Malcom Drake en "Hamburgo Blues" (3ª Pte)


- ¿Qué está pasando aquí?
Quien así hablaba era un joven alto, delgado, y tan rubio que su cabello casi parecía blanco más que amarillo. Iba vestido de forma informal, con una camisa de corte militar por encima de unos viejos jeans de marca. En general tenía un aspecto cotidiano y poco impresionante, aunque a juzgar por la forma en que los demás clientes se apartaban a su paso e inclinaban la mirada en señal de respeto estaba claro que era alguien importante. Importante, y muy peligroso, se dijo Drake al observarlo más de cerca. Tenía ese aspecto firme y decidido de los hombres que han visto el futuro y están dispuestos a todo con tal de hacerlo realidad.
- ¡Tiene una bomba, Werner! - balbuceó el musculitos, de forma tan obvia como innecesaria.
- Ya lo veo. La cuestión es porqué. Y sobre todo, qué piensa hacer con ella.
- En principio nada, siempre que tu compañero le devuelva a su ex su dinero y el resto de sus pertenencias.
- ¿Y cuál es tu interés en todo esto?
- ¿Yo? Tan sólo soy un ciudadano solidario.
- Si, fue lo primero que pensé nada más verte. ¿Johan? - inquirió el recién llegado, desviando su atención hacia su compañero de ideología.
- Tan sólo cogí algo de dinero y un par de recuerdos – se excusó este -. Nunca la oí quejarse cuando era yo el que pagaba todas las copas.
- Suficiente. Dale su dinero a este hombre.
- ¡Pero Werner...! - acertó a decir Johan antes de que el joven rubio le cruzase la cara de un revés con el dorso de la mano. Lejos de enfurecerse, el gigante encajó el golpe sin rechistar a la vez que inclinaba la cabeza en señal de sumisión.
- Tu has traído los problemas a nuestra casa – afirmó el llamado Werner, en un tono de voz tan firme y tajante que no admitía discusión -, y a ti te corresponde solucionarlos. Haz lo que se te ordena.
- Si, señor – asintió el otro hombre, de la que extraía un montón de billetes y monedas de su bolsillo.
- Es todo lo que tengo – dijo. Drake observó el montón e hizo un rápido cálculo mental.
- Faltan unos cuatro mil setecientos cincuenta euros. Vamos, chicos – exclamó, dirigiéndose al resto de presentes -. No seáis tacaños y echadle una mano a vuestro compañero con la colecta.
Hubo un conato de protesta, que murió tan pronto como el líder del grupo hizo un gesto de conformidad con la cabeza. Uno a uno, el resto de neonazis presentes fueron poniendo su dinero encima de la barra hasta que Drake considero que ya había suficiente.
- ¿Todo en orden? - preguntó el joven rubio.
- Lo estará cuando mi cliente recupere su ordenador y las demás pertenencias que este tío se ha llevado de su casa.
- Por supuesto. ¿Johan?
A esas alturas el gigante presentaba todo el aspecto de un tipo que se ahogaba por falta de aire. Tras lanzarle una nueva mirada asesina a Drake, se sacó el teléfono móvil de un bolsillo del pantalón y tecleó un número con el pulgar derecho.
- Ya está – confirmó, tras intercambiar varias frases en alemán con su interlocutor -. Antes de una hora se las dejarán en la portería.
- ¿Hay algo más que podamos hacer por ti? - inquirió displicente el joven.
- Bueno, aun sigo esperando esa cerveza.
- Tengo una idea mejor. Karl, sírvenos un par de chupitos de schnapps.
- Prefiero una Lowenbrau.
- Insisto. Si te vas a llevar nuestro dinero, bien puedes tomarte una ronda conmigo. Además, esto es mucho mejor que la cerveza – replicó su interlocutor, apurando el contenido del vaso de un solo trago -. No termino de situar el acento. ¿Americano, tal vez?
- Australiano. De Perth. Dios salve a la Reina, y todas esas chorradas – aclaró Drake, imitando al otro hombre a la hora de hacer desaparecer su bebida.
- Muy bien, Cocodrilo Dundee. Enhorabuena. Eres el héroe del día. Regocíjate. Disfruta del momento. Pero si me aceptas un consejo, será mejor que mañana a estas horas te encuentres bien lejos de Alemania, porque si no es así, estos chicos tan simpáticos que ves a tu alrededor irán a por ti y si te encuentran, te harán cosas terribles, sólo para enseñarle al resto del mundo que nadie viene aquí a faltarnos al respeto y se sale con la suya.
- ¿Y mi cliente?
- Dile que puede dormir tranquila. Nosotros no somos ladrones. Somos conquistadores. No robamos – remarcó el joven, dirigiéndole una nueva mirada de desprecio al atribulado Johan -, tan sólo tomamos lo que nos pertenece por derecho.
- Si, bueno, eso es asunto vuestro. El mío era cumplir un encargo, y ya está hecho – dijo el mercenario, recogiendo el fajo de billetes y guardándoselo en el bolsillo interior de la cazadora -. Así que auf wiedersehen, caballeros. No diré que ha sido un placer, pero sí que ha sido divertido.
- ¿Tan pronto? Vamos, la noche es joven. Tómate la última ronda conmigo -. Insistió Werner. Y Drake, que nunca le hacía ascos a una copa, sobre todo cuando era gratis, aceptó.
- Dime una cosa, tipo duro. ¿Hasta dónde estabas dispuesto a llegar? ¿Cómo sé que esa bomba es auténtica, y que no vas de farol?
- No lo sabes – respondió tranquilamente el mercenario, tras engullir su segunda dosis de schnapps.
- Por supuesto – aceptó el alemán, con una sonrisa de cortesía -. Muy bien, vaquero. Empezaremos a contar hasta cien apenas salgas por la puerta. Adiós, y buena suerte.
Por toda despedida, Drake se limitó a inclinar la cabeza en silencio antes de dar media vuelta y abandonar el local. Por un momento se preguntó si iba a tener problemas con los porteros, pero estos apenas le prestaron atención. O no se habían enterado de lo que había pasado en el interior, o alguien les había advertido de que le dejasen salir sin mayores problemas. En cualquier caso ya estaba fuera y razonablemente intacto, así que sería mejor que hiciese caso de la advertencia y se apresurase a hacer el equipaje antes de que su suerte cambiase otra vez a peor. Pero antes de nada tenía que ver a Dieter para devolverle su chaleco explosivo y hacer cuentas. Tendría gracia que después de haber salido por su propio pie de aquel avispero, acabase saltando en pedazos por culpa de un detonador en mal estado.

