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Los Sabuesos del Infierno / 03


 


- ¡Hola! Me alegro de verte de nuevo en pie, llevas casi todo el día dormida. Ya estaba empezando a preocuparme. ¿Qué tal te encuentras?
- ¿Dónde estoy?
- En mi casa. Perdona que me haya tomado la confianza de traerte hasta aquí, pero me parecía que necesitabas atención médica y no me apetecía tener que dar explicaciones incómodas en Urgencias, así que te he puesto el vendaje yo mismo, antes de acostarte. Es algo provisional, pero de momento tendrá que servir. Tranquila – se apresuró a añadir –, por lo demás, he sido todo un caballero.
- ¿Dónde… dónde está mi mochila?
- Supongo que se habrá quedado en la estación, pero no es muy buena idea que vuelvas a por ella. Pueden rastrearte mejor en los sitios donde ya has estado. Se mueven a través de ángulos e intersecciones, pero esta casa está protegida. Aquí estás a salvo.
Fue entonces cuando Lara observó que alguien – sin duda alguna, su cada vez más inquietante salvador – había redondeado con escayola todos los ángulos y esquinas de la casa, como si fuese el capricho de un arquitecto modernista. Haciendo un esfuerzo cada vez mayor para disimular su nerviosismo, la chica preguntó de nuevo:
- ¿Y qué eran esas cosas?
- Se les conoce como sabuesos de Tindalos. Lo cual no deja de ser una contradicción en sí misma, ya que no son sabuesos. Para ser exactos, no son ninguna clase de perros, sino más bien parásitos inmateriales que se mueven a través de los distintos planos dimensionales aprovechando algunas grietas y atajos… oye, ¿te encuentras bien?
- Quiero irme de aquí – replicó Lara, retrocediendo un par de pasos mientras buscaba la puerta de salida.
- Pero ya te he explicado que es muy peligroso. En cambio, este es un lugar seguro. Si sales ahí fuera ni yo ni nadie podrá protegerte – repitió el desconocido, como si estuviese hablando con una niña pequeña.
- Mira, te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí, pero todo ese rollo sobre parásitos inmateriales y hombrecitos verdes está empezando a ponerme un poco nerviosa, y ahora mismo lo único que quiero es largarme de esta mierda de ciudad para seguir con mi vida, así que déjame salir o voy a empezar a gritar y romper cosas – exclamó Lara, alzando más y más la voz a medida que hablaba. Su interlocutor parpadeó, dolido ante sus palabras, y por un instante la joven sintió un pinchazo de culpabilidad; pero entonces recordó los extraños sucesos de la noche anterior y la forma en que él había dicho “He sido todo un caballero”, como si ella fuese alguna especie de incordio que le hubiese caído encima, cuando había sido exactamente al revés. Que le diesen. Para demostrar que iba en serio cogió el objeto que tenía más a mano (que resultó ser una revista) y lo levantó por encima de su cabeza, haciendo ademán de rasgarlo por la mitad - ¿Y bien?
- Por favor, te agradecería que dejases eso en su sitio.
- ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Es alguna clase de manual para invocar a los muertos?
- No. Es el primer número de la edición para coleccionistas de Planetary, firmado por sus autores.
- Pues está a punto de perder todo su valor de mercado. Tú mismo.
- Muy bien. Creo que estás cometiendo un terrible error, pero allá tú. Todo el mundo es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana, incluso arriesgarla a tontas y a locas – replicó el hombre, encogiéndose de hombros y pasando delante de la chica en dirección al vestíbulo. Lara le siguió, sin dejar de sujetar el comic y a la vez sintiéndose terriblemente estúpida. Sólo lo soltó cuando él le abrió la puerta de la calle y se apartó para dejarla salir. Sin embargo, no pudo evitar hacer un último esfuerzo por convencer a la joven antes de que esta cruzase el umbral.
- No puedes salir así, espera un momento – le rogó, mientras rebuscaba en el perchero hasta dar con una preciosa cazadora de cuero de corte femenino marca Oakwood y ofrecérsela a la joven que la aceptó, algo reticente. Para su sorpresa, era increíblemente cómoda y le sentaba como una segunda piel, por lo que Lara no pudo evitar preguntarse a quién pertenecería, y por qué estaba ahí -. Escucha, esta es mi tarjeta, con todos mis números de teléfono, incluido el móvil. Llámame cuando estés en apuros, que lo estarás. Créeme – insistió él, recalcando sus palabras al tiempo que se la introducía en uno de los bolsillos exteriores de la cazadora. La chica no dijo nada, aunque se deshizo de la tarjeta apenas hubo dado un par de pasos al exterior, donde ya estaba oscureciendo, señal de que había pasado dormida mucho más tiempo de lo que pensaba. Si no se daba prisa, volvería a encontrase la estación cerrada de nuevo. El problema era que, tal y como había supuesto, se encontraba en el otro extremo de la ciudad, en la Avenida Poe (así llamada en honor de un político local que no tenía nada que ver con el famoso escritor de relatos de misterio), una de las zonas más elegantes de Arkham, reconocible por el empedrado de sus calles y las viejas mansiones de estilo colonial rehabilitadas. La mayoría de los residentes eran gente adinerada que pertenecía a algunas de las familias más antiguas e ilustres de Nueva Inglaterra. Viendo el lujoso aspecto del edificio que acababa de abandonar, la joven se dijo que ese podría ser el caso de su anfitrión, aunque era evidente que necesitaba un buen psiquiatra. Qué lástima, pensó. No era mal parecido y había algo seductor en su forma de hablar y en sus modales, tan chapados a la antigua que casi parecían sacados de una novela de Dickens. E incluso podría jurar que él también se había sentido atraído por ella, aunque fuese de una forma protectora y algo paternal. Sin embargo, Lara había agotado su cupo de frikis y capullos para toda una vida, y estaba decidida a continuar con su plan original e irse de Arkham cuanto antes, así que echó a caminar calle abajo en busca de una parada de taxis o de algún comercio que todavía estuviese abierto al público. Por suerte, cuando apenas había recorrido unos cien metros, divisó las luces cercanas de una estación de servicio. Dentro, un joven de aspecto aburrido ojeaba una revista de motociclismo sentado detrás del mostrador.
- ¿Tienen teléfono público? – preguntó Lara, impaciente.
- Justo ahí – respondió el dependiente, señalando con el mentón hacia la otra esquina del local, junto a la puerta de los aseos. La chica rebuscó en sus bolsillos hasta dar con el billete de cincuenta.
- Sólo tengo esto. ¿Puedes darme cambio?
- El cambio es sólo para los clientes. Tendrás que comprar algo – replicó su interlocutor, sin apartar la mirada de la revista. Con un suspiro de resignación, Lara inspeccionó las estanterías y finalmente extrajo un botellín de agua mineral de una de las neveras. El joven tecleó el precio en la máquina registradora, pero antes de que se abriese el cajetín, un pico de tensión hizo saltar el interruptor de emergencia y todo el lugar quedó a oscuras.
- Menuda mierda. Perdona un momento – dijo el joven, dándose la vuelta para inspeccionar el cuadro eléctrico. Lara puso los ojos en blanco, mientras tamborileaba, impaciente, con las uñas sobre el mostrador. ¿Qué más podía salirle mal? Apenas se había hecho la pregunta cuando una sombra fugaz atravesó su campo de visión, arrancando de cuajo la cabeza del dependiente de sus hombros. Un espeso chorro de sangre arterial brotó del cuello cercenado salpicando a la chica en el rostro antes de que esta pudiese reaccionar.

(¿Continuará...?)

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