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Malcom Drake en "Hamburgo Blues" (1ª Pte)


Había buena gente. Había malas personas. Y luego estaba Drake. Su nombre de pila era Malcom, pero casi todo el mundo le llamaba Mal, a secas: y en opinión de quienes le conocían, pocas veces un nombre había definido tan bien a su propietario. El propio Drake, sin embargo, se hubiese limitado a encogerse de hombros y explicar que él tan sólo hacia lo que hiciese falta para sobrevivir en un mundo que poco a poco se iba a la mierda. En realidad, Malcom Drake era el pragmatismo en estado puro: su universo empezaba y terminaba en su persona, pasando por él mismo y sus necesidades.
Esa mañana en concreto Drake se sentía como Fat Freddy al comienzo de muchas historietas de los Furry Freak Brothers: sin dinero, sin comida, sin cerveza y ni una mísera raya de coca para animar el día. Aburrido, decidió abandonar su cutre apartamento de alquiler en la Reeperbahn para acercarse al Das scharze pferd, una de las pocas cervecerías de la zona donde todavía le fiaban.
- Hola, Klaus – dijo por todo saludo nada más acomodarse en el taburete.
- Drake, te he dicho un millón de veces que no me llamo Klaus – le respondió el camarero, sin dejar de frotar la barra con un paño casi tan sucio como su camiseta.
- ¿En serio? Pues tienes cara de llamarte así. ¿Qué puedo desayunar por cinco euros?
- Café sólo con una porción de zitronenkuchen y un vaso de agua para quitarte el mal sabor de la boca.
- Mejor pónme una cerveza – replicó Drake, mirando con nostalgia como su último billete desaparecía camino de la caja registradora y una botella fría de Lowenbrau ocupaba su lugar.
- Toma y haz que dure.
- Tranquilo. Después ire al baño y la rellenaré con agua del retrete. No creo que nadie note la diferencia.
- Sinceramente, Drake, no sé por qué te aguanto.
- ¿Por mi encanto personal y mi chispeante sentido del humor?
El camarero sacudió la cabeza en un expresivo gesto de desaliento y se alejó para continuar limpiando el extremo opuesto de la barra. Drake decidió concentrarse en su cerveza, pero antes de que pudiese echar el primer trago un movimiento furtivo a su espalda llamó su atención.
- ¿Eres Malcom Drake? – preguntó la recién llegada, en un tono tan firme y enérgico que casi parecía una afirmación más que una pregunta.
- Eso depende de quién lo busque – respondió Drake, observando a la chica con descaro de los pies a la cabeza. Joven, pelirroja, muy pálida, veintipocos años, con el cuerpo repleto de piercings y tatuajes a lo suicide girl. El mercenario era un hombre de placeres sencillos y las chicas embutidas en cuero negro y con botas de tacón alto siempre despertaban su interés.
- Soy Hannah, una amiga de Erika. Ella me dijo que podría encontrarte por aquí. “El borracho más patético de la barra”, fueron sus palabras exactas. También dijo que era muy probable que ni siquiera te acordases de ella – explicó la joven, cruzando los brazos sobre el pecho en un esfuerzo inútil por ocultar su escote.
- ¿Nos conocemos?
- No.
- ¿Estás segura? – insistió Drake -. Porque ese tatuaje del hombro me resulta muy familiar. ¿No tienes también una serpiente enrollada en la ingle?
- Segurísima. Y deja de soñar despierto: nunca nos hemos acostado. Me acordaría perfectamente si me hubiese enrollado con un despojo como tú.
- ¡Ouch! – musitó Drake -. Me sentiría ofendido si no hubiese canjeado hace años mi amor propio por una botella de bourbon. ¿Nada de sexo, pues?
- Ni de coña.
- ¡Qué lástima! – suspiró Drake, devolviendo su atención a la botella de Lowenbrau, ante la impaciencia de la joven.
- ¿Y bien? ¿Vas a escucharme o qué?
- Esa es una pregunta con trampa. Conteste lo que conteste, siempre he acabado arrepintiéndome.
- Te pagaré.
