Un trabajo de rutina /06

- El resto me lo imagino. Volviste a Madrid y te instalaste en la buhardilla de Hortaleza, hasta que la tía de Sara empezó a buscarte.
- No sabía que tenía familia. Ella sólo me dijo que era huérfana e hija única. Nos parecemos lo suficiente como para engañar a gente con la que tenía poco trato, o que hace mucho que no veía. Pero su tía... aunque pudiera darle el pego por fuera, tendrá un montón de anécdotas y recuerdos familiares de los que yo no sé nada. ¿Qué podía hacer? ¿Inventarme una amnesia?
- Entiendo. Sin embargo, suplantar a una persona no es sólo cuestión de parecido físico. Hay que cuidar otros detalles, como las huellas dactilares, el historial dental o los escáneres de retina, por poner tres ejemplos - enumeró la investigadora privada, sin apartar la vista de los ojos de su interlocutora.
- Ya lo sé. Por eso me puse en contacto con Gaby. Además de borrarme los tatuajes, ella conoce gente que conoce a gente que por un módico precio pueden ayudarme a solucionar el problema. Informáticos y ex agentes de la Europa del Este. Comprende que no puedo contarte más. Se ha portado muy bien conmigo, y no quiero meterla en problemas.
- Ella conoce tu secreto.
- Sí, claro. Tuve que contárselo para explicarle lo que necesitaba. ¿Por?
- Nada en particular - replicó Michal, que ahora comprendía mucho mejor los rodeos, las insinuaciones y las amenazas veladas que le había dedicado la tatuadora durante su reunión en el Pandora's.
- Sé lo que estás pensando - repuso la joven, con expresión dolida -, pero no lo entiendes. El auténtico regalo de Sara no fue el dinero. Ella me regaló una nueva vida, la oportunidad de empezar de cero y de hacer las cosas bien esta vez. Y quiero hacerlo. Quiero ser la mejor Sara Montes que ella hubiera podido ser, porque se lo merece. Quiero... quiero volver a estudiar, terminar su carrera y seguir adelante con sus planes de futuro, porque eso es lo que ella querría también. Pero supongo que al final no va a poder ser, ¿no? El juego ha terminado - sentenció, con aire de resignación, mientras le daba vueltas al vaso de cartón de su café expresso, ya frío y sin espuma.
- ¿Por qué?
- Pues... Porque tú lo sabes todo y vas a contarle la verdad a la familia de Sara, ¿no? Después de todo, para eso te han contratado.
- Me contrataron para encontrar a Sara Montes, y asegurarme de que estaba bien. Y eso es lo que he hecho. Toma - ordenó la investigadora, arrojándole el periódico a su compañera de mesa, de la que sacaba el teléfono móvil y abría la aplicación de la cámara -. Sostenlo delante de ti con las dos manos. Un poco más abajo. Que no te tape la cara, pero que se vea bien la fecha de hoy - le indicó, a la vez que sacaba varias instantáneas.
- Entonces... ¿no vas a decir nada? No lo entiendo - balbuceó la otra chica, confusa.
- Podría decirte que tienes un ángel de la guarda moreno y lleno de tatuajes que vela por ti, y en parte sería cierto. Pero además, hay que preservar el equilibrio cósmico, y me imagino que la tía de Sara preferirá saber que está viva y bien, en vez de descubrir que murió en Brasil y sus cenizas descansan a medio camino entre dos continentes.
- No sé si tendré el valor suficiente para enfrentarme a ella.
- Puede que necesites unas cuantas clases teóricas con alguien que te ponga al día con la vida de Sara y sus parientes. Alguien como un investigador privado, con acceso a toda la información pública y privada disponible sobre la vida de otras personas. El resto, como se suele decir, es cosa tuya - añadió Michal, dejando una de sus tarjetas del trabajo sobre la mesa.
- Así y todo, se dará cuenta. Tú te diste cuenta a los cinco minutos, y era la primera vez que nos veíamos.
- Yo estoy entrenada para fijarme en los pequeños detalles. Pero te sorprendería comprobar todo lo que la gente puede llegar a creerse cuando realmente desean creérselo.
- Yo... no sé como agradecértelo - dijo Sara, mirando de nuevo a Michal con esos ojos tan azules y profundos que parecían brillar con vida propia.
- Fácil - dijo esta, poniéndose en pie -. Si quedas satisfecha con nuestros servicios, no dudes en recomendarnos a tus amigos y conocidos. Un cliente agradecido vale su peso en oro.
- ¡Claro que sí! Espera un momento - ordenó Sara, levantándose también para acercarse a la detective y darle un abrazo a la vez que la besaba impulsivamente en ambas mejillas.
- Sabes, me recuerdas un poco a ella - dijo -. No en el físico, claro, pero las dos tenéis...
- Sí, ya lo sé - le interrumpió Michal -. Ya he oído esa historia. Pero con una Sara Montes ya hay más que suficiente, ¿no te parece?
- Supongo que sí - respondió la otra chica, con una sonrisa tan deslumbrante que podía eclipsar al sol -. Pero muchas gracias de nuevo.
- De nada. Pero pienso vigilarte de cerca. Y quiero tener un asiento de primera fila el día de tu graduación. ¿De acuerdo?
- Cuenta con ello.
- Mazel tov - susurró la investigadora, de la que se ponía las gafas de sol y se alejaba en busca de la parada de metro más cercana. Tuvo que hacer un par de transbordos hasta empalmar con la Circular, que la dejaba al principio de su calle, en Nuevos Ministerios. De camino a casa paró en el VIP que había junto a su portal para comprar un sándwich vegetariano, un cartón de leche y un pack de cervezas. Ya en el ascensor se planteó picar en casa del vecino, aquel músico que se pasaba el día tocando la guitarra hasta horas intempestivas de la noche, e invitarle a un par de cervezas como excusa para un polvo rápido de media tarde, pero finalmente descartó la idea a favor de una comida ligera y una siesta en el sofá.
Sin embargo el sueño la rehuía, pese a todos sus esfuerzos. En su interior volvía a ser aquella niña de apenas siete años que había crecido en un kibutz en Siria, y sin saber muy bien porqué, recordó aquel día en que había vuelto a casa antes de tiempo, después de discutir con algunos compañeros de clase. Sus padres no estaban, pero su abuelo se encontraba sentado en la terraza, con la mirada perdida en el horizonte, como de costumbre. La escuchó en silencio mientras ella le contaba su mala experiencia entre hipidos y sollozos. Por un momento la niña pensó que su abuelo no la estaba escuchando, pero este parpadeó de repente, como despertando de un profundo letargo, y sentándola en sus rodillas, le acarició el cabello mientras decía, con voz ronca y profunda:
- Nesijá Ketaná, el antídoto para la maldad de los hombres se encuentra aquí - señaló, golpeando suavemente a su nieta en el pecho con el dedo índice -, en el corazón de todas las buenas personas.
Michal abrió los ojos, desvelada de golpe. ¿Por qué había vuelto a pensar en su abuelo, después de tanto tiempo? Acalorada y algo sudorosa, se levantó para ir al baño a refrescarse un poco la cara con agua fría, tras lo cual observó su imagen en el espejo. Tenía la mirada perdida y el cabello le colgaba en mechones húmedos y enredados.
- ¿He hecho lo correcto, zeide? ¿He actuado con justicia? ¿Soy una buena persona? - preguntó, en tono ansioso, aunque en el fondo no esperaba respuesta. Al cabo de un rato se apartó del lavabo y comenzó a desnudarse para tomar una ducha relajante antes de salir a la calle y regresar a su oficina.

