Regreso a Carcosa /01



  
Después del asunto de Imogen y mi encontronazo con los hematófagos decidí irme una temporada de Carcosa. Para cambiar de aires, me dije, aunque en el fondo la realidad era que todavía me atormentaba el recuerdo de Cassilda y de los escasos (pero apasionados) momentos que habíamos pasado juntos, así que me embarqué en un peregrinaje por diversos rincones del Imperio hasta acabar refugiado en Beethmora, donde permanecí un par de semanas disfrutando del vino local y de sus hermosas mujeres. Sin embargo, nada de todo aquello sirvió para alejar al fantasma de Cassilda, ni el recuerdo de sus besos.
Dicen que el tiempo todo lo cura o, al menos, te acostumbras a convivir con el dolor. Finalmente regresé a Carcosa. Podía ser un asco de ciudad, pero era mi ciudad, y añoraba pasear por sus calles empedradas bajo la sombra de edificios de diseño alienígena, mientras en el cielo brillaban Aldebarán y las Hiadas.
Una de las cosas que me atraen de Carcosa es que da igual que te ausentes un mes que un siglo: a la vuelta todo sigue igual, incluso sus gentes, aunque en los últimos tiempos el número de turistas parecía haber aumentado y cada vez se veían más caras nuevas. Tras instalarme de nuevo en mi modesto ático de la zona alta de la ciudad decidí salir a dar un paseo. Un amigo inauguraba una nueva taberna cerca del barrio de los artesanos, y nunca rechazo una copa cuando es gratis.
El local tenía su encanto y el ambiente era agradable. Cuando iba por el tercer chupito de absenta ya había empezado a animarme e intercambiar insinuantes miradas con una chica de largos cabellos negros que cubría su desnudez con un sofisticado maquillaje corporal. Poco después nos besábamos en uno de los rincones más oscuros de la taberna, ciegos a todo lo demás que ocurría a nuestro alrededor.
Pasaban varios minutos de la medianoche cuando por fin decidí retirarme a mi domicilio. Hacía una noche preciosa y estrellas negras brillaban en un cielo completamente despejado, por lo que me animé a pasear un poco y dar un rodeo mientras me despejaba. Y así, de una manera tan tonta, alteré el curso de mi destino. Al doblar por un callejón estrecho y solitario una figura surgió de la nada y chocó conmigo con tanta fuerza que rebotó y cayó al suelo a mis pies, hecha un guiñapo. Ella me miró y apenas llegué a tener un atisbo de unos enormes ojos azules en medio de una maraña de cabellos rubios antes de que me suplicase:
- ¡Ayúdame, por favor!
El motivo de su pánico se hizo evidente poco después, cuando otras cinco figuras aparecieron a la carrera desde el otro extremo del callejón. Al acercarse pude ver que eran miembros de la misma secta del Signo Amarillo a los que me había enfrentado en la Mansión Roja, el día de la muerte de Cassilda. Los reconocí por la palidez de su piel, así como por los tatuajes que recubrían la misma, incluido el signo de marras.
Ellos también se detuvieron al verme. Probablemente no esperaban encontrarse con nadie más por ahí, y menos a esas horas, aunque Carcosa nunca duerme. Sin embargo, mi aspecto no debió de impresionarles demasiado, porque en seguida se acercaron a nosotros con aire relajado y una sonrisa insolente pintada en sus rostros.
- Será mejor que sigas tu camino – me dijo el que parecía ser el líder, un tipo alto con la cabeza rapada y repleta de tatuajes. Y no era un mal consejo, pero el caso es que ya me habían pedido ayuda, y yo soy de esa clase de idiotas que atienden las peticiones por orden de llegada.
- Es curioso. Yo iba a decirte lo mismo – repliqué, para regocijo de mi interlocutor.
- Mira por donde, esta noche tenemos un dos por uno para cenar – dijo este, hablando con sus compañeros. El chiste debió de hacerles mucha gracia, porque estrecharon el círculo a nuestro alrededor mientras descubrían sus colmillos. Ahí fue donde su jefe cometió un error, al acercarse demasiado y apoyarme la mano en el hombro en un gesto de burlona confianza que yo aproveché para arrancarle el brazo de un tirón y golpearle con él en la cara, como si fuese un bate de beisbol. Hubo un siniestro crujido de vertebras y su cuerpo rodó sobre el empedrado hasta chocar con el borde de un edificio. Por un momento esperé que con eso bastase, pero otro de los cultistas decidió probar suerte abalanzándose sobre mí con la rapidez de un rayo. Sin embargo, para mí era como si se moviese a cámara lenta. Sólo tuve que apartarme a un lado y extender el brazo para que chocase contra él y se derrumbase al suelo, donde le pateé la cabeza hasta aplastársela. Ahora sí, los tres supervivientes dieron media vuelta y salieron volando – más que corriendo – tras intercambiar una rápida mirada de comprensión.
Les dejé irse. Después de todo, no eran mi problema. En su lugar, volví mi atención a la figura que seguía en el suelo, a mis pies, y que había permanecido en silencio durante todo el encuentro. Iba descalza y llevaba puesto un viejo abrigo negro de piel forrado de terciopelo. Al apartarle el pelo de la cara descubrí el rostro familiar y asustado de Camille, y ella me vio claramente por primera vez, y al verme me reconoció y se desmayó.
- ¿Qué te parece? – musité, más para mí que otra cosa, aunque en realidad yo estaba tan sorprendido como ella. Camille estaba con Cassilda en la Mansión Roja el día en que los acólitos del Rey me habían tendido una emboscada y me había visto obligado a exterminar a toda aquella cábala de fanáticos, ellas dos incluidas. O al menos, eso me había parecido en su momento, aunque ahora que lo pensaba con calma, no recordaba haberme encargado de ella en particular. ¿Había logrado huir? Y si era así, ¿qué hacia ahora convertida en una fugitiva y perseguida por sus antiguos compañeros? No es que tuviese un interés especial en saberlo, pero tampoco podía irme y dejarla ahí tirada, así que la cogí en brazos y retomé el camino de vuelta a casa.

(Continuará...).

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
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