Miranda /03


Al cabo de un rato Miranda abandonó la sala de exposiciones. Afuera ya empezaba a oscurecer, pero todavía era temprano y sobre todo, no tenía ganas de volver a su casa donde sólo la esperaban un contestador vacio de mensajes y un siamés despectivo que siempre jugaba con ella al escondite, excepto cuando quería algo. Sus pasos la llevaron a la plaza Mayor y de ahí a la calle Atocha. Cuando quiso darse cuenta se encontraba frente al hotel donde se hospedaban Sunny y su acompañante-amiga-algo más. Le apetecía una copa y estaba cansada de caminar, así que entró en la cafetería del hotel y buscó un sitio en la barra desde donde tuviese buena vista del vestíbulo y la zona de recepción. Para matar el rato, pidió un bourbon doble con hielo, y después otro, y a continuación tres o cuatro más. Pasaban varios minutos de medianoche cuando Sunny y la otra chica hicieron acto de presencia, muy sonrientes y todavía cogidas de la mano. Genial, se dijo Miranda. Justo lo que necesitaba para rematar una jornada perfecta. Por un momento se planteó dar media vuelta y abandonar discretamente el local, pero ya era demasiado tarde. Al verla, la pareja se detuvo en seco, observándola con una mezcla de sorpresa y contrariedad, sobre todo por parte de la joven morena, cuya expresión, a medida que se acercaban a ella, no presagiaba nada bueno.
- Miranda ¿se puede saber que haces aquí? - le preguntó Sunny, en tono suave pero cargado de reconvención. Como si estuviese hablando con una niña pequeña que hubiese hecho exactamente lo contrario de lo que esperaban de ella.
- Nada de particular - respondió, levantando el vaso de bourbon y haciendo el gesto de brindar a su salud -. Pasaba por el barrio, tenía sed y me apetecía echar un trago.
- A ti sí que te va a pasar algo si no te largas de aquí ahora mismo - amenazó la joven morena, a la vez que cerraba el puño derecho con tanta fuerza que Miranda pudo oír el crujir de los nudillos.
- Vale. Termino mi copa y me voy. Pero antes me gustaría hablar contigo, aunque sólo sea cinco minutos - dijo, dirigiéndose a su ex, que contemplaba en silencio el duelo verbal entre ambas mujeres.
- Se acabó - exclamó la otra chica -. O sales por la puerta, o te saco yo a rastras - añadió, agarrando a Miranda por el cuello de la camisa. Antes de que esta pudiese reaccionar, Sunny cogió a su acompañante de la mano y la obligó a aflojar la presa.
- Andrea, por favor.
- Me está tocando las narices.
- No. Sólo está borracha. Déjanos un rato a solas. Sé cómo manejarla, no es la primera vez que la veo así. En cuanto termine lo que está tomando la meto en un taxi y se acabó. Cinco minutos. Ni uno más. Te lo prometo.
La chica (Andrea, la había llamado Sunny) meditó en silencio durante varios interminables segundos.
- Muy bien - aceptó, finalmente -. Cinco minutos, ni uno más. Si para entonces no has subido, volveré a bajar, y como siga aquí, la echo del hotel a patadas - aseguró, dedicándole una última mirada de odio a Miranda antes de desaparecer en dirección a los ascensores.
- Esa chica tiene un serio problema de actitud.
- No. Tú has estado a punto de tener un problema, pero no de actitud. ¿Sabías que es boxeadora profesional? - comentó Sunny, sentándose junto a ella en la barra.
- No fastidies - musitó Miranda, recordando con un estremecimiento la forma en que la joven había cerrado el puño. Como si hubiese estado a punto de propinarle un uppercut.
- Pues sí. La conocí en el gimnasio, haciendo un cursillo de autodefensa personal. De hecho, entrenamos juntas.
- Supongo que eso explica lo de los hombros - dijo Miranda para sí, mientras repasaba de nuevo la forma en que los nuevos músculos de su ex se insinuaban bajo el tejido de la cazadora.
- ¿Perdona? - inquirió esta, confusa.
- Nada, cosas mías.
- Muy bien, Miranda. ¿Qué querías decirme? Te recuerdo que tenemos menos de cinco minutos hasta que vuelva Andrea.
- Vamos, no seas así. Hace casi cinco años que no sé nada de ti. ¿No puedes concederme ni siquiera cinco minutos de tu tiempo?
- Claro que sí. El problema es que ya sólo te quedan cuatro.
- Dios, eres... muy bien, jugaremos según tus reglas. Es sólo que... ya casi me había acostumbrado a tu ausencia y, de repente, vas y me mandas una invitación y pensé, no sé, que quizás habías cambiado de idea.
- Miranda... - le interrumpió Sunny, con expresión compungida.
- No, por favor, déjame acabar. ¿Vale? Estuve a punto de no venir, pero una vocecita machacona dentro de mi cabeza no dejaba de repetir: ¿Y si tienes otra oportunidad? ¿Vas a arriesgarte a dejarla pasar? Y aquí estoy. Eso es todo lo que tenía que decirte. Ahora es tu turno - concluyó Miranda, apurando el contenido de su vaso para darse ánimos.
- Ay, Miranda. ¿Todo esto es por la invitación? Lo siento muchísimo. No fue cosa mía. Los de la agencia le enviaron una a todos los contactos de mi agenda. Cuando me enteré ya era demasiado tarde. No te ofendas, pero yo nunca te hubiese invitado, precisamente para evitar una escena como esta - explicó Sunny, cada vez más incómoda y rehuyendo su mirada.
- Vaya - musitó Miranda, abatida -.  Ahora sí que me siento estúpida. Estúpida, y un poquito patética.
- Lo siento mucho - repitió Sunny -. Pero si te digo la verdad, me alegro de haberte visto y poder deshacer así el equívoco. No pasa nada, ¿de acuerdo? Vamos a llamar un taxi y voy a esperarlo contigo para asegurarme de que llegas bien a casa - se ofreció la chica, a la vez que hacia ademán de cogerla del brazo.
- Ni se te ocurra. Esta es mi ciudad, y la he recorrido borracha un millón de veces - rechazó Miranda, con aire de ofendida dignidad, al tiempo que se ponía de pie y dejaba un billete de cincuenta euros sobre la barra sin esperar el cambio. A continuación se encaminó hacia la salida sin detenerse a comprobar si su ex la seguía. Una vez fuera calculó la ruta más rápida hacia su domicilio y siguió andando en dirección a la Castellana. Logró mantener la compostura hasta doblar la esquina, momento en que se agachó para vomitar entre dos vehículos aparcados en la calle. Al menos, no lo he hecho delante de ella, pensó, aunque teniendo en cuenta las circunstancias, no dejaba de ser un triste consuelo.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

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