Sunny /02


Miranda dedicó los minutos siguientes a deshacer el equipaje y explorar sus nuevos dominios. El apartamento en sí no era muy grande, pero tenía una amplia terraza y estaba decorado con muy buen gusto, merced a una sabia combinación entre muebles antiguos y estilo moderno. Aunque Irene le había dado libertad absoluta al respecto, Miranda decidió instalarse en la habitación de invitados en vez de en el dormitorio principal, ya que no le convencía la idea de pasar la noche en la misma cama donde dormían (y Dios sabe que más) su prima y su marido. También observó, para su sorpresa, que había televisiones de plasma en todas y cada una de las estancias, incluida la cocina. Estaba claro que a los dueños de la casa les gustaba estar informados de lo que pasaba a su alrededor. Eso, o eran unos teleadictos.
Para trabajar escogió una mesa cercana a la terraza desde donde, en efecto, tenía una vista preciosa de la franja costera, aunque a mucha más distancia de la que había imaginado. Al encender el portátil no pudo evitar entrar en su proyecto de libro y releer las últimas líneas, aquellas que había escrito varios meses atrás, cuando todo parecía más fácil y sentía que tenía la historia completa y bien organizada en su cabeza: "Tenía toda la vida por delante para hacer lo que realmente quisiera, pero no sabía por dónde empezar". Terriblemente irónico y, además, apestaba. Tal vez debería borrar los últimos párrafos e intentar reconducir la trama por otro lado. O tal vez debería mandar todo el maldito documento a la papelera de reciclaje y olvidarse del tema. Por desgracia, el problema era como conseguir que la editorial se olvidase del adelanto y de las fechas de entrega. Con lo fácil que había sido la primera vez, se dijo Miranda. "No digas que fue un sueño" casi se había escrito solo y había funcionado muy bien en las listas de ventas, máxime en un país como España, donde muy poca gente vivía de la escritura, y no digamos ya se enriquecía. Sin embargo, la adaptación televisiva le había dado un buen empujón a la novela, que había permanecido varias semanas entre las más descargadas de Amazon. Pero todo pasa, y ahora que tenía que demostrar que su éxito no había sido flor de un día, se encontraba completamente en blanco.
Por suerte, el timbre de la puerta vino a distraerle de sus pensamientos. Al abrir se encontró de nuevo a su vecina, igual de sonriente que antes y portando en las manos una bandeja envuelta en papel de aluminio que sostenía como si fuese alguna especie de ofrenda.
- ¡Hola otra vez! He pensado que igual tenías hambre así que te he traído algo para picar por si no te apetecía salir a hacer la compra ahora. No es gran cosa, pero si mejor que nada.
- Gracias - repuso, intentando darle a la palabra el tono exacto para que sonase a despedida sin parecer demasiado desagradable. Sin embargo, su interlocutora no parecía tener ningún interés por regresar a su propio domicilio.
- Veo que ya te has instalado - dijo, señalando con el mentón hacia el portátil -. Irene me comentó que eras escritora, y que tenías publicado un libro y varios relatos cortos. ¿Estás trabajando en algo nuevo?
- Lo estaba intentando, sí - replicó Miranda, haciendo especial hincapié en el gerundio.
- Y yo aquí, dándote la lata e interrumpiéndote cada poco. ¡Perdona! Es que ahora mismo esto está casi vacío, y es agradable tener con quien charlar para variar. ¿Te vas a quedar mucho tiempo? - continuó hablando la chica, sin dejar de pasearse por la estancia como un gato que estuviese examinando sus nuevos dominios.
- No lo sé. Puede que varias semanas. Un mes, fijo. Ya veremos - le contestó, dándose cuenta por primera vez de que realmente no había pensado en ello -. Mira, no quiero ser borde pero de verdad que me gustaría darme una ducha y tumbarme un rato.
- ¡Como no! Ponte cómoda y ya nos veremos por aquí o en la piscina. ¡Chao!
- Lo mismo te digo - aceptó Miranda, sin mucho entusiasmo, ya que quedarse a solas implicaba tener que enfrentarse de nuevo al teclado del portátil y al cursor que parpadeaba acusadoramente en medio de la pantalla. Nerviosa y algo molesta consigo misma se acercó a la cocina para beber un vaso de agua y averiguar de paso que había en la bandeja que le había acercado la vecina. Al retirar el envoltorio pudo ver varios emparedados además de lo que parecía una generosa porción de lasaña. Distraída, cogió una de las porciones de emparedado y la mordisqueó mientras se acercaba a la terraza para observar de nuevo la lejana línea costera y todo lo que se extendía a su alrededor: urbanizaciones, hoteles y más urbanizaciones hasta donde alcanzaba la vista. Tanta gente, tantas historias que contar, y ella era incapaz de encontrar la suya propia, pensó con amargura mientras engullía el último bocado solo para descubrir, sorprendida, que estaba muy bueno y le apetecía repetir.

