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Bajo el Signo Amarillo (Una tragedia en tres actos) /03


Obsesionado con "El rey de amarillo" me embarqué en una metódica búsqueda por toda la capital, ampliando mi radio de acción al extrarradio y otras localidades circundantes. Me acostumbré a salir de casa muy temprano para caminar sin rumbo fijo en cualquier dirección, observando todo lo que me rodeaba como si lo estuviese viendo por primera vez. Era mi ciudad y, sin embargo, cuanto más la recorría, más extraña me parecía, como si le faltase algo, o en cada visita el paisaje urbano fuese sutilmente distinto. No recuerdo cuando encontré el primer signo amarillo, pintado sobre la pared de un húmedo y oscuro callejón y casi oculto entre otros dibujos y grafitis de la más variada índole y temática; pero a partir de ahí me lo tropezaba cada poco, reproducido en el suelo, en una papelera, en los aseos de algún local, o incluso escondido de la vista detrás de cualquier esquina o rincón igualmente recóndito y poco accesible. Empecé a llevar un registro escrito de la ubicación de cada uno de ellos, ya que estaba convencido de que su disposición no era casual, sino que seguía un patrón, cuyo propósito tal vez se revelaría una vez obtenida la imagen completa.
Enfrascado con mi tarea descuidé otros aspectos de mi vida. En la práctica, casi dejé de comer, de dormir e incluso de cambiarme de ropa salvo cuando era estrictamente necesario. En una ocasión descubrí que tenía en el teléfono varias llamadas perdidas de Lucía e incluso un par de mensajes de texto suyos preocupándose por mi estado; pero ese interés, que antaño me hubiese llenado de alegría, ahora no era más que una inoportuna molestia, por lo que los borré sin dar siquiera acuse de recibo. Caminaba y caminaba por la ciudad, describiendo círculos concéntricos en busca de algo, una pista, una señal, que hubiese pasado desapercibida ante otros ojos que no fuesen los míos. La mera presencia de otras personas empezó a hacérseme insoportable, por lo que comencé a salir cada vez más tarde, hasta convertirme en un noctámbulo empedernido. Ya no echaba de menos el sueño o, mejor dicho, dormía - y soñaba - despierto, mientras vagaba por las calles empedradas del casco antiguo de la capital, y me imaginaba que en su lugar me hallaba en Carcosa, donde estrellas negras lucen en los cielos mientras los soles gemelos se hunden entre las brumas que cubren el lago de Hali.

Un día, cansado de mi interminable peregrinaje, decidí coger el metro para regresar a mi domicilio. A esas horas el vagón estaba casi vacío, excepto por un tipo de aspecto desaliñado que roncaba mientras su cabeza se movía al ritmo de los movimientos del tren. Incluso a esa distancia podía percibir el hedor que emanaba de su persona como algo físico, una mezcla insana de alcohol, orines y sudor rancio. Al cabo de un rato que se me hizo interminable llegamos a mi parada, pero justo cuando me disponía a abandonar el vagón el sujeto se despertó y se interpuso en mi camino, balbuciendo de forma incoherente mientras acercaba su rostro al mío. Asqueado, y algo mareado por su fétido aliento, me apresuré a cruzar las puertas antes de que se cerrasen, pero aun pude verle durante un par de segundos, de pie y mirando en mi dirección, mientras repetía una y otra vez las mismas palabras que me había escupido a la cara, y que sólo ahora se me hacían comprensibles:
- ¿Has encontrado el Signo Amarillo?

Esa misma noche tuve un sueño. Soñé con Camille, y soñé que estábamos juntos, desnudos y en la cama, como antes de que ella se fuera. Pero había algo extraño en la imagen. Su piel era demasiado pálida y fría al tacto. Sus ojos, dos pozos negros rodeados por círculos de venas rotas y carne amoratada. Y cuando abrió la boca para hablar conmigo, manojos de temblorosos gusanos cayeron sobre mi tórax, donde permanecieron, retorciéndose mientras sus palabras llegaban distorsionadas hasta mis oídos, como si sonasen a través de alguna clase de filtro amortiguador:
- ¡Es terrible caer en las garras del dios vivo!
El sueño era tan real que, al abrir los ojos, apenas tuve la impresión de estar despertándome. Sin embargo, su significado era terriblemente claro así que, tras incorporarme, me encaminé hacia el cuarto de baño, donde rompí el espejo en varios pedazos para, a continuación, grabarme el Signo Amarillo sobre la piel del pecho con uno de ellos. Pero aquello no era suficiente. Tenía que compartir la revelación con el resto del mundo, empezando por todas las personas que realmente me importaban, por lo que, tras ponerme las primeras prendas que encontré desperdigadas por la habitación, salí de casa dispuesto a visitar a Lucía.
Recuerdo la expresión de sorpresa en su cara cuando me abrió la puerta y pudo ver mi nuevo aspecto, sorpresa que se acentuó cuando le tapé la boca con la mano a la vez que le apuñalaba en el abdomen. Gentilmente la sostuve cuando le cedieron las rodillas, y la ayude a tumbarse en el suelo, sin dejar de susurrarle al oído: "Lo sé, lo sé, es doloroso. Pero es necesario. El dolor es parte del cambio. Con el dolor llega la comprensión. Abrázala y ábrete a ella", mientras cortaba primero de lado y luego hacia arriba, en forma de ele, atravesando capa tras capa de músculo y tejido subcutáneo.
Cuando llegó la policía, veinte minutos más tarde, alertada por algún vecino, estaba empapado en sangre de pies a cabeza, pero había tenido tiempo de sobra para concluir mi tarea. El cuerpo eviscerado de Lucía yacía en el centro exacto del salón, encerrada dentro de un círculo formado por sus propias entrañas en una postura que recordaba al diseño del signo amarillo. El primer agente vomitó nada más atravesar el umbral, mientras que el segundo acertó a propinarme varios puñetazos, acompañados de una letanía de insultos, antes de que sus compañeros pudiesen arrastrarlo fuera de la habitación. Uno de los golpes me abrió una brecha en la ceja derecha aunque, en aquel momento, apenas lo percibí, inmerso como estaba en mi propio mundo. Además, tal y como le había dicho a Lucía poco antes, el dolor formaba parte del cambio. Ahora lo sé. Ahora lo entiendo.
Desde entonces permanezco encerrado entre estas cuatro paredes, atendido por una legión de especialistas que insisten en que "El rey de amarillo" no existe. Que Camille, y el libro, nunca fueron reales salvo dentro de mi cabeza. Que todo lo que pasó fue producto de mi imaginación, de la ruptura, y de los delirios de una mente esquizofrénica. Pero yo sé que están equivocados, porque he paseado por las calles de Hastur de la mano de Cassilda y Camilla, he descubierto lo que se oculta tras el velo que cubre el rostro del Rey de Amarillo, y conozco la aterradora realidad: que sólo Carcosa es auténtica; que el Signo Amarillo se esconde, latente, dentro de cada uno de nosotros, esperando la señal adecuada para despertar; y que cuando sea el momento, Él regresará, para gobernar a la humanidad como antaño, y todos nos postraremos, sumisos, ante el Rey de Amarillo. Un Rey al que han servido con orgullo emperadores.
Entretanto, aguardo y sueño con su llegada.
¿Y tú?
¿Has encontrado el Signo Amarillo?

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Magnífico, Alejandro !!
Alejandro Caveda ha dicho que…
Muchas gracias, mi anónimo amigo. Me alegro de que te haya gustado. Un saludo cordial y espero que nos siguamos leyendo.
Anónimo ha dicho que…
Muy bien trabajo me hizo pensar


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