Malcom Drake en "Hamburgo Blues" (2ª Pte)



De puertas afuera el local donde se reunían Johan y sus colegas apenas llamaba la atención, excepto por los dos matones que flanqueaban la entrada con aspecto de estar deseando que alguien se acercase a preguntar la hora para romperle el culo a patadas.
- Piérdete, payaso. Este es un club privado – le espetó uno de los dos gorilas apenas Drake hubo dado un paso en dirección a la puerta.
- Vengo a ver a Johan.
- Por mí como si vienes a ver al Papa. Si tengo que repetírtelo otra vez, van a tener que volver a ponerte todos los dientes en su sitio, uno por uno.
- Muy bien – aceptó el mercenario, al tiempo que exhibía su teléfono móvil -. Tu mismo. Pero cuando Johan llame todo cabreado preguntando por su farlopa, ya le diré que hable contigo.
Ambos matones intercambiaron una mirada de duda y, por un momento, Drake pensó que iban a entrar a pedir instrucciones, pero por suerte para él en vez de eso optaron por encogerse de hombros y franquearle el paso.
- Muy amables – comentó de la que accedía al interior del local, un sitio que más bien parecía el sueño húmedo de algún decorador neonazi puesto de alcohol y morfina hasta las cejas, con esvásticas y retratos de Hitler colgados por todas partes junto a posters de diversos grupos de Black Metal como el que sonaba a todo volumen por los altavoces de la sala. Aquí y allá había pequeños grupos de clientes enfrascados en sus conversaciones, jugando a los dardos o al billar. Algunos de ellos le observaron con curiosidad al verle entrar, pero nadie dijo nada, dando por hecho que si había pasado el filtro de los porteros era porque todo estaba en orden. Drake, por su parte, se encaminó hacia la barra con paso firme y seguro, como si fuese un habitual de la casa.
- Una cerveza.
- Este es un club privado – respondió agresivamente el camarero.
- Eso me han dicho ahí fuera, pero tendréis cerveza, ¿no?
- Si, pero sólo para los socios.
- Pues hazte a la idea de que soy miembro honorífico. Vamos a ver, señoritas – exclamó Drake en voz alta, de manera que todos los presentes pudiesen oírle -. ¿Cuál de vosotras se llama Johan?
Hubo varios segundos de tenso silencio mientras sus palabras calaban en el cerebro de su auditorio, tras los cuales un sujeto se apartó de una de las mesas de billar. Para consternación del mercenario, Johan – si es que ese era él – se daba un aire al increíble Hulk, pero en rubio, con unos pectorales que amenazaban con romper la camiseta que los envolvía, y sobre la cual podía verse una imagen del Führer saludando con el brazo derecho en alto, bajo un eslogan que rezaba “Adolf Hitler, European Tour 1939-44” y a continuación una lista con el nombre de varias ciudades del continente.
- Yo soy Johan. ¿Quién pregunta por mí? - inquirió el gigante, con el ceño fruncido y en tono amenazador.
- Eso no importa. Traigo un recado de parte de tu ex.
- ¿Hannah? ¿Y qué es lo que quiere esa zorra?
- Básicamente, le gustaría que le devolvieses su dinero y el resto de las cosas que te llevaste.
- ¿Llevarme? ¿Me estás acusando de algo? - insinuó su interlocutor, al tiempo que hacia crujir los nudillos.
- No. A mi vuestros asuntos personales me traen sin cuidado, pero mi trabajo consiste en recuperar sus pertenencias, así qué agradecería tu cooperación al respecto – contraatacó Drake, sin arrugarse.
- ¡Que le den! Me merezco hasta el último euro que me llevé por aguantarle todas sus chorradas. Además, tampoco valía tanto. Era un asco en la cama.
- Lo siento. Me da la impresión de que me has confundido con alguien al que le interesa tu vida sexual, cuando lo cierto es que me importa un carajo. Yo sólo soy el recadero. Mira, podemos seguir aquí intercambiando cumplidos o podemos solucionarlo como caballeros, de forma rápida y discreta. ¿Qué me dices?
- ¿Y si prefiero hacerlo por las malas?
- No te interesa, créeme. Yo seguiré saliendo de aquí con tu dinero, pero tu perderás los pocos restos de dignidad que todavía te quedan.
- Tío, tengo que reconocerlo: los tienes cuadrados – dijo Johan, exhibiendo una sonrisa similar a la de un tiburón que hubiese divisado su menú preferido -, pero por desgracia para ti, me lo voy a pasar en grande jugando al fútbol con ellos.
- Antes de empezar a meternos mano, deja que me ponga cómodo – replicó el mercenario, desabrochándose la cazadora de piel. Su interlocutor palideció y retrocedió un par de pasos al ver lo que este llevaba debajo de la misma: un chaleco forrado de láminas de explosivo plástico dispuestas alrededor de una mina anti-persona en cuya superficie podía leerse “Front toward enemy”. Debajo, alguien había escrito a mano con rotulador indeleble: “Si estás lo bastante cerca como para leer esto, ya es demasiado tarde”. Los explosivos estaban conectados por cable a un detonador que Drake llevaba escondido en la manga derecha y que ahora sostenía firmemente apretado en su mano.
- Contestando a tu no formulada pregunta: sí, son de verdad. Y sí, si dejo de apretar el botón saltaremos por los aires. Y por si todavía no lo tienes claro, hay explosivo suficiente para colocar esta mierda de antro, con todos sus ocupantes, en la cara oculta de la luna.
- ¡Pero tú también morirás! - exclamó el neonazi, haciendo especial énfasis en la palabra “también”, como si hubiese descubierto algún punto débil en la amenaza de Drake.
- Yo ya estoy muerto, tipo listo – repuso el mercenario, para desconcierto de su interlocutor –. La cuestión es si tu quieres vivir, o no. 
El gigante estaba atrapado entre dos fuegos: no podía darse por vencido sin quedar como un cobarde delante de todos sus compañeros, que les observaban indecisos sin saber muy bien qué hacer. Pero si intentaba quitarle el detonador al desconocido, y fallaba, todos ellos morirían. Una gota de sudor comenzó a deslizarse por su frente mientras su cerebro procesaba mil y un planes de acción y los iba descartando con la misma rapidez. Drake era consciente del dilema, y sabía que más temprano que tarde alguien terminaría por hacer alguna tontería a menos que su adversario se diese pronto por vencido. Por suerte para ambos, la irrupción de un nuevo actor en escena vino a romper el punto muerto en que se hallaban atrapados.

(Continuará...)

Comentarios

Ángela Fernández ha dicho que…
Qué buena historia, Alejandro. Me ha gustado muchisimo y el personaje principal me parece de lo más interesante. A ver cómo continua...
un saludo
Alejandro Caveda ha dicho que…
Muchas gracias, Ángela. Viniendo de ti es todo un cumplido. Espero que la conclusión sea igualmente de tu agrado. Un saludo y nos seguimos leyendo.
Arturo Maciá ha dicho que…
Me sigue cautivando tu negro relato, Alejandro. Drake es pura dinamita. Un saludo! :D

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