Miranda /02


Miranda aprovechó el saludo para observar disimuladamente a su ex e intentar averiguar cuánto había cambiado. A primera vista, esta daba la impresión de ser un poco más ancha de hombros, aunque también podía ser un efecto engañoso provocado por la cazadora que llevaba puesta, una Dainese de cuero negro y estilo motorista, a juego con sus ajustados vaqueros grises. Pero quizás lo más llamativo era su nuevo peinado, muy corto, sobre todo por detrás y por los lados, al contrario que el flequillo, el cual le colgaba sobre un lado de la cara como una fina cortina de pelo. Pero sus ojos todavía tenían aquel brillo familiar, y cuando le sonrió, su sonrisa era la que Miranda recordaba.
Curiosamente, con ese look Sunny parecía una copia, casi un clon, de su acompañante, una morena desconocida de aspecto atlético y un poco más alta que ella, pero que por lo demás hubiese podido pasar fácilmente por su hermana melliza, sino gemela. Sin embargo, mientras que Sunny irradiaba simpatía y cordialidad, la otra chica tenía un aire mucho más agresivo, impresión reforzada por la mirada de hostilidad que le dirigió a Miranda apenas la encargada de la galería las hubo presentado.
- ¡Hola! ¡Qué sorpresa! No esperaba verte por aquí. ¡Y con melena! Menudo cambio de imagen más radical - añadió Sunny tras el apretón de manos.
- Por lo que veo, no soy la única - replicó a su vez Miranda, a la defensiva, como siempre que su físico salía en la conversación.
- Sí, bueno, así es mucho más cómodo. ¿Qué tal? ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo te ha ido? Sentí mucho lo de tu madre - musitó su ex, en uno de aquellos bruscos cambios de conversación tan típicos de ella -. Me hubiera gustado poder asistir al funeral, pero...
- No te preocupes. Recibí tu correo electrónico. Yo... lamento no haber contestado. Fue una mala época - replicó Miranda, encogiéndose de hombros.
- En cualquier caso, me alegro de verte. Para mí significa mucho que hayas venido - intentó reconfortarle Sunny, acompañando sus palabras de una de aquellas sonrisas suyas capaces de romperle el corazón a cualquiera. Pero antes de que Miranda pudiese añadir nada más, Sandra decidió intervenir en la conversación.
- Siento interrumpiros, pero me temo que tengo que robarte un momento a la señorita Valverde para que atienda a la prensa y estreche unas cuantas manos. Prometo devolvértela un poco más tarde para que sigáis charlando.
- ¡Claro que sí! No te vayas, y en cuanto tenga un rato libre te busco y nos ponemos al día - le gritó su ex, de la que se alejaba en pos de Sandra. La chica morena, por su parte, le lanzó una última mirada de odio antes de dar media vuelta e ir tras ellas. Incómoda, Miranda se preguntó si la conocería de algo y a qué vendrían esas expresiones homicidas. Parte de ella se sentía tentada de mandarlo todo al diablo y largarse, pero ahora que por fin había dado el paso se resistía a irse antes de hacer lo que la había llevado hasta ahí. Así que, tras exhalar un suspiro de resignación, se acercó a una de las mesas del catering para coger otras dos copas de vino y beberse la primera de un solo trago. Reserva, tal vez Ribera del Duero. No estaba mal, aunque personalmente ella prefería whisky irlandés o, en su defecto, bourbon a palo seco. Sin embargo, no parecía que fuese a encontrar nada más fuerte en aquella reunión de hipsters estirados.
