Los Sabuesos del Infierno / 02


Lara abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiese decir nada, las luces parpadearon de nuevo y algo atravesó el techo por el mismo sitio que lo había hecho su interlocutor. Y “Algo” era la definición que mejor le cuadraba, ya que por más que Lara intentase seguirla con la mirada, aquella cosa daba la impresión de moverse a saltos y su cerebro era incapaz de asignarle un contorno definido. Físicamente se asemejaba a un cruce entre felino y un perro gigantesco, pero con escamas y púas por todo el cuerpo, además de unas garras excepcionalmente largas y afiladas. Al gruñir dejó al descubierto una doble hilera de dientes que parecían diseñados para una mandíbula mucho más grande que la suya. Lara todavía estaba procesando la escena cuando otras dos criaturas idénticas a la primera atravesaron el portal y, para su espanto, las tres se quedaron mirándola con una expresión tan ansiosa como hambrienta. Una vocecilla histérica dentro de su cabeza le animaba a salir corriendo, pero era como si sus piernas se negasen a obedecerla. El que parecía el líder del grupo se abalanzó sobre ella a una velocidad antinatural, tan rápido que más que saltar dio la impresión de haberse teletransportado, pero antes de que sus fauces se cerrasen sobre el rostro de la joven, el misterioso desconocido jaló de ella y la criatura, incapaz de frenar o corregir su impulso, resbaló por el suelo de los aseos hasta impactar contra la pared del fondo. El hombre aprovechó ese momento para correr hacia la puerta de salida, arrastrando a Lara tras de sí.
Una vez fuera la chica intentó regresar al vestíbulo de la estación pero su acompañante optó por girar a la izquierda y tomar un pasillo largo y estrecho apenas iluminado por un par de fluorescentes. Lara se resistió, pensando en su mochila y el resto de sus objetos personales, pero al oír el ruido que hacían las criaturas al atravesar la puerta de los aseos y lanzarse en su persecución cambió de idea. Al doblar la siguiente esquina pudo ver a lo lejos una doble puerta metálica que probablemente sirviese como salida de emergencia del edificio, pero que ahora se hallaba cerrada a cal y canto, lo que no fue mayor obstáculo para el desconocido, que la abrió de una patada casi sin detenerse a tomar impulso. Un soplo de frío aire nocturno les llegó desde el otro lado, y la chica divisó a pocos metros de distancia el resplandor de las farolas del paseo fluvial de Arkham.
- Se mueven a través de ángulos – le gritó su extraño guía -. No les gustan los espacios abiertos. Intenta mantenerte todo lo alejada que puedas de los edificios.
Desde el punto de vista de Lara todo aquello no tenía el menor sentido, pero el tipo parecía saber de lo que hablaba y por otro lado aquellos bichos cada vez estaban más cerca, así que siguió corriendo tras él en dirección a la margen del río Miskatonic. Aunque la joven estaba en buena forma y no era mala corredora, se dio cuenta de que el desconocido se estaba conteniendo para no dejarla atrás e incluso buscaba interponerse entre ella y aquella jauría infernal. Un solitario vehículo les tocó el claxon al cruzarse en su camino, sólo para acelerar a continuación y perderse en la distancia apenas su conductor tuvo un atisbo de sus perseguidores, pero ni aun así estos cesaron en su empeño, como pudo comprobar Lara al volver la cabeza. De hecho, uno de ellos se hallaba tan cerca que daba la impresión de que si estiraba el brazo podría acariciarle el hocico con la mano. Aterrada, la chica intentó saltar por encima del maletero de un coche pero su pie se enganchó con alguna pieza del vehículo y cayó de cabeza al suelo, golpeándose contra el bordillo con tanta fuerza que perdió el sentido casi al instante. Lo último que percibió, antes de deslizarse en una reconfortante oscuridad, fue una curiosa sensación de ingravidez, como si flotase. O como si alguien la llevase a cuestas.

La joven se removía inquieta, en sueños. Algo le hacía cosquillas en la nariz y un olor denso pero familiar y agradable flotaba en el ambiente. Al abrir los ojos descubrió que el cosquilleo era producido por el dobladillo de una almohada a la que estaba abrazada como si fuese un amante después de un intenso encuentro sexual. Giró sobre sí misma, estudiando el lugar con la mirada. No era su casa, ni lugar alguno que ella conociese. La cama era grande y tan confortable que tuvo que luchar contra la tentación de darse media vuelta y seguir durmiendo. Llevaba puesta la misma ropa que antes del incidente, excepto sus zapatillas de deporte, que localizó perfectamente alineadas debajo del somier. Un agudo pinchazo de dolor en la cabeza al moverse le recordó el resto de los acontecimientos y terminó de despejarla. Se llevó la mano derecha a la frente, donde se había golpeado, solo para descubrir que alguien le había limpiado y vendado la herida. Probó a incorporarse muy despacio, apoyando los píes en el suelo y calzándose antes de dar un par de vacilantes pasos. Aun se sentía algo mareada, pero el dolor se había atenuado hasta límites soportables y sus rodillas parecían capaces de soportar su peso, así que decidió salir de la estancia y averiguar dónde se encontraba.
El dormitorio daba a un largo pasillo repleto de puertas que terminaba junto a unas escaleras de madera con barandilla metálica, las cuales descendían en espiral hasta el piso inferior. Todo tenía un aire antiguo aunque limpio y bien conservado. Por su aspecto, debía de ser alguna de aquellas viejas y elegantes mansiones del casco antiguo de la ciudad. El olor familiar seguía presente a su alrededor y ahora que estaba despierta la joven pudo reconocerlo como una infusión de hierbas, probablemente alguna especie de té. Las escaleras desembocaban a su vez en una amplía estancia cuya decoración desentonaba con el resto del edificio. La mayoría de los muebles eran modernos y de diseño, incluyendo varias estanterías repletas de libros, comics, figuras a escala, tazas y otros objetos igualmente peculiares. Lara pudo ver un gran poster con el lema “I want to believe” de Expediente X junto a una maqueta de la comunidad del anillo frente a las puertas de Moria. Justo en el centro de la sala había una mesa ocupada con toda clase de equipamiento informático, incluido un escáner y una impresora 3D último modelo. Ahí mismo, sentado de espaldas a ella, se encontraba su anfitrión, enfrascado en la lectura de una página web que hablaba sobre arquitectura y geometría. Como si tuviese ojos en la nuca el extraño se dio la vuelta al oírla llegar, dedicándole una de las sonrisas más sinceras y cordiales que Lara había recibido jamás. Al ponerse en pie la chica observó que se había cambiado de ropa y ahora vestía un jersey negro de cuello vuelto a juego con un arrugado pantalón beis de trabajo. Por todo adorno llevaba un viejo reloj Sandoz con correa de cuero en la muñeca derecha. A la luz del día parecía un tipo normal y corriente, salvo por una curiosa cicatriz situada sobre su ceja izquierda, aunque la percepción de Lara acerca de lo que podía considerarse normal había cambiado mucho durante las últimas horas.

(¿Continuará...?)

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