- Soy tu hombre – se apresuró a aceptar Drake -. ¿Qué puedo hacer por ti?
- Necesito que me ayudes a recuperar algunas cosas – explicó la chica, sentándose junto a él -. El cabrón de mi ex se ha largado con mi portátil, mi televisor de plasma, mi mp3 y todos mis ahorros. Y dentro de nada tengo que pagar el alquiler de la mierda de piso en el que estoy viviendo.
- ¿Cuál es el problema? Ponle una denuncia en comisaría.
- No es tan sencillo – replicó la joven, mordiéndose una uña en un gesto nervioso que, paradójicamente, la hizo parecer más joven e indefensa -, por desgracia mi situación en el país es un tanto… irregular, así que prefiero no mezclar a la policía en todo esto.
- Pues habla con él. Amenázale con ir diciendo por ahí que es impotente, o que le da por travestirse en la intimidad, por poner un par de ejemplos.
- Johan no es de los tipos que se dejan asustar fácilmente. Está con uno de esos grupos de la Nación Aria nostálgicos del tercer Reich y todas esas tonterías. Son muy agresivos, y Johan es el más peligroso de todos ellos. Si le provoco me dará una paliza y después me dejará la cara como picadillo de hamburguesa – añadió la joven, estremeciéndose. Hubo un silencio incómodo que se prolongó durante varios segundos, hasta que Drake habló de nuevo.
- Vamos a ver si lo entiendo: me quieres pagar con un dinero que no tienes.
- Ese dinero es mío.
- ¿Y de cuánto estamos hablando, exactamente?
- Unos cinco mil cuatrocientos euros.
- No es mucho. ¿Cuánto sacaría yo en limpio?
- Creo que una cuarta parte sería lo justo. Unos mil trescientos cincuenta, euro arriba, euro abajo.
- Paso – replicó Drake, indiferente.
- ¡Venga ya! No me fastidies.
- ¿Ir a buscar pelea con una pandilla de neonazis puestos de coca hasta las cejas por mil míseros euros? Con eso ni pago la factura de los calmantes que voy a necesitar después de la paliza. Paso.
- Muy bien. Di tú una cifra.
- Por menos de dos mil seiscientos euros, ni me muevo de la silla.
- ¡¿Dos mil seiscientos euros?! ¡¿Estás loco?! - exclamó la joven, enfurecida.
- Te siguen quedando dos mil ochocientos. Y el resto de tus cosas. Es eso o nada. Tú misma.
- Está bien – claudicó finalmente su interlocutora -. ¿Para cuándo podrás tener resultados?
- Depende. ¿Dónde puedo encontrar a tu ex?
- Tienen un local de reuniones en el centro, cerca del Sternschance. Pero no estarás pensando en ir hasta allí tu solo.
- En realidad, pienso mucho mejor después de un par de cervezas – dijo Drake, haciéndole una seña discreta al camarero para que le pusiese otra Lowenbrau -. Déjame tú número por ahí y ya te llamaré.
- Tú mismo, Capitán América – replicó la joven, molesta, antes de darle la espalda y alejarse caminando hacia la puerta con paso enérgico. El mercenario se entretuvo varios segundos observando el movimiento de sus nalgas bajo el ceñido envoltorio de sus pantalones de cuero antes de acertar a responderle:
- ¡No soy americano!
- Creo que ya no te escucha, Drake – remarcó el camarero de la que le acercaba la cerveza.
- La historia de mi vida – repuso este, encogiéndose de hombros al tiempo que sacaba el teléfono móvil y buscaba un número concreto de la agenda.
- ¿Dieter? – preguntó al cabo de varios segundos -. Soy Malcom Drake. Necesito alquilarte algo de material. ¿Qué tienes disponible? Muy bien, me termino la cerveza y en treinta minutos más o menos me paso por ahí. ¡Nos vemos!

(Continuará...).

© 2014 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
 Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

Comentarios

Arturo Maciá ha dicho que…
Buenísima apertura de relato. Atmosférica toda vez que directa. El carisma de los personajes engancha de principio a fin. Me encanta.

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