Regreso a Carcosa /04


Empezaba a anochecer cuando llegamos al lago de Hali, en las afueras de la ciudad. Un lugar que la mayoría de la gente suele rehuir, sobre todo a esas horas. Decían que estaba demasiado cerca del desierto de Yondo, y que bajo la cristalina superficie de sus aguas acechaban criaturas tan extrañas como letales, aunque un servidor nunca se había encontrado con nada ni con nadie que fuese más peligroso que yo mismo.
Nuestros invitados ya estaban allí. Había docenas, tal vez cientos de ellos (y ellas), todos diferentes, pero fácilmente reconocibles por sus tatuajes, la palidez de su piel, y esa belleza ultraterrena que les caracterizaba. Para mi sorpresa, la líder del grupo guardaba un parecido extraordinario con Cassilda, hasta el punto de que ambas hubiesen podido ser clones la una de la otra, si no hermanas gemelas, aunque la que ahora se encontraba frente a mi tenía un peinado distinto, más corto, y sus ojos eran de un inverosímil color violeta.
- Veo que nos has traído una ofrenda de paz – me susurró la hematófaga, al llegar a mi lado, mientras miraba a Camille con ojos hambrientos. Esta, temerosa, se refugió detrás de mí. Su confianza resultaba conmovedora, pero iba a tener que echar mano de todo mi poder de persuasión para que pudiéramos salir de ahí ilesos, sin un solo rasguño.
- Mi nombre es Ythill – anuncié, quitándome las gafas de sol para parecer (esperaba) aun más impresionante -. Y cualquier agravio de sangre que tengáis, lo tenéis conmigo. Yo fui el que exterminó sin piedad a todos vuestros compañeros de la Mansión Roja del primero al último, y hubiera hecho lo mismo con ella si no hubiese escapado. Así que si buscáis alguna clase de satisfacción, aquí estoy – concluí. El clon de Cassilda me observó en silencio un par de segundos antes de olfatearme de arriba abajo, como si yo fuese el primer plato del menú.
- Eres uno de los Antiguos. No pelearemos contigo. Pero ella… - añadió, señalando a Camille con el dedo índice - …nos pertenece.
- ¿Estás segura? Prueba otra vez.
Intrigada, mi interlocutora repitió la operación con la joven, que seguía temblando a mi espalda.
- Ya veo. Muy astuto – dijo por fin la hematófaga, observándome con unos ojos más fríos y turbios que las aguas del lago de Hali.
- Escuchad, no sé de qué va todo ese rollo que os traéis con el Rey y el Signo Amarillo, y la verdad es que no me importa. Carcosa es un lugar lo suficientemente grande como para que cada loco vaya a lo suyo sin molestar a los demás. Así que si me dejáis en paz, yo prometo hacer lo mismo y olvidarme de vosotros… A menos que volvías a cruzaros en mi camino, claro está.
- Él es un Rey al cual han servido Emperadores – exclamó ella, en un repentino arrebato de pasión -. El momento de su retorno se acerca y, cuando lo haga, Él restaurará la gloria perdida de Carcosa, y quienes le hayan servido con fidelidad ocuparán un lugar de honor a su lado.
Mientras hablaba, el resto de chiflados se habían inclinado en señal de respeto, y juro que casi podía ver las mayúsculas saliendo de su boca mientras recitaba su discurso.
- Sí, bueno. Yo no le debo lealtad a nadie, y quienes me conocen saben que paso de la política, pero Aldones me parece un buen gobernante y, en lo que a mí respecta, vuestro Rey de Amarillo se puede ir al carajo.
Al oír mis palabras todos ellos gritaron como una sola persona, mientras daban un paso adelante y exhibían los colmillos en gesto de desafío. Por un momento pensé que iban a abalanzarse sobre nosotros, y que me vería obligado a realizar otra masacre como la de la Mansión Roja, pero en el último momento su cabecilla logró contenerlos.
- Algún día…- me dijo, con expresión amenazadora. Suspiré.
