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El largo camino de vuelta a casa /03


Con la ayuda de Pericles - y sobre todo de CHR, al que finalmente optaron por llamar Charlie - la navegante pudo ir poniendo en marcha de nuevo la hacienda, en especial los sistemas de riego y los tractores automotrices, de tal manera que cuando los representantes del banco se acercaron por fin a echarle un vistazo a la propiedad, esta presentaba un aspecto muy diferente al que se había encontrado la joven al llegar. Donde antes sólo había un páramo polvoriento y casi desértico, ahora el suelo estaba recubierto por una extensa alfombra verde que rodeaba la hacienda describiendo un círculo casi perfecto, entre el que destacaban las parcelas cultivadas con las semillas que Janine March había traido a Deneba desde Minerva Mayor. Incluso los edificios tenían otro aspecto, más limpio y moderno, como si al eliminar la capa de polvo se hubiesen quitado también varios años de encima.
- He de reconocer que ha hecho un gran trabajo aquí, señorita March - dijo el portavoz del Banco, un tipo alto y delgado cuya ropa parecía diseñada para repeler la suciedad -. Le confesaré que esta era una visita de compromiso. Tal y como se encontraba el terreno, era muy dudoso que autorizásemos el préstamo. Asi y todo, me temo que la cantidad que usted solicita supera el valor de la propiedad, incluso con todas las mejoras que ha introducido. Lo siento.
- Lo entiendo, y tengo una contrapropuesta. Da la casualidad de que poseo un paquete de acciones de la Conglomerada. Legalmente no puedo venderlas hasta dentro de cinco años, pero sí transferir su propiedad a terceros. Si me conceden el préstamo, son suyas - ofreció la joven, a la vez que extraía del bolsillo su datapad personal y se lo ofrecía a su interlocutor para que lo examinase. Al cabo de un rato, este respondió:
- Supongo que es consciente de que el valor de estas acciones excede con creces el importe de la linea de crédito que ha solicitado.
- Pues sí. Pero si no puedo venderlas no me sirven de nada, y yo necesito el dinero aquí y ahora. ¿Qué me dice? ¿Hay trato?
Era una pregunta retórica. La navegante sabía que ningún banco de la periferia dejaría pasar la oportunidad de convertirse en accionista (aunque fuese minoritario) de la todopoderosa compañía que abastecía en exclusiva al gobierno y al ejército de la Sinarquía de software y tecnología punta.
- Bueno, no es tan sencillo - respondió su visitante, al cabo de un par de segundos -. Tendría que acercarse por nuestras oficinas para rellenar unos cuantos formularios, confirmar su identidad digital y cerrar ambas operaciones. Pero creo poder asegurarle, sin temor a equivocarme, que en estas condiciones el acuerdo es más que probable - concluyó el hombre, extendiendo la mano derecha en señal de compromiso.
- Siempre es un placer hacer negocios con ustedes - aseveró Janine March, devolviéndole el apretón de manos.
- El placer es todo nuestro, señorita March. Bienvenida a la comunidad de clientes del Primer Banco Comercial de Deneba. Espero poder atenderla pronto de nuevo, y en un ambiente mucho más relajado - dejó caer el visitante, prolongando el contacto mucho más de lo socialmente necesario para que la joven no tuviese la menor duda de lo que quería decir con "ambiente relajado". Esta se limitó a sonreir, empleando varias formulas corteses de despedida, hasta que sus visitantes regresaron a sus vehículos y se perdieron de vista en la lejanía.
- Si desea lavarse las manos, hay desinfectante sanitario en el botiquín de la cocina - sugirió Pericles, casi como si hubiese podido leerle la mente.
- Está bien, Pericles. Al menos, hemos conseguido que abran la cartera. Ya es un comienzo - replicó la joven, reemprendiendo su trabajo a la vez que se frotaba inconscientemente la mano derecha contra los pantalones.
- ¿Me equivoco al suponer que esos eran nuestros últimos ahorros?
- Para ser exactos, era mi plan de pensiones de cara al futuro, Pericles. Así que más vale que esto salga bien, o el banco se quedará hasta con mi ropa interior y tendré que volver al circuito de carreras ilegales - refunfuñó Janine March, sin dejar de pelearse con el mecanismo de una bomba solar de superficie para extraer agua del árido subsuelo de Deneba -. Llegado el caso ¿te gustaría venir conmigo?
- ¿Viajar al espacio exterior o quedarme solo de nuevo en esta miserable bola de polvo y arena? Que terrible indecisión - bromeó la IA -. Déjeme pensarlo a fondo durante un par de segundos.
- Tomate tu tiempo. Ninguno de los dos va a ir a parte alguna durante los próximos tres o cuatro meses.