Decidida a matar el rato como fuese, continuó deambulando por la sala para examinar con calma el resto de las obras expuestas. Sunny siempre había exhibido una marcada vena artística, aunque Miranda jamás hubiese imaginado que tuviese tanto talento para la fotografía. Tendría que preguntarle al respecto más tarde. En eso, un par de imágenes llamaron su atención. En una de ellas la artista se las había arreglado para hacerse un autorretrato en su taller con la ayuda de un espejo. Su ex era inconfundible, aunque tuviese casi todo el rostro oculto tras la cámara fotográfica. La imagen de al lado, en cambio, mostraba el primer plano de la espalda desnuda de una mujer tumbada de costado sobre la cama, entre cuyos riñones podía verse tatuada la silueta estilizada de un dragón de vaga inspiración oriental. Miranda cerró los ojos mientras se acariciaba de forma inconsciente la parte baja de la espalda, donde todavía llevaba grabado aquel maldito tatuaje. ¿En qué diablos estaba pensando aquel día? ¿Cómo se había dejado convencer no sólo de hacérselo, sino incluso de dejarse fotografiar después? Y sobre todo, ¿cómo diablos tenía su ex las narices de exhibir públicamente un desnudo suyo sin pedirle permiso?
- Tranquila. A menos que lo vayas diciendo por ahí, nadie tiene porque saber que eres tú.
Sunny había aparecido a su lado, silenciosa como siempre. Y como siempre, parecía que le había leído el pensamiento sólo con verle la cara.
- No, es sólo que me ha sorprendido. No pensé que la hubieses conservado - se apresuró a explicar Miranda, sonrojándose.
- ¿Por qué no? Es una de mis favoritas. Y para que lo sepas, no está a la venta. De hecho, si la quieres, no tienes más que pedirla. Déjale tu dirección a Sandra y ella misma se encargará de que la envíen a tu domicilio.
- Pensé que era una de tus favoritas.
- No tiene sentido aferrarse al pasado, ¿no te parece?
Las dos mujeres guardaron un incómodo silencio. Finalmente, Miranda carraspeó antes de añadir:
- La verdad, confieso que estoy un poco sorprendida. Sabía que te gustaba la fotografía, pero nunca pensé que acabarías dedicándote al tema de forma profesional.
- Bueno, no estoy segura de que profesional sea la palabra más adecuada - repuso Sunny -. Al principio sólo era un hobby. Una forma de llevar un registro de los tatuajes que iba haciendo, y para decorar el taller con las fotos. Pero cuando me regalaste la Canon empecé a tomármelo más en serio. Un día me llamaron de una revista especializada para pedirme algunas imágenes para ilustrar un reportaje, dije que sí, y así fue como entré en el circuito profesional. Hace un año me dedicaron un monográfico, y fue entonces cuando Marina... la dueña de la galería...
- Si, la conozco.
- Pues eso, ella tuvo la idea de montar esta exposición para intentar llegar a un público más amplio. Al principio me parecía una locura, pero después pensé: ¿por qué no? Y ya ves.
- Si, ya lo veo. Me alegro mucho por ti. Son unas fotos preciosas. Estoy segura de que será todo un éxito.
- Muchas gracias. ¿Y tú qué tal? ¿Sigues viviendo en Madrid?
- Si, aunque he vendido mi ático en Hortaleza y ahora vivo en la que era la casa de mi madre en Goya, enfrente del palacio de Deportes de la comunidad. Estoy más lejos del centro, pero a cambio he ganado un montón de metros cuadrados de espacio.
- Me alegro. ¿Y qué haces ahora? ¿Estás escribiendo algo nuevo?
- A ratos libres. Últimamente trabajo más como articulista freelance para algunos suplementos culturales, haciendo reseñas literarias o cubriendo eventos artísticos como este.
- ¿Entonces, has abandonado la ficción? - insistió Sunny, en tono casual, aunque Miranda creyó percibir un leve atisbo de crítica en su voz.
- No exactamente. De hecho, ahora mismo estoy terminando el libreto para una obra de teatro que voy a producir a medias con unos amigos y que queremos estrenar para fin de año. Pero de momento es algo confidencial, no queremos correr la voz hasta que esté todo atado y bien atado.
- ¡Vaya, eso es genial! - exclamó la chica, de forma tan entusiasta como sincera -. Gracias por la confianza. Y tranquila, seré una tumba, al menos hasta que tú me digas lo contrario.