Al día siguiente se levantó cansada y con una extraña sensación de vacío en la cabeza, como si su cerebro y su cuerpo fuesen dos cosas diferentes y se negasen a trabajar en equipo. Tras prepararse un café bien cargado salió a la terraza con la esperanza de que el aire fresco terminase de despejarla. ¿Debería intentar ponerse a escribir ya mismo, o debería salir a dar un paseo para ver si así se le aclaraban las ideas? Aun seguía indecisa cuando un sonido cercano llamó su atención. La vecina (Sunny, se recordó Miranda) estaba tomando el sol en su terraza, con unas gafas de sol y la parte de abajo del bikini por toda vestimenta. Algo que debía de hacer muy a menudo, a juzgar por la ausencia de marcas en su piel, de un atractivo y uniforme tono canela.
No era su tipo de mujer. A Miranda le gustaba que sus parejas tuviesen un físico exuberante y muy llamativo, como aquella actriz de la serie basada en su libro, una chica pelirroja con un vago parecido a Lindsey Lohan, que todavía no había salido del armario y siempre evitaba cogerla de la mano cuando salían de copas por Madrid, o después de pasar la noche juntas. En realidad, Miranda era consciente de que sus prejuicios tenían mucho que ver con su juventud acomplejada. La imagen que tenía de sí misma era la de una adolescente patosa y pasada de kilos, temerosa de aceptar su orientación sexual y que después de su primer beso furtivo con una compañera del instituto, había fingido una enfermedad para no tener que ir a clase y enfrentarse a las hipotéticas miradas y comentarios del alumnado. Se sentía culpable, de una forma absurda e irracional, como si llevase "Soy gay" escrito en la cara y cualquiera pudiese adivinarlo sólo con verla. Con los años, muchas horas de gimnasio y un buen estilista había ganado algo de glamour y confianza en sí misma, pero en el fondo era consciente de que se había pasado toda la vida buscando la aprobación de los demás, cuando la única que realmente necesitaba era la suya propia. Quizás por ello se había convertido en una adulta superficial que elegía siempre parejas cuanto más atractivas mejor, como si en cierto modo la belleza de aquellas fuese un reflejo aproximado de la suya. La vecina de Irene, en cambio (¿por qué era incapaz de llamarla por su nombre?) no encajaba en ese patrón y, sin embargo, tenía algo. Armonía. Equilibrio. Todo en ella era perfecto, aunque no fuese perceptible a primera vista, concluyó Miranda, mientras recorría con la mirada la exquisita anatomía de la joven sólo para descubrir, horrorizada, que ella también la estaba observando.
"¡Dios mío!" exclamó mentalmente, a la vez que intentaba recordar cuanto tiempo llevaba perdida en sus pensamientos. Si la hubiesen pillado robando en el supermercado no se hubiese sentido más avergonzada pero la chica (¡Sunny!) lejos de parecer molesta se puso en pie para saludarla, siempre sin perder esa sonrisa suya tan característica.
- ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Has dormido bien? ¿Ya has escrito algo?
- Estoy en ello - respondió Miranda a la última pregunta, al tiempo que hacia denodados esfuerzos por mirar hacia cualquier otro lado que no fuesen los pechos de su interlocutora la cual siguió hablando, aparentemente ajena a su turbación.
- ¿Sabes? Eres la primera persona famosa que conozco. He estado leyendo sobre ti en Internet y salen un montón de entradas. Incluso tienes varios videos en youtube.
- ¿En serio? - fue todo lo que acertó a replicar, furiosa consigo misma. Maldita sea, se dijo. Se supone que soy escritora, y aquí estoy, incapaz de articular cuatro palabras seguidas con sentido. Era curioso como a veces la vida imita al arte: estaba bloqueada sobre el papel, y en la vida real.
- Si. No sabía que hubiese una serie de televisión de tu libro, la verdad es que veo muy poco la tele, pero por lo que vi parecía muy interesante. ¿Ha salido en DVD?
- Si. Puedo conseguirte una copia, si quieres.
- ¡Si, por favor! Con dedicatoria, si puede ser.
- Claro. Para Sunny, ¿no? Que nombre más curioso.
- Fue cosa de mis padres. El embarazo les pilló en plena época hippie. Creo que escucharon la canción de Bobby Hebb cuando estaban colocados y de ahí salió mi nombre. Si te paras a pensarlo, eso explica muchas cosas de mi carácter, ¿no te parece?
- ¿Cómo cuáles? - replicó a su vez Miranda, cada vez más incómoda. ¿Porqué aquella chica se dejaba puestas las gafas de sol para hablar con ella, pero en cambio se olvidaba de ponerse la parte de arriba del bikini?
- Lo de hablar, hablar, hablar, y hacer preguntas y más preguntas indiscretas - dijo ella, dedicándole una última sonrisa de complicidad antes de regresar a la hamaca y tumbarse para seguir disfrutando del incipiente sol sureño.

(Continuará...)

Comentarios

PuramenteInfiel ha dicho que…
Hola. He venido siguiendo los pasos recomendados por Enmanuell, y sí, merecía la pena el viaje.
Volveré a leerte con más calma. Tu espacio entre líneas es intenso.
Besos de Pecado.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Me alegro de que opines que el viaje ha merecido la pena. Espero que disfrutes del resto de la historia y que de las que vendrán. Un saludo cordial y nos seguimos leyendo :)