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Reseña de "El amargo despertar" de Alberto González

Momento de la presentación del libro en la pasada Semana Negra de Gijón
 Jorge, al que acaban de diagnosticar el SIDA, se duerme en el metro de Madrid. Al despertar se da cuenta de que alguien le ha provocado un traumatismo craneal. Tras salir del suburbano y encontrarse en un barrio desconocido y en construcción, empieza a sospechar que algo raro ha sucedido: no hay síntoma alguno de presencia humana en centenares de metros a la redonda. Tal es el interesante punto de partida de El amargo despertar, la ópera prima de Alberto González, maestro de profesión y escritor por vocación, que para su debut ha dado en la diana con esta atípica historia sobre el fin del mundo. Atípica, porque nunca se nos explica lo que ha sucedido, y porque lo que en manos de otros autores hubiese devenido en una novela de acción y supervivencia al más puro estilo Mad Max, en manos de González se convierte en una agridulce reflexión sobre la condición del ser humano y el mundo que nos rodea; una historia de ribetes existenciales aderezada con las pinceladas justas de ecologismo para hacerla aun más atractiva sin que ello suponga lastre alguno para el desarrollo de trama; al contrario, el espectador desprevenido no puede evitar quedar atrapado por la personalidad de Jorge y sus contradicciones, y la manera en que sus actos condicionan la vida de sus compañeros hasta llegar al trágico desenlace.
El escritor, junto al autor de estas líneas
González reconoce que, como autor, le gusta partir de una premisa inicial sugerente (como la que nos ocupa) y a partir de ahí dejar que la historia se desarrolle por si sola. En concreto, esta novela surge a partir de sus paseos por zonas a medio construir de su ciudad, prácticamente desiertas, que le inspiraron buena parte de la primera mitad de la novela, aquella en la que la acción se situa en la capital, antes de que los escasos supervivientes decidan trasladarse al campo y empezar de cero. A partir de ahí se puede rastrear una cierta influencia de clásicos como La tierra permanece, de George R. Stewart, Cántico por Leibowitz, de Walter M. Miller, o incluso de Chuck Palahniuk y su club de la lucha, por esa ferrea convicción de que un modo de vida más sencillo puede ser más duro, pero también más feliz, algo contradictorio a tenor del desenlace de los acontecimientos.
Aparte de lo ya comentado, hay diversos aspectos de la obra que se te quedan grabados tras una primera lectura y contribuyen a realzar ese melancólico encanto que empapa cada una de sus páginas. Para empezar, la habilidad con que su autor ha sabido estructurar y desarrollar la historia, algo no tan extraño si tenemos en cuenta su experiencia como maestro y los diversos talleres literarios que ha realizado para festivales como la Semana Negra de Gijón. No menos interesante resulta el caracter de su protagonista, Jorge, desagradable y a ratos francamente hostil, con el que resulta muy dificil empatizar como lector. Sin embargo, esas contradicciones son precisamente las que le hacen más creible y convincente como personaje y como ser humano. Y por último - pero no menos importante - me ha gustado la forma en que el autor expone lo frágil que se ha vuelto la vida de los supervivientes tras la catástrofe, obligados a vagar huyendo de los incendios, en busca de comida y expuestos a cuelquier clase de peligro o enfermedad, tal y como reflejaba de forma magistral Cormac McCarthy en su galardonada obra La carretera. De hecho, uno de los protagonistas fallece de una simple gripe, mientras que el propio Jorge está a punto de morir tras ingerir alimentos en mal estado. Un último aspecto a destacar es ese descorazonador final, que puede desanimar a más de un lector desprevenido, pero consecuente con ese espíritu ecologista y hasta metafísico que empapa la obra. Y es que, como en la antedicha novela de Stewart, González parece dar a entender que el planeta podría sobrevivir perfectamente sin nosotros, y que lo mejor que le podría ocurrir a la naturaleza fuese que un día, en efecto, al salir el sol, todos los seres humanos hayamos desaparecido sin dejar ni rastro.
El autor que nos ocupa se dió a conocer con una serie de relatos que le sirvieron para llamar la atención de varios concursos literarios. A partir de ahí compaginó diversos cursos de escritura creativa con sus primeras críticas en la página web de Fantasymundo e Imaginarios. Tras esos primeros pasos y el conocimiento del mundo editorial que le proporcionó el trabajo con las webs antedichas, y teniendo la suerte de coincidir con autores tales como José Carlos Somoza, José Miguel Vilar-Bou, Julio Llamazares, Javier Bolado, Miguel F. Vilegas o Manel Loureiro, decidió embarcarse en su proyecto más ambicioso, esta novela que, como el mismo reconoce, ha ocupado parte de sus horas durante más de un año. Para el futuro, el autor ya tiene previstas otro par de novelas (una de ellas de próxima publicación) donde incide en todos esos temas que le obsesionan y que ya aparecen (en mayor o menor medida) en El amargo despertar como son esos sugerentes puntos de partida, el analisis detallado de la psique humana, o el viaje como metáfora de la existencia humana. Obras a las que desde aquí les auguramos el mismo éxito que a su predecesora, que supone una de las más frescas y originales aproximaciones al manido tema del fin del mundo que hemos tenido ocasión de leer (y recomendar) durante los últimos años.

Para saber más:

La letra permanece (Blog personal del autor)


FICHA TÉCNICA:

Título: El amargo despertar
Autor: Alberto González
Editorial: Now Evolution
Formato: Rústica, 181 páginas, 21x14 cm.
ISBN: 978-84-937199-6-8

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