- Llevo toda mi vida esperando a que llegue “algún día”. ¿Con quién crees que estás hablando, niña? – le pregunté, alzando la voz con mi mejor tono de desprecio -. Soy el Espectro de la Verdad. He portado la Máscara Pálida, conocí a vuestro Rey cuando no era más que otro aprendiz de brujo, estuve presente cuando le condenaron al exilio, y en mi presencia, hasta los mismos Dioses inclinan la cabeza en señal de respeto – vale, esto último era un farol más grande que jugártelo todo a doble o nada sin tener siquiera una mísera pareja entre las manos, pero funcionó. Mis palabras la sacudieron como un latigazo y pude comprobar que ahora me miraba de forma diferente, con una mezcla de temor y respeto a partes iguales. Tras retroceder un par de pasos, nos dedicó una burlona reverencia a la vez que le hacía un gesto a sus compañeros para que se alejasen. Pero antes de imitarles aún tuvo tiempo para pronunciar unas últimas palabras de despedida:
- ¡Qué lástima! – exclamó, aunque no supe muy bien a qué se refería. Nunca he acabado de entender del todo a los hematófagos. En cualquier caso, lo importante era que había ganado ese round, y que mi acompañante estaba sana y salva… al menos, por el momento.
- ¿De verdad has hecho todas esas cosas? – me preguntó por fin Camille, una vez que estuvimos a solas.
- Fue hace mucho tiempo. Y yo era otra clase de persona – respondí, de forma escueta, y ella tuvo el buen sentido de no insistir.
- ¿Y ya está? ¿Se ha acabado?
- ¡Quién sabe! En cualquier caso, nos dejarán en paz por una temporada. Algo es algo.
- ¿Y qué haremos ahora?
Esa era otra buena pregunta, aunque en esta ocasión no era yo quién debía responderla.
- Depende. ¿Qué te gustaría hacer? Me refiero, si no te hubieses tropezado con el culto, y pudieras hacer con tu vida lo que realmente te de la gana, ¿qué sería?
- ¿Yo?
- Sí, tú.
- Pues… no estoy segura. Supongo que me gustaría irme de aquí. Viajar, descubrir otros lugares, ver mundo, conocer gente, leer y tal vez, algún día, enamorarme – me respondió, bajando el tono de voz a medida que hablaba y desviaba la mirada en señal de timidez. Podía entenderla. Carcosa tiene mala reputación, aunque yo siempre he pensado que, como cualquier otra ciudad, es tan buena o mala como la gente que vive en ella.
- Eso puede arreglarse. Me refiero a lo de viajar y conocer mundo. Lo de enamorarte ya es asunto tuyo – me apresuré a explicar, ante la expresión incrédula de Camille. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, podía permitírmelo y, quién sabe, tal vez salvar un alma descarriada ayudase a equilibrar un poco el karma a mi favor. Y si no, pues tampoco haría daño.
Ates de que pudiese darme cuenta, la chica estaba gritando de alegría y abrazándose a mí como una lamprea. Presa de una incómoda sensación de embarazo intenté separarme de ella a la vez que le decía, lo más amablemente posible:
- No te equivoques, lo cierto es que ya estoy acostumbrado a vivir solo, y no sabía cómo sacarte de mi apartamento sin que pareciese que te estaba echando a la calle.
- ¡No te creo! – me replicó una sonriente Camille -. Te encanta hacerte el duro, pero en el fondo eres un sentimental.
¡Vaya con la niñata! Por un momento me sentí tentado de arrojarla de cabeza al agua, sólo para refrescarle las ideas, pero después pensé: ¡Qué diablos! Hacia una noche preciosa y su alegría era, hasta cierto punto, contagiosa, así que en vez de eso le ofrecí mi brazo para pasear juntos a lo largo de la orilla del lago camino de vuelta a Carcosa, ese lugar mágico donde estrellas negras brillan en los cielos y cualquier cosa es posible cuando te aventuras entre sus estrechos y tortuosos callejones, incluso encontrarte a ti mismo o, al menos, a una parte de ti que creías perdida para siempre.

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

Comentarios

Malania Nashki ha dicho que…
"Tanto, que a veces pienso que, si sigo vivo, es porque hasta la propia muerte se ha olvidado de mí" Esa expresión me quedó grabada hasta leer el siguiente capítulo donde versa: "Te encanta hacerte el duro, pero en el fondo eres un sentimental"...y lo demás era de imaginar. Me encantó el cuento.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Me alegro de que te haya gustad, Malania. Si has leido el epílogo, ya sabrás que hay una secuela en marcha, que espero sea igualmente de vuestro agrado. Un saludo cordial y gracias por tus amables palabras.