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Misty Island (un fragmento)

Hoy para variar de tercio, y antes de ocuparme de Barreto, quería hacer algo distinto y colgar un fragmento de una de esas historias aburridas que escribo y que nunca verán la luz como no sea a través de este blog. En concreto, esta corresponde a una página de una novela corta cuyo título provisional es Misty Island y de la que algunos de vosotros (los que me sigais a través del Twitter) ya habéis podido leer alguna linea de diálogo:


 Anochecía cuando Valentina aparcó su Prius junto a la oscura silueta del viejo centro de acogida. El antaño señorial edificio se hallaba en un avanzado estado de ruina. Las paredes estaban desconchadas y parte del techo se había derrumbado, dejando que la nieve y el agua de lluvia se filtrasen a través de la estructura, pudriendo la madera e inundando la mayor parte del piso bajo.
A esas alturas el impulso que la había empujado hacia allí empezaba a desvanecerse y Val se sentía un poco incómoda. Estaba muy oscuro, no tenía linterna y, la verdad, aquel lugar la ponía bastante nerviosa. Parecía el escenario de una de esas películas de terror gore para adolescentes que tan poco le gustaban. Durante unos segundos dudó entre seguir adelante o dar media vuelta, pero finalmente salió del Toyota no sin recoger su Blackberry de la guantera.
El interior del edificio no era mucho mejor que el exterior. El suelo crujía bajo sus pies, olía a moho y humedad, y la tenue luz lunar creaba extraños efectos de reflejos y sombras por todas partes. "Mañana me arrepentiré de todo esto", se dijo Val, reuniendo toda su fuerza de voluntad para seguir avanzando por el oscuro vestíbulo. Como no sabía que estaba buscando exactamente decidió que las antiguas oficinas eran un lugar tan bueno para empezar como cualquier otro. El centro había cesado su actividad mucho antes de que los ordenadores estuviesen de moda, por lo que cabía la posibilidad de que en los ficheros aun quedase algún documento revelador que hubiese sobrevivido al abandono, al incendio y al paso del tiempo. Era una posibilidad muy remota, pero tenía que intentarlo.
El interior del archivo se hallaba como si un tornado hubiese cruzado la sala de extremo a extremo: estantes volcados, cajones abiertos y montones de paleles en diverso estado de convervación desperdigados por todo el suelo. Desanimada, Val pensó que necesitaría varios días para inspeccionar todo aquello con calma. Decidió empezar por las carpetas correspondientes a principios de los setenta e ir avanzando. La mayoría de los legajos estaban demasiado estropeados como para ser legibles, pero de vez en cuando la chica podía descifrar un párrafo o varias palabras sueltas. En eso, al pasar varias hojas a la vez, encontró una vieja fotografía de grupo en la que aparecian varios niños posando para la cámara. Todos excepto uno sonreian: un chaval de unos once años, rostro serio y mirada penetrante. Había algo terriblemente familiar en él, y Val sintió como su corazón se aceleraba al darle la vuelta a la foto y revisar la lista de nombres allí escrita. Justo entonces, cuando se disponía a darse la vuelta y salir de ahí, se dió cuenta de que no estaba sola.
- Me imagino que ya es demasiado tarde para contarte mi versión de la historia, ¿no? - dijo Simón, saliendo de entre las sombras, y observando a Val con una expresión calculadora e indescifrable en su rostro.
- Eres tú - respondió la chica, más ofendida que asustada - Siempre has sido tú. Tú los matastes a todos.
- No es lo que estás pensando.
- No tienes ni idea de lo que estoy pensando, maldito embustero - le espetó Val, retrocediendo poco a poco hacia la salida.
- No eran buenas personas. No importa lo que te hayan dicho, todos y cada uno de ellos merecian morir por lo que hicieron - replicó Simón, avanzando un par de pasos para interponerse en el camino de la joven.
- ¿Y quien decide eso? ¿Tú mismo? - preguntó esta, buscando cualquier otra ruta de escape con la mirada.
- ¿Por qué no? Alguien tenia que hacerlo, y no parece que por aquí sobrasen voluntarios.
- Veo que se te da muy bien autojustificarte, pero ¿qué pasa conmigo? También has intentado matarme, y hace veinticinco años yo ni siquiera había nacido - le acusó Val, mientras localizaba otra pequeña puerta de acceso entornada al fondo de la sala.
- Eso... fue un desgraciado accidente. No sabía que eras tú la que iba a coger el coche y además por aquel entonces apenas te conocía. Pero ahora no podría hacerte daño aunque quisiera - afirmó Simón, acercándose un par de pasos más a la joven, con las manos abiertas en señal de buena fé. Pero antes de que pudiese tocarla, Val le arrojó el movil a la cara y huyó hacia la puerta sin esperar a ver el resultado. La Blackberry impactó contra el rostro de Simón, abriéndole una brecha en la frente que comenzó a sangrar de inmediato.
- ¡Val, espera! ¡Sólo quiero hablar contigo! - exclamó Simón, echando a correr tras la joven -. ¡No vayas por ahí! ¡Es peligroso! - añadió, pero Val le ignoró mientras avanzaba a oscuras hacia lo que parecía una escalera de comunicación con el piso inferior. No conocía la distribución interna del edificio, pero en ese momento lo único que le interesaba era poner la mayor distancia posible entre ella y su perseguidor. Por un segundo creyó que iba a conseguirlo, pero apenas había puesto el pie en el primero de los escalones cuando el podrido listón de madera cedió bajo su peso y se encontró braceando en el aire hasta aterrizar bruscamente sobre su pierna derecha y golpearse la cabeza contra el suelo. Hizo un esfuerzo por incorporarse, pero el mundo daba vueltas a su alrededor y su cerebro comenzó a apagarse como una pila falta de energía. Lo último que pudo percibir antes de perder definitivamente el sentido fue la silueta borrosa de Simón inclinándose sobre ella. Después, solo hubo silencio (...).

(Después de subirlo me he dado cuenta de que este fragmento en particular destripa buena parte del misterio de la trama, pero como tampoco creo que nadie vaya a leerla nunca,  supongo que no tenga mayor trascendencia. Y si no, haced un esfuerzo por olvidarlo. Me temo que no os será difícil).

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).


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