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Los Sabuesos del Infierno / 04



Sus tres amigos habían regresado y la contemplaban desde el fondo del mostrador con la misma expresión ansiosa y hambrienta del principio. Lara retrocedió un par de pasos y ellos la siguieron, sin apresurarse, como si tuviesen todo el tiempo del mundo y estuviesen esperando a ver qué hacia ella a continuación. Que os den, pensó, y dándose la vuelta echó a correr como alma que llevase el diablo. Uno de los sabuesos estuvo a punto de alcanzarla de un salto, pero la joven, sin interrumpir la marcha, tiró de una de las estanterías haciéndola caer tras ella y bloqueándole así el camino. Logró salir del local apenas unos segundos antes que sus perseguidores, los cuales optaron por atravesar directamente la cristalera, esparciendo astillas de vidrio por todas partes. Lara zigzagueó entre los surtidores con tan mala suerte de que su pie derecho resbaló al pisar un charco de aceite y cayó de bruces al suelo. Apenas pudo darse la vuelta y arrastrarse sobre su espalda un par de metros antes de que las criaturas le diesen alcance y, al ver de nuevo aquellas fauces repletas de dientes afilados como cuchillas tan cerca de su rostro, la chica no pudo evitar sentir una desagradable sensación de dêja vú. Una lengua increíblemente larga, bífida y viscosa, más parecida a la de un reptil que a la de cualquier perro, acarició su mejilla y se deslizó a lo largo de su cuello hasta detenerse en el hueco entre sus pechos, como si intentase localizar el lugar exacto donde latía su corazón.
- Vamos, acabad ya de una maldita vez – suplicó la joven, resignada a su suerte. Pero antes de que ninguno de ellos pudiese hacerle caso, una figura familiar irrumpió en escena, armada tan sólo con una bengala luminosa que portaba encendida en su mano derecha, cual espada flamígera. Atónita, Lara se preguntó si su misterioso compañero de aventuras se habría vuelto definitivamente loco cuando, para su sorpresa, observó que sus atacantes se olvidaban de ella, su atención centrada ahora en aquella intensa fuente de luz.
- Perrito bueno. Perrito bueno – musitó el recién llegado, moviendo la mano de un lado a otro antes de tomar impulso y arrojar la bengala lo más lejos posible. Sin vacilar, los tres sabuesos dieron media vuelta y echaron a correr, agrediéndose con saña unos a otros en su esfuerzo por hacerse con ella.
- ¡Vamos! No tenemos mucho tiempo – exclamó el hombre, cogiendo a la chica de la mano y empujándola en dirección a su vehículo, un viejo y baqueteado Volvo 480 color rojo estacionado a poca distancia. Lara se dejó caer en el asiento del pasajero a la vez que su acompañante daba al contacto y pisaba el acelerador con tanta fuerza que las ruedas delanteras derraparon sobre el asfalto antes de recuperar la tracción e impulsar el Volvo calle abajo.
- Son tenaces, pero no son muy listos. De todas formas, no tardarán en darse cuenta de que les hemos engañado y en volver a por nosotros, así que cuanto antes les despistemos, mucho mejor – explicó su rescatador, observando la carretera a sus espaldas a través del espejo retrovisor. Como si le hubiesen escuchado, los tres sabuesos aparecieron al cabo de varios segundos, corriendo detrás del coche como un trío de murciélagos salido del infierno y acortando poco a poco la distancia que les separaba. El líder del grupo adelantó a sus compañeros y con un gesto casual, casi sin esfuerzo, arrancó la defensa trasera del Volvo de un mordisco. Lara reprimió a duras penas un grito de pánico.
- ¡Maldita sea! Esa pieza era nueva – protestó el hombre, ante lo cual la chica reflexionó que, de ser cierto, debía de ser lo más nuevo que tenía aquel coche que, en general, parecía sacado de una película post-apocalíptica tipo Mad Max. El sabueso había acelerado el paso de nuevo hasta situarse a su derecha y amagar otro par de mordiscos hacia el neumático delantero. Antes de que pudiese hacer un tercer intento, su acompañante dio un volantazo, golpeando a la criatura que salió despedida rodando de costado hasta impactar con una valla publicitaria y atravesarla en medio de un estruendo de maderas rotas. Lara pudo ver como se incorporaba y, tras sacudirse las astillas de encima, les dedicaba una fría mirada de odio mientras se perdía en la distancia.
- Que casualidad que estuvieses por aquí justo ahora – dejó caer la joven una vez estuvo segura de que había recuperado su aplomo habitual.
- Vale, no ha sido una casualidad. Reconozco que te estaba siguiendo. Pero no quiero que pienses que soy alguna clase de acosador ni nada por el estilo – se defendió el hombre –, sólo quería asegurarme de que no te pasaba nada.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué, qué? – repitió a su vez su acompañante, confuso.
- ¿Por qué te importa tanto? Está claro que esas cosas – sean lo que sean – no van a por ti. Y tú mismo dijiste que tu casa era segura, que no podían entrar, así que explícame a qué viene tanta preocupación por mi persona.
- En parte, porque es culpa mía que estés metida en este lío. Y además ¿qué clase de persona sería si no me importase? – añadió el desconocido, observando a Lara con una expresión de desconcierto tan genuina que la chica se sintió culpable por haber reaccionado de forma agresiva.
- Vale, supongo que con esta ya te debo dos.
- ¿Quién lleva la cuenta? – replicó él, encogiéndose de hombros.
- ¿Y tienes algún otro plan en mente, aparte de pasarte la vida espiándome?
- Me alegro de que me lo preguntes. Creo que sí. Como te decía son tenaces, pero no muy listos. El problema es que ellos tienen todo el tiempo del mundo y tú, no. Seguirán volviendo una y otra vez a menos que les engañemos para hacerles creer que ya te han pillado.
- No sé si me gusta cómo suena eso – murmuró la chica, sintiendo como una fina capa de sudor comenzaba a recubrirle la espalda pese al frío nocturno.
- Fíate de mí. Tengo un plan.

(¿Continuará...?)

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