De vuelta en el negocio familiar Michal comenzó a sentirse más tranquila, sobre todo al ver la familiar figura de su secretaria sentada tras la mesa de recepción, como de costumbre.
- Hola jefa - le saludó esta -. ¿Cómo ha ido todo?
- Nada especial - repuso la detective, encogiéndose de hombros -. Un trabajo de rutina. Voy a pasarte unas imágenes desde el móvil para que se las envíes a la cliente junto con el informe final y la liquidación del caso.
- ¿Nada fuera de lo habitual, entonces? - insistió Anabel, con un tonillo levemente sarcástico que no le pasó desapercibido a Michal.
- Nada de nada. ¿Por qué insistes tanto?
- Tienes tres llamadas de una tal Gaby, o Gabrielle - respondió la joven, a la vez que despegaba un post-it del marco de su monitor -. Ha sido muy insistente. Dice que ya sabe que no te van los tatuajes, pero que le gustaría invitarte a cenar donde tú quieras, incluso aunque sea un restaurante de comida kosher. Qué quiere hablar contigo para darte las gracias en persona. ¿Hay algo que no me hayas contado? - añadió Anabel, observando a su compañera con una expresión pícara en su agraciado rostro. Michal, por su parte, pensó en lo que diría su abuelo y finalmente, tras encogerse de hombros por enésima vez, respondió:
- Si. Que ninguna buena acción quedará sin recompensa, o sin su correspondiente castigo. A veces es difícil establecer la diferencia - sentenció, mientras entraba en su despacho y cerraba la puerta tras ella.

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

Comentarios

Arturo ha dicho que…
Fascinante relato que ha conseguido no solo mi atención de principio a fin, sino también sorprenderme con su resolución, además de conseguir que las vidas y asuntos de sus protagonistas me interesen. Enhorabuena.