Los Sabuesos del Infierno / 01


Dedicado a la memoria de Frank Belknap Long, cuya antología de relatos Los sabuesos de Tindalos pobló mi juventud de pesadillas tan deliciosas como aterradoras. Y como no, para Sonia, que sacó a Ruthven del baul de los proyectos olvidados para convertirlo en un personaje de carne y hueso.

© Alejandro Caveda.
(Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación).

Es curioso como tu vida puede cambiar por completo de un día para otro, se dijo Lara. Pocos meses atrás había salido con sus amigas para celebrar su veinticinco cumpleaños y que todo parecía irle bien, tanto en el trabajo como a nivel personal. En un arranque de entusiasmo (aderezado con no pocos chupitos de tequila) se había cambiado el peinado por uno parecido al que había puesto de moda Alice Delal (muy largo por un lado de la cabeza y casi al cero por el otro) además de tatuarse entre los hombros la silueta estilizada de un ave Fénix.
A la mañana siguiente se despertó con resaca y un preaviso de despido en el correo. Lara releyó varias veces la nota, aturdida, incapaz de asumir que aquello le estuviese pasando a ella. Todos sus sueños del día anterior parecían ahora una pesadilla, una mala jugada del destino. Sin embargo, se negó a darse por vencida de buenas a primeras y regresar junto a su familia con el rabo entre las piernas. Actualizó su currículum y se pateó docenas de tiendas, oficinas de empleo y tablones de anuncios en busca de cualquier clase de trabajo al tiempo que sus escasos ahorros desaparecían a una velocidad angustiosa. Por fin, un día, al regresar de otra infructuosa entrevista, se encontró con que su casero había aprovechado su ausencia para desalojarla y cambiar la cerradura de su antiguo apartamento. Furiosa y sin saber muy bien qué hacer a continuación, se sentó en las escaleras junto a sus escasas pertenencias y con apenas cincuenta dólares en el bolsillo. Por un momento sopesó la posibilidad de tragarse su orgullo y suplicar ayuda a sus padres, pero al cabo de un rato se lo pensó mejor y decidió que no iba a darle al mundo esa satisfacción. Tenía el dinero justo para tomar un autobús de vuelta a casa y, una vez ahí, empezaría de nuevo. A la mierda Arkham, con sus altivos habitantes y esa atmósfera húmeda y provinciana.
Sin embargo, la ciudad aun no había dicho su última palabra. Al llegar a la vieja estación de autobuses se encontró con las taquillas cerradas y un par de vigilantes uniformados que le advirtieron de que ya no había más salidas hasta el día siguiente, y que tendría que abandonar el edificio ya que no estaba permitido permanecer dentro durante el horario nocturno. Aquella fue la gota que estuvo a punto de colmar el vaso. La estación se hallaba en las afueras de Arkham, junto a uno de las zonas más peligrosas y de peor fama del casco urbano. Durante un aterrador segundo Lara no pudo evitar verse durmiendo en la calle, entre prostitutas, camellos, travestis, proxenetas y otros especímenes de la fauna del barrio viejo. Desolada, se dejó caer en un banco de la estación mientras pensaba si merecía la pena seguir conteniendo las lágrimas. Por suerte, algo en su aspecto frágil y en su expresión de angustia conmovió a los dos vigilantes.
- Esta bien, señorita. Puede quedarse a dormir aquí dentro. Pero recuerde que una vez cerrados los accesos ya no podrá salir hasta mañana a primera hora. La cafetería también está cerrada, pero si desea tomar algo tiene las máquinas expendedoras y los aseos están junto a las escaleras mecánicas – comentó en tono paternal y tranquilizador el que parecía de mayor edad -. Si necesita algo más puede avisarnos por el intercomunicador. Buenas noches.
- Gracias – balbuceó Lara -. ¡Muchas gracias!
- No se preocupe. Que descanse – respondió el vigilante, pensando en su propia hija y deseando que nunca se viese en una situación tan comprometida como aquella pobre chica.
Lara, por su parte, se tumbó en el banco cuan larga era e intentó, sin éxito, conciliar el sueño cubriéndose con su parka y usando su mochila como almohada. La sala era demasiado grande y estaba poblada de sombras, susurros y toda clase de sonidos extraños y atemorizadores. Pese a sus esfuerzos por dormirse, no podía evitar abrir los ojos y fijarse en todo lo que la rodeaba, como si en cualquier momento un grupo de gente fuese a aparecer por alguno de los andenes. Tal vez alguna bebida caliente le ayudase a relajarse un poco, pensó, pero no tenía suelto para la máquina y no quería molestar tan pronto a sus atentos anfitriones, así que se levantó para ir a los servicios, asearse y beber un trago de agua.
Había algo antinatural e inquietante en todos aquellos espacios vacíos diseñados para multitud de personas. Era como si les faltase algo, más allá de la mera presencia humana. Como si ella fuese el último ser humano vivo en un mundo que se había ido al diablo, al igual que el personaje de aquella novela de Richard Matheson. ¿No había sido Will Smith el que había protagonizado la película? Pues algo así sentía Lara, mientras se miraba al espejo y contemplaba el reflejo de su rostro, un rostro de rasgos delicados y elegantes coronado por una indómita media melena rubia cuyos rizos desafiaban a cualquier alisador de cabello del mercado.
Con un suspiro de desaliento se echó algo de agua por la cara y la nuca. Mataría por una buena ducha de agua caliente, pero de momento eso tendría que bastar. Justo entonces, cuando se disponía a agacharse para beber un sorbo, las luces del techo comenzaron a parpadear, poco a poco al principio, y más rápidamente después, hasta el punto de que Lara tuvo que cerrar los ojos para no quedar deslumbrada por los fogonazos. ¿Qué diablos estaba pasando? Sólo faltaba una avería para terminar de rematar aquella noche perfecta. Y fue en ese preciso instante, mientras la chica dudaba entre quedarse o salir corriendo, cuando una grieta (Lara no hubiese podido definirla de otra forma) se abrió fugazmente en una de las esquinas del techo y una forma humana cayó a plomo a través de ella hasta estrellarse contra el suelo. Al menos, parecía humana. Tenía todo el aspecto de un varón de edad indeterminada vestido con botas de cordones, vaqueros, guantes y una cazadora de cuero de color negro, y las facciones ocultas tras una máscara parecida a la que usaban los jugadores de hockey. Su ropa humeaba como si el extraño hubiese llegado a través de un horno, en vez de hacerlo por el techo de los aseos de una estación de autobuses.
“Estoy soñando. Me he quedado dormida en el andén y todo esto no es más que un mal sueño”, se dijo Lara, mientras el desconocido pugnaba por ponerse en pie. Al quitarse la máscara dejó al descubierto un rostro cansado, ojeroso y mal afeitado pero normal e incluso razonablemente atractivo.
- ¿Qué haces aquí? – exclamó el recién llegado al contemplar a la joven de pie ante él -. ¡Se supone que aquí no debería de haber nadie! ¡Sal inmediatamente!

(¿Continuará?)

Comentarios

Lilian Alejandra T. ha dicho que…
Sí que continúe, ¿quién será aquel ser misterioso? nos leemos, un abrazo :).
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Lilian. No te preocupes, tengo todo el relato escrito y pienso publicarlo hasta el final. En cuanto al protagonista masculino, he dejado numerosas pistas por el camino, así que no creo que sea tanta sorpresa, pero me parecía interesante retrasar la revelación para dejar que viesemos la historia a través de los ojos de Lara. Un saludo cordial y nos seguimos leyendo :)

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