La agente Cross tardó varias semanas en regresar a la hacienda de la familia March. En el interín, no había dejado de vigilar a la recién llegada, y estaba al tanto de todos los cambios y mejoras que esta había ido introduciendo sobre el terreno. Asi y todo, no pudo evitar sentirse sorprendida al observar el nuevo (y mejorado) aspecto que lucía la granja, rodeada de campos de cultivo hasta donde alcanzaba la vista. A regañadientes, tuvo que reconocer que la navegante había hecho un buen trabajo. Todo parecía funcionar correctamente, desde los aspersores a los generadores eólicos. A lo lejos un robot de forma cúbica y numerosos apéndices trabajaba reparando un elevador de carga. Hasta la casa se veía distinta, más hogareña, con ese toque acogedor que sólo puede dar la presencia humana.
Janine March también había cambiado, como pudo comprobar cuando esta salió a recibirla al porche. El cabello, rubio y algo ondulado, le había crecido lo suficiente como para que lo pudiese recoger en una larga trenza que colgaba sobre su hombro izquierdo. Vestía un vestido corto de tirantes, que dejaba brazos y piernas prácticamente al descubierto. El trabajo al aire libre le había sentado bien. Su cuerpo habia recuperado algo de tono muscular, mientras que su piel exhibía un atractivo moreno del color del trigo maduro. Sin embargo, conservaba su sonrisa insolente, además de aquel brillo familiar en la mirada. Al acercarse a ella la agente observó que llevaba un recipiente hermético parecido a un termo bajo el brazo.
- Qué sorpresa, agente Cross. Pensaba que ya se había olvidado de nosotros.
- He estado ocupada. ¿Llego en mal momento?
- En absoluto. Iba a hacer una pausa para... terminar con un asunto familiar que tengo pendiente desde hace demasiado tiempo.
- Puedo volver más tarde, si lo prefiere.
- No se preocupe. Me alegro de verla - respondió la joven, y parecía sincera -. Además, dadas las circunstancias, creo que sería apropiado que hubiese alguien más, aparte de Pericles y de mi misma.
La agente observó al modulo autónomo que flotaba al lado de su anfitriona, devolviéndole la mirada fijamente con sus lentes ópticas.
- Hola, Pericles.
- Buenas tardes, agente Cross. Siempre es un placer comprobar que nunca estamos demasiado lejos del alcance del largo brazo de la ley.
- ¿Le importa...? - preguntó Janine March, señalando un camino que rodeaba la casa y conducía al patio posterior de esta.
- Usted primero - repuso la agente, echando a caminar detrás de la otra mujer, sin poder evitar fijarse en los tatuajes de su espalda, ni en la forma tan sensual en que los músculos de su cuerpo se movian bajo la fina tela del vestido.
- Si me permite el comentario, es sorprendente lo que ha hecho por aquí en tan poco tiempo, y con tan pocos medios.
- Gracias por fijarse, aunque en realidad el mérito no es todo mio. No hubiera podido hacerlo sin la ayuda de Charlie y Pericles, aqui presente.
- ¿Charlie?
- CHR. Ha tenido que verlo trasteando por ahí, de la que venía.
- Ah, el robot mecánico.
- Pues sí, aunque nunca lo diga delante de él. Oficialmente es un técnico de grado tres en reparación y mantenimiento de sistemas automatizados. Se ofende mucho cuando le llaman mecánico, a secas.
- Bromea, ¿no? - inquirió Cross. Por toda respuesta Janine March le dedicó una de sus sonrisas enigmáticas y, como en anteriores ocasiones, su interlocutora no supo que pensar al respecto. Entretanto, habían llegado hasta el pequeño cementerio situado en la parte trasera de la granja. Curiosa, la agente observó a su acompañante mientras esta retiraba la tapa de la vasija y la levantaba hasta la altura de sus ojos, como si fuera a beber de ella.
- Ahora sí, mamá. Ahora es como siempre me lo habías descrito - musitó, antes de inclinar el recipiente y dejar que el viento dispersara el contenido a su alrededor.
- Su último deseo fue volver a casa. Pero no podía dejarla aquí así, de cualquier manera. No parecía... correcto. Ella siempre hablaba de este lugar como una especie de oasis en medio del desierto. Supongo que el tiempo afecta nuestra percepción de la realidad. El tiempo, y unas dosis considerables de nostalgia.
La agente guardó un respetuoso silencio durante varios segundos para, finalmente, preguntar:
- ¿Y qué planes tiene de cara al futuro, ahora que ha terminado de hacer lo que la trajo hasta Deneba?
- ¿Terminado? - replicó la joven, entre risas -. Apenas acabo de empezar. Dentro de nada llegará el momento de la recolección. Necesitaré más mano de obra, maquinaria nueva y pelearme con el banco para que me adelanten algo de crédito. Aquí, cada vez que arreglas una cosa se estropean otras dos. Y hace demasiado calor para seguir charlando al sol. ¿Le apetece una limonada, agente Cross? Le ofrecería una cerveza, pero sé que está de servicio ¿no es así?
La agente dudó. Janine March tenía el don de ponerle nerviosa, y siempre se sentía vagamente incómoda en su presencia, como si a su lado volviese a ser aquella recluta nerviosa y algo torpe de sus primeros días en la Academia. Pero el caso es que hacia un calor de mil demonios y, en efecto, le apetecía tomar algo frío, aunque fuese limonada.
- Esta bien pero, si vamos a ser vecinas, lo mejor será que empiece a llamarme por mi nombre de pila. Soy Hannah.
- ¿Hannah? ¿Hannah Cross? Nunca lo hubiese adivinado. Encantada, Hannah. Yo soy Janine - dijo la joven, y la agente estuvo a punto de responder "Ya lo sé" antes de darse cuenta de que estaba bromeando de nuevo -. Dime una cosa, Hannah. ¿Hay alguien esperándote en casa cuando sales de trabajar?
- ¿A qué viene esa pregunta?
- Oh, por nada. Sólo hago planes a medio plazo - respondió, críptica, Janine March, de la que echaba a caminar en dirección a la granja sin esperar a ver que hacia su acompañante. "Qué rara es esta chica. No la entenderé ni aunque vivamos juntas mil años", se dijo la agente por enésima vez, meneando la cabeza en señal de desconcierto. Al cabo de un rato se decidió a seguir a su anfitriona, que ya estaba a menos de cuatro pasos de la vivienda. A su espalda, el viento formó un remolino de hojas, polvo y cenizas que se arrastró varios metros en zig-zag sobre el terreno antes de perder fuerza y desaparecer.

© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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