Regreso a Carcosa /03


Tras los primeros temblores Camille cayó en un profundo coma sólo interrumpido por ocasionales gemidos y el movimiento frenético de sus pupilas bajo los párpados. Pero yo sabía que aquella calma era aparente. Bajo la piel, su metabolismo estaba trabajando a marchas forzadas para adaptarse a sus nuevas necesidades, a medida que mi ADN iba recodificando el suyo a nivel celular. Todo aquello suponía una cantidad ingente de energía, y ella estaba en las últimas, por lo que tendría que proporcionarle mucho líquido y proteínas a fin de evitar que su cuerpo se consumiese a sí mismo. Más dinero, más trabajo, más molestias. Y todo por no haber seguido la ruta más directa de vuelta a casa.
Mientras terminaba de vaciar la nevera y la alacena no pude evitar preguntarme si estaba haciendo lo correcto, y por los motivos correctos. Soy viejo, increíblemente viejo, y llevo sólo más tiempo de lo que me gusta recordar. Tanto, que a veces pienso que, si sigo vivo, es porque hasta la propia muerte se ha olvidado de mí. Pero si todo salía bien, Camille sería sangre de mi sangre: lo más parecido a una familia que puede que tenga jamás. Tan sólo esperaba que nunca me lo echase en cara.
Afuera ya era noche cerrada, aunque conceptos como “noche” y “día” son terriblemente confusos en Carcosa, y tienden a despistar a los recién llegados. Pero yo sabía que aun faltaban varias horas para saber si Camille saldría adelante o, por el contrario, si la había condenado a una muerte aun más horrible que la peor de las adicciones, así que me acomodé de nuevo en la mecedora para cerrar los ojos y descansar un rato. No es que lo necesite, pero a veces me gusta fingir que todavía soy humano.

Cuando salí de mi letargo, ella ya estaba despierta y en pie, observando la realidad a través de sus nuevas pupilas. Lo noté en su forma de moverse y de estudiar su propia mano, como si nunca la hubiese visto.
- ¿Qué tal?
- Alucinante. ¿Siempre es así?
- Más o menos. Ya te acostumbrarás.
- ¿Y podré hacer todo lo que haces tú?
- Con el tiempo y algo de práctica, sí.
- ¿Incluso lo de matar a tanta gente con las manos desnudas?
- Sabe, señorita, vamos a tener que trabajar mucho para pulir esa actitud – le repliqué, bajándola de la cama antes de que empezase a trepar por las paredes, o se le ocurriese salir reptando por la claraboya -. Recuerda que ya no estás con tus colegas del Signo Amarillo. Nosotros somos diferentes. Más responsables. Y a propósito de eso ¿tienes alguna forma de contactar con ellos?
- Si. ¿Por?
- Porque ese es un cabo suelto que tenemos que solucionar cuanto antes, a menos que quieras tener que pasarte el resto de tu vida vigilando tu espalda – repuse -. Pero antes deberías darte una ducha. Y tenemos que buscar algo que ponerte, porque salir así vestida a la calle es poco menos que salir desnuda.

Por suerte, encontramos una boutique de ropa vintage a la vuelta de la esquina. Apenas habíamos cruzado el umbral cuando la encargada apareció, acompañada de varias solícitas dependientas, para encargarse de Camille. La cosa iba para rato, por lo que me recosté en un sillón dispuesto a esperar lo que hiciese falta. Casi una hora después mi acompañante reapareció, completamente transformada. Se había deshecho de su vieja indumentaria, y ahora lucía un vestido largo y muy ajustado, de influencia oriental y corte asimétrico, en combinación con unas botas de piel de media caña y una cazadora de cuero negro estilo militar. De paso, habían aprovechado para arreglarle el pelo e incluso hacerle una manicura completa.
- ¿Qué tal estoy? – me preguntó, con esa timidez característica suya.
- Ahora sí que pareces una princesa – le respondí, y era sincero. A la salida, la encargada se acercó a ella para regalarle un pañuelo a juego con el vestido, a la vez que le decía, en tono afectuoso:
- Debería deshacerse de esos tatuajes, querida. Son terriblemente inadecuados para una jovencita tan elegante como usted.
Camille enrojeció y no dijo nada, pero una vez en el exterior se acercó a mí para susurrarme al oído:
- En su momento…
- …Parecía una buena idea, sí. Lo sé. Todos hemos hecho alguna locura por el estilo – repliqué, arrancándole una sonrisa de agradecimiento tan sincera y hermosa que hubiese podido conmover a alguien menos curtido que yo. Aun era temprano para acudir al lugar de la cita, por lo que nos sentamos en la terraza de un viejo café a tomar una bandeja de brownies de chocolate blanco acompañados de una jarra de limonada fresca. Qué diablos, incluso los condenados a muerte tenían derecho a una última comida decente, ¿no?

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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