El amanecer encontró a Drake sentado en la barra del Das scharze pferd junto a una mochila en la que había recogido sus escasas pertenencias. Tras pagar todas sus deudas, y descontando la parte de la joven, apenas le había quedado lo justo para sacarse un billete destino Londres con Air Berlín, además de un poco de calderilla para el bolsillo. Tampoco le preocupaba demasiado. Por suerte o por desgracia, Drake estaba acostumbrado a perderlo todo y empezar de cero una y otra vez. Tan sólo lamentaba no tener suficiente dinero como para poder pillarse un gramo de coca o, en su defecto, un par de canutos. Maldita crisis del euro.
- Toma, Drake – dijo el camarero, acercándole una Lowenbrau abierta -. Esta corre a cuenta de la casa.
- Gracias, Klaus. Sabes, creo que en el fondo voy a acabar echando de menos este tugurio.
- Nosotros a ti, no – replicó el alemán, dándole la espalda para seguir limpiando la barra. Antes de que Drake pudiese pensar en alguna réplica ingeniosa Hannah entró por la puerta y se acercó hacía él con ese paso firme y decidido que la caracterizaba.
- Recibí tu mensaje. Y ya he recogido mis cosas de la portería. La verdad, no esperaba volver a verte vivo o, al menos, entero. ¿Cómo lo has conseguido?
- Con algo de diplomacia, mucha educación y abundantes dosis de mi encanto personal. Toma. Creo que esto también es tuyo – respondió el mercenario, dejando el resto del dinero encima de la mesa.
- Faltan cien euros – protestó la joven tras un rápido recuento.
- Tuve un par de gastos extraordinarios, pero han salido mayormente de mi bolsillo. De todas formas, hoy eres dos mil setecientos euros más rica que ayer. Yo que tú no me quejaría tanto.
- Vale, vale. Lo siento. No quiero que pienses que soy una desagradecida. La verdad, pensaba que tendría que ir a identificar tu cadáver cuando lo sacasen del fondo del rio Elba. ¿Te vas de viaje? – inquirió Hannah, señalando con el mentón hacia la mochila de Drake.
- Si. Alguien me comentó ayer que el clima de Alemania en esta época del año podía ser perjudicial para mi salud, así que me voy a conocer la tierra de mis antepasados.
- Pero todavía no – matizó la joven, con expresión calculadora.
- No, todavía no. ¿Por? ¿Habías pensado algo?
- Hazme un favor y no hables – replicó su empleadora, cogiéndole del brazo y tirando de él en dirección a los aseos del local. Klaus meneó la cabeza en señal de desaliento a la vez que susurraba en voz baja:
- ¿Por qué será que todos los cabronazos tienen suerte?

Varios minutos más tarde la joven interrumpió su profusión de jadeos y gemidos para decir, mirando fijamente a Drake a los ojos:
- Para que conste: esto sólo son negocios. Como una especie de propina. Y porque me has dado pena.
- Puedo vivir con eso – aceptó el mercenario, encogiéndose de hombros, mientras pensaba que, después de todo, al final si iba a llevarse un buen recuerdo de Alemania.

© 2014 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

Comentarios

Arturo Maciá ha dicho que…
Enhorabuena, Alejandro. No sólo has conseguido que Drake llegue al final de su viaje sin perder un ápice de intensidad, sino que has conseguido que lo eche de menos.

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