- Sí, bueno, te confesaré que estoy un poco nerviosa. He invertido hasta mi último euro en el proyecto, así que o sale bien o acabo durmiendo en la calle - musitó Miranda, apurando el resto de la copa en un vano esfuerzo por anestesiar sus nervios.
- ¡No te preocupes! Te digo lo mismo que tu a mi hace un momento: estoy segura de que será todo un éxito. ¿Y sabes por qué?
- ¿Por qué eres adivina? - le respondió, completando lo que ya era una vieja broma entre ambas.
- Efectivamente.
- Sabes, para mi significaría mucho que estuvieses presente el día del estreno.
Sunny abrió la boca como si fuese a decir algo, pero se lo pensó mejor y cambió su respuesta sobre la marcha.
- Vale. Avísame con antelación e intentaré estar ahí, en primera fila, para aplaudir a la autora y pedirle después un autógrafo, como en los viejos tiempos.
- Te lo agradezco. ¿Hasta cuando tienes pensado quedarte?
- Casi nada. Viaje relámpago. Hemos venido hoy en avión desde Málaga y nos volvemos mañana por la mañana. Lo justo para asistir al estreno y saludar a unas cuantas personas. La galería se ha encargado de todo, incluida la reserva del hotel, que está en la calle Atocha. La Milla de Oro o algo así creo que se llama.
- Sí, lo conozco. Sabes, no he podido evitar fijarme en que has venido acompañada. ¿Es una buena amiga, o algo más?
- Algo más - respondió Sunny, en un tono que daba a entender que no quería entrar en detalles. Y Miranda, que tampoco quería saber más al respecto, volvió a guardar silencio. Justo entonces, la joven morena hizo su aparición, como si de alguna manera hubiese adivinado que estaban hablando de ella.
- Tenemos que irnos - anunció, en un tono de voz tan agresivo como su mirada -. La reserva es para las diez de la noche, y Marina quiere que paremos antes a tomar algo con algunos posibles patrocinadores.
- Sí, claro - asintió su ex -. Bueno, Miranda, ha sido genial volver a verte después de tanto tiempo, y me alegro de que te vaya tan bien. No te olvides de avisarme antes del estreno, ¿de acuerdo?
- Sí, claro. Cuenta con ello.
- Muy bien. ¡Cuídate! - se despidió Sunny, lanzándole un último beso de despedida con la mano antes de darle la espalda, seguida de cerca por su musculosa guardaespaldas. Y Miranda se quedó ahí sola, de pie en medio del barullo, con una copa en la mano y sintiéndose más incómoda y fuera de lugar que nunca. Un poco cansada y decidida a evitar una escena se encaminó disimuladamente hacia la puerta de salida, pero cuando estaba a punto de abandonar el local se vio interceptada por la joven pelirroja (Sandra, recordó a tiempo de evitar meter la pata). En realidad, aunque apenas habían hablado desde la llegada de Sunny, Miranda era consciente de que la chica no le había quitado el ojo de encima durante toda la tarde y de hecho, en varias ocasiones, la había sorprendido sonriéndole desde la distancia e incluso levantando la copa en su dirección, en señal de saludo.
- ¡Hola! ¿Ya te vas? ¿Tan pronto?
- Sí, soy como Cenicienta, me gusta retirarme antes de medianoche para evitar que mi carroza se convierta en calabaza. ¿Y tú? Pensé que te habrías ido a cenar con los demás.
- Ya me gustaría, pero alguien tiene que quedarse a recoger, sacar la basura, apagar la luz y cerrar con llave al salir, y siempre le toca a la nueva. ¿Y tú? ¿Por qué no te has apuntado a la cena?
- Yo es que soy poco amiga de este tipo de actos sociales. Eso lo dejo para la gente más joven, como vosotras.
- No te hagas tanto la mártir, abuelita. No puedes ser mucho mayor que yo. ¿Cuántos años tienes, treinta y cuatro? - aventuró su interlocutora.
