placa facial de su casco volvió a estar a poco más de un par de centímetros del rostro de la agente.
- Debería acabar contigo ahora mismo. Mi fe así lo exige. Pero hoy has sido un instrumento al servicio de la voluntad de Dios, y Él ha decidido que sigas con vida para transmitir un mensaje a todo aquel que pueda o quiera escucharlo.
- ¿Qué mensaje? - inquirió esta, sorprendida ante el rumbo que estaban tomando los acontecimientos.
- Díselo a tu gobierno. A tus conocidos, a todo el mundo. La Era del Cambio se acerca - anunció el lor, señalando el espacio sobre sus cabezas con el mismo aire reverente que sus soldados -, y sólo aquellos que Él considere dignos podrán cruzar el umbral del Nuevo Universo.
Antes de que la mujer pudiese hacer cualquier otra pregunta o comentario, el lor se dio media vuelta y siguió a sus subordinados de regreso al interior de la nave que les había llevado hasta ahí. Al cabo de un rato, esta despegó, tomando el rumbo contrario al que habían seguido Hannah y los insurgentes desde la ciudad. La agente tardó varios minutos en aceptar que, después de todo, seguía viva. Cuando por fin pudo reaccionar se apresuró a recuperar su arma del cadáver de Sandor antes de abrir de nuevo un canal de comunicación con su ayudante.
- ¿David? ¿Estás ahí?
- ¿Jefe? ¿Es usted? - respondió este, casi de inmediato - ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?
- Si, no te preocupes. ¿Qué tal todo por ahí?
- Nuestros visitantes han salido corriendo sin despedirse hace unos cinco minutos. No sé que habrán visto ahí fuera, pero desde luego tenían mucha prisa. Ni siquiera se han molestado en destruir nuestro equipo de telecomunicaciones.
Desde luego, asintió la agente. Si ella viese venir a los lores, tampoco perdería mucho tiempo quedándose a hacer el equipaje.
- David, escucha, necesito que me envíes un vehículo a estas coordenadas. Voy a pasar por la hacienda March antes de regresar a la ciudad.
- Entendido. ¿Necesita que haga algo más? - inquirió su interlocutor, solícito.
- No. Tú sólo aguanta el fuerte hasta que regrese. Corto y cambio.
- Recibido. Corto y cambio.

Planeta Deneba. Hacienda March.

Su auto patrulla tardó poco más de veinte minutos en llegar hasta la casa de Jane. De camino, la agente iba analizando todas las posibilidades que podía encontrarse a su llegada. Lo más probable era que los hombres de Sandor hubiesen recogido a sus compañeros antes de abandonar el planeta pero, en ese caso, ¿qué le habrían hecho a su rehén? ¿Sabían que su líder estaba muerto? ¿Acaso este había podido contactar con ellos de alguna manera antes de estrellarse, y les había ordenado ejecutar a la prisionera? Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Cross forzó al máximo el motor del autopatrulla, lamentando no haber adquirido en su momento un vehículo equipado con tecnología de salto espacial.
Al llegar no vio nada fuera de lo común, excepto una delgada columna de humo que se elevaba al cielo desde el otro lado del edificio principal. Arma en mano, la agente corrió al otro lado sólo para encontrarse a su compañera quemando lo que parecía un gran montón de malas hierbas. No fue hasta que estuvo más cerca que se dio cuenta de que en realidad se trataba de varios cadáveres.
- ¿Estás bien? ¿Hay algún herido?
- No. Estos eran todos.
- ¿Qué ha pasado?
- Me gustaría poder atribuirme el mérito pero, en realidad, ha sido cosa de Pericles - respondió la joven señalando hacia el módulo autónomo que, como siempre, flotaba a su lado como un ángel guardián.
- Lamento el retraso en actuar, agente Cross. Tenía que esperar a que la señorita March estuviese lejos de la línea de fuego. Pero nadie entra aquí sin permiso, ni mucho menos amenaza a la familia, sin arriesgarse a sufrir las consecuencias - repuso la IA, en un tono de voz frío y mecánico. Y la agente de policía tuvo que reconocer que en ese momento Pericles ya no parecía tan simpático, ni tan inofensivo, como de costumbre.
- Pericles, si fueses orgánico te besaría - aseguró la agente, pero en vez de eso fue a Janine March a la que abrazó y besó hasta que esta empezó a protestar por señas.
- ¡No puedo respirar!
- Lo siento. No te imaginas lo preocupada que estaba, ni las ideas tan horribles que se me han pasado por la cabeza de camino. Creí... Tenía miedo de haberte perdido para siempre. Te prometo que no volveré a salir de casa sin decirte antes cuanto te quiero.
- Vaya, muchas gracias - repuso la joven, intentando mantener el tipo pero emocionada a su pesar  -. ¿Y tú qué tal te encuentras? Parece que hayas visto a un fantasma.
- Casi. He visto a la muerte cara a cara. De hecho, he estado tan cerca de ella como de ti ahora, tanto que hubiera podido tocarla si me hubiese atrevido. ¿Y sabes qué? Me ha concedido una prórroga - explicó la agente, mientras cogía a su pareja de la mano y comenzaba a tirar de ella en dirección a la casa.
- ¿Pero qué haces?
- ¿Tú qué crees?
- ¿Ahora mismo? ¿En serio?
- Si se te ocurre alguna otra forma de celebrar que estamos vivas, soy toda oídos.
- ¿Y qué pasa con todo esto? - inquirió Janine, mientras señalaba hacia los cuerpos que poco a poco se iban convirtiendo en cenizas.
- Ya se encargan Charlie y Pericles - replicó su compañera, cogiendo a la joven en brazos para ir más rápido -. ¿A qué sí, muchachos?
- Existo para servir, agente Cross - dijo la IA, con filosófica resignación.
 
(Continuará).
 
© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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