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Regreso a Carcosa /02



Cuando la conocí Camille ya tenía una complexión delgada y algo frágil, pero ahora había quedado reducida casi a la mínima expresión. Pesaba tan poco que apenas era consciente de llevarla a cuestas, como si hasta sus huesos estuviesen hechos de un material más ligero que el aire.
Ya en mi ático la deposité en la cama después de quitarle el abrigo. Debajo tan solo llevaba un viejo vestido tan corto y desgarrado que apenas cubría una cuarta parte de su cuerpo, totalmente recubierto de arañazos y moratones, desde la cara hasta la planta de los pies. No parecía haberle ido muy bien, y me pregunté que habría hecho para que sus antiguos camaradas la estuviesen acosando como a una fiera salvaje.
Al notar la suave blandura del colchón bajo ella Camille se encogió sobre sí misma, recostándose de medio lado a la vez que se abrazaba a la almohada, pasando de la inconsciencia al sueño casi sin darse cuenta. Apenas respiraba, aunque de vez en cuando su cuerpo se agitaba de forma espasmódica, como sacudido por una corriente eléctrica. Supuse que se trataba de algún efecto secundario del síndrome de abstinencia. Una de las pocas cosas que sabía de ella era que estaba enganchada a las pastillas (entre otras drogas de diseño) y debía de haber pasado mucho tiempo desde su última dosis.
Intenté no hacer mucho ruido mientras preparaba el desayuno. Mi ático es un espacio único, bajo cubierta, y sin tabiques o separaciones de ninguna clase, excepto en el cuarto de baño. Yo ya estoy acostumbrado, aunque las escasas visitas que recibo lo consideran intimidante. Después de mucho rebuscar por estantes y alacenas, pude improvisar unas tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, un par de rodajas de bizcocho de naranja y unos huevos revueltos con bacón, acompañadas de un vaso de zumo y una jarra de té azucarado.
Dejé la bandeja a su lado, en la cama. El olor a té recién hecho debió reanimarla, porque al cabo de varios segundos abrió los ojos y alargó tímidamente una mano para coger uno de los trozos de bizcocho, todo ello sin dejar de mirarme. No quería asustarla más de la cuenta, así que me quedé sentado en mi mecedora, contemplando el cielo sobre Carcosa a través de la claraboya del techo. Comió y bebió como si llevase varios días en ayunas, lo cual, por lo que yo sabía, bien podía ser cierto. Al terminar se envolvió con la sábana y me preguntó, con voz nerviosa:
- ¿Vas a matarme?
- ¿Y privarle a tus amigos del placer? Sería muy desconsiderado por mi parte, ¿no te parece?
- Ya no son mis amigos.
- Si, no he podido evitar darme cuenta. ¿Qué ha pasado? ¿Problemas en el paraíso?
- Es culpa tuya – me acusó, con los ojos brillantes de lágrimas -. Al ser la única superviviente, creen que les traicioné, o que estoy compinchada contigo. Así que he pasado de ser una candidata para ingresar en la Orden a convertirme en un sacrificio de sangre.
- ¿A qué no es tan divertido cuando te pasa a ti? – le pregunté, aunque me arrepentí casi de inmediato. Mi comentario no solucionaba nada, y era innecesariamente cruel -. ¿En serio crees que tu vida habría sido mejor de convertirte en otro hematófago descerebrado?
- Al menos, sería mejor que esto – respondió, encogiéndose de hombros -. ¿Me ayudarás?
Esa era una buena pregunta. Después de todo, yo era el que había masacrado – en defensa propia, pero masacrado al fin y al cabo – a todos sus amigos, Cassilda incluida. Y en aquel momento también la hubiese matado a ella sin dudarlo. Sin embargo, ahora las cosas habían cambiado. No creo en el destino, pero que de todas las personas del mundo Camille hubiese acabado cayendo a mis pies en busca de ayuda me parecía más que casual. Tal vez aquella era la forma que el universo tenía de ayudarme a equilibrar la balanza, aliviando mi conciencia. Además, no recoges a un gato callejero para volver a abandonarlo al cabo de un par de días. Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen.
- Ya veremos – respondí, sin comprometerme.
- Hay otro problema – añadió ella, al cabo de varios segundos, y no me costó mucho darme cuenta de lo que quería decir. Bastaba con ver su mirada ansiosa y la forma en que se retorcía las manos. Era una adicta al borde de la fase más aguda del mono, y sólo era cuestión de tiempo que empezase a sudar, romper cosas y morderse las uñas hasta el hueso.
- Está bien – acepté, de la que me ponía en pie y recogía mi cazadora -. Volveré enseguida. Entretanto, quédate aquí tranquila y no le abras la puerta a nadie, ¿entendido?
Camille asintió entusiastamente con la cabeza, sin dejar de cubrirse con la sábana como una virgen tímida, lo cual contrastaba con su actitud en la Mansión Roja, cuando Cassilda y ella habían intentado provocarme besándose medio desnudas. Claro que aquello podía haber sido un efecto secundario de las drogas, qué sé yo.

De vuelta en la calle eché a caminar en dirección al casco antiguo, donde se concentraban la mayoría de droguerías y boticas de la ciudad. Sin embargo, a medida que me acercaba las dudas iban minando mi resolución. Podía comprarle una dosis, y después ¿qué? En cuanto se le pasase el efecto, la ansiedad regresaría multiplicada por diez. Sería como arrojarle un guisante a un león hambriento: nunca estaría satisfecho, a menos que diese con algo más fuerte. Así que finalmente opté por comprar una jeringa hipodérmica esterilizada. Si todo iba bien, esperaba no tener que usarla más de una vez.
De regreso a mi domicilio entré en el cuarto de baño antes de que ella pudiese decir nada y, arremangándome la camisa, rellené el contenido de la jeringa con mi sangre, tras lo cual salí de nuevo para enfrentarme a mi huésped.
- Escucha, esto es mejor que nada que hayas tomado antes – le expliqué, mostrando la inyección -. Una sola dosis y no volverás a necesitar ninguna otra droga. De hecho, te sentirás mejor que nunca. Más fuerte, más rápida, más lúcida. Sólo tienes que hacer la prueba.
En realidad, no necesitaba insistir. Ningún adicto es capaz de resistirse a probar algo nuevo, así que Camille prácticamente me arrebató la jeringa de las manos mientras hablaba. Con una habilidad fruto de la experiencia se ajustó uno de mis cinturones al brazo y, tras localizar la vena, insertó la aguja y empujó el embolo hasta inyectarse todo el contenido. Acto seguido se recostó en la cama, con un suspiro, mientras esperaba a que la sustancia hiciese su efecto. Poco después sus ojos se desorbitaron al tiempo que su cuerpo comenzaba a sacudirse espasmódicamente.
- Puede que se me haya olvidado añadir que dolería como el infierno – expliqué, de forma innecesaria, mientras me sentaba en la mecedora. Iba a ser una noche muy larga.

(Continuará...).

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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