- ¡Qué encanto! No, pero puedes seguir bajando cuanto quieras. En fin, me alegro de haber venido. Has hecho un gran trabajo. Cuídate mucho y dale recuerdos a Marina de mi parte - dijo Miranda, haciendo un vago gesto de despedida.
- Sabes, no tenemos porque dar por terminada la noche todavía  - replicó la chica, cogiéndole de la mano -. Si me esperas, podríamos montarnos nuestro propio plan. Cenar, un par de copas, bailar. Lo que tú quieras - añadió. Y aunque Miranda estaba un poco desentrenada en lo que al juego de la seducción se refería, era imposible no darse cuenta de la oferta implícita en las palabras de la joven, ni de la forma tan sugerente que esta tenía de acariciarle los nudillos con su dedo pulgar.
- Es muy tentador, pero me temo que ya tengo planes para hoy. Quizás en otro momento - se excusó, para sorpresa de la pelirroja, que no parecía acostumbrada a que le diesen calabazas.
- Nadie tiene porque saberlo, si no quieres.
- ¿Qué? No, por Dios, tranquila. Mi vida sexual es el secreto peor guardado del universo. Soy yo quién debería prometerte discreción, y no al revés. Es solo que... este no es un buen momento. De verdad - insistió, recordando la forma en que Sunny y su ¿amiga? se habían mirado, antes de alejarse cogidas de la mano. Hubo un tiempo, pensó, en que aquellas miradas hubieran sido sólo para ella. Pero esos tiempos ya habían pasado. Como si le leyera la mente, su interlocutora comentó:
- Ya veo. Viejas historias que no terminan de cerrarse, ¿verdad?
- Algo así - asintió Miranda, que no tenía ganas de dar más explicaciones.
- No sabes cuánto lo siento.
- Yo también.
- En cualquier caso, gracias por todo. Yo también me alegro de que hayas venido y espero que nos hagas una buena reseña. Entretanto, esto es para que te animes - dijo la chica, dándole un beso en los labios, no por fugaz menos intenso -, y esto, por si luego cambias de opinión - añadió, escribiendo su nombre y número de teléfono en el dorso de la mano de Miranda antes de dar media vuelta y perderse entre la gente. Qué ironía, se dijo esta. Casi tres años en dique seco, y para una vez que se le presentaba la ocasión, tenía que ser el día del reencuentro con su ex. A veces el universo tenía un pésimo sentido de la oportunidad, suspiró, mientras buscaba con la mirada una bandeja donde todavía quedase alguna copa de vino intacta.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

Comentarios

Rafa ha dicho que…
Me gusta. Sigo enganchado a la historia. Me he quedado como Miranda... con ganas...��
Alejandro Caveda ha dicho que…
Muchas gracias, compañero. Espero que el desenlace de la historia sea esta vez de tu agrado. Un saludo cordial y muchas gracias por estar ahí, entrega a entrega. ¡Nos vemos!
los versos de Laura ha dicho que…
Hola ALejandrooooo te invito a que te pases por mi blogggg!!!! Espero que mi versos sean de tu agradoooo un saludooooo
Magda Perelló muñoz ha dicho que…
Me gusta como escribes.Por eso te invito a unirte a Mundoliterario. Sería un placer para mi y para los demás lectores.
La pagina es: www.mundoliterario.net

¡Saludos!
Rosa B.G ha dicho que…
Hola he tenido que empezar la historia de cero para entenderla al completo.Me ha gutado leerla y espero seguir haciéndolo.
Un saluo
Rosa
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola, Magda y Laura. Me alegro de que os haya gustado y muchas gracias por vuestra amable invitación. Veré de devolveros la visita lo antes posible. Un abrazo y nos seguimos leyendo.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Rosa. Siempre es un placer conocer nuevos lectores y me alegro de que la historia te haya gustado tanto como para retroceder y leerla desde el principio. Es el mejor cumplido que podías hacerme. Espero que la conclusión sea igualmente de tu agrado. ¡Saludos!

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