Juegos de palabras /01


Encontrar el lugar que buscaban no era fácil, pero tras un par de largas - y accidentadas - horas de desplazamiento ambas viajeras llegaron a su destino o, al menos, eso esperaban. El camino (llamarle carretera era un honor que aquella pista forestal echada a perder apenas merecía) terminaba ahí mismo, a los pies de una vieja casa rural restaurada según el estilo característico de aquella zona del Pirineo. Andrea fue la primera en salir del vehículo, mirando a su alrededor mientras se estiraba para asegurarse de que todas las vértebras de su espalda se recolocaban en su sitio.
- ¡Menuda depresión! No entiendo como alguien puede alejarse de la civilización para venir a vivir aquí, solo y en el culo del mundo.
- Por no tener, ni siquiera tengo cobertura - dijo Marina, la conductora, mientras examinaba la pantalla de su teléfono móvil -. No me extraña que no funcione el GPS. Este sitio parece sacado de una de esas películas norteamericanas de terror tipo La matanza de Texas, sólo que cambiando el desierto por la montaña. Solo faltan los carteles de "Cuidado con el perro" y "Se disparará a los transgresores".
- Parece que no hay nadie - añadió Andrea al cabo de un rato, tras examinar la puerta de entrada -. ¿Seguro que no te has equivocado de camino?
- Creo que sí. Al menos, según las instrucciones que nos dio la chica de recepción - contestó su compañera, repasando las anotaciones escritas a mano en el mapa que les habían proporcionado para llegar hasta allí. No muy convencida, Andrea se acercó a una de las ventanas para observar mejor el interior.
- ¿Puedo hacer algo por vosotras?
Quien así hablaba era un hombre canoso, de edad indeterminada y aspecto informal, un tanto desastrado, que había aparecido a sus espaldas casi por arte de magia. Tras el sobresalto inicial Andrea se apresuró a contestar, con aplomo:
- Tal vez. Estamos buscando la residencia del señor Montenegro, Jorge Montenegro. ¿Le suena?
El hombre negó con la cabeza, mientras se rascaba la incipiente barba de un par de días que le cubría el mentón. Al verlo más de cerca las chicas pudieron observar el conjunto de arrugas y líneas de expresión que surcaban su frente y el contorno de sus ojos, tan marcadas que ni siquiera el tono moreno y curtido de su piel acertaba a disimularlas.
- Para nada.
- Entonces ¿no es esta su casa? - insistió Andrea, empezando a sentir los primeros atisbos de nerviosismo en la boca del estómago.
- Que yo sepa, esta casa pertenece a una inmobiliaria que la alquila durante el verano y las vacaciones de Semana Santa. Yo vivo un poco más abajo, y me pagan por echar un vistazo de vez en cuando y atender a los inquilinos.
- ¿Y no sabe donde puede vivir el señor Montenegro?
- Ya te digo que no me suena de nada.
- Nos han dicho que vivía por esta zona - terció Marina -. Incluso nos han dibujado el camino, ¿ve?
- Esto es un garabato - replicó el hombre, al cabo de varios segundos -. No tiene ni pies ni cabeza. Hasta un niño podría hacerlo mejor. Con un cruce que hayas cogido la dirección equivocada, puedes acabar a cientos de kilómetros de donde querías ir desde un principio.
- Genial. ¿Y qué hacemos ahora? - le preguntó la chica a su acompañante, ignorando al recién llegado.
- Tendremos que volver al hotel e intentarlo de nuevo por la tarde, pero esta vez con mejores instrucciones - respondió Andrea -. Gracias y perdone por las molestias.
- No hay de qué - repuso su interlocutor, antes de dar media vuelta y alejarse por donde había venido.
- ¡Que tipo más agradable! Para que luego hablen de la hospitalidad de los lugareños - susurró Marina.
- Tú calla y conduce. E intenta no perderte otra vez. Me gustaría llegar a tiempo de comer algo y darme una ducha antes de volver a subirme al coche - refunfuñó la otra chica, de la que se introducía en el Golf que habían alquilado para moverse por la zona.
- Oye, si crees que puedes hacerlo mejor, tú misma. Aquí están las llaves.
- Paso - rechazó Andrea, a la vez que cerraba los ojos y reclinaba el asiento del pasajero para echarse una cabezada.

De regreso al hotel, la encargada de recepción les recibió con una expresión de sorpresa en su juvenil rostro.
- ¿Ya están de vuelta? ¿Han tenido algún problema con las indicaciones?
- Sí, que no valen para nada. ¿Seguro que no tiene otro mapa donde el camino venga un poco mejor detallado? - inquirió a su vez Andrea, sin molestarse en disimular su enfado.
- No, lo siento, pero ese es el único que tenemos. De todas formas, la ruta seguiría siendo exactamente la misma. ¿Llegaron hasta la gasolinera?
- Si - intervino Marina.
- ¿Y a la salida tomaron el camino que subía montaña arriba?
- Ese mismo.
- Pues ya está. A partir de ahí no hay posibilidad de equivocarse. El camino llega hasta lo alto de la montaña, y la última casa que te encuentras al final es la del señor Montenegro.
- Imposible - negó Andrea -. Estuvimos ahí y nos dijeron... Espere un momento - se interrumpió, de la que una desagradable idea comenzaba a rondar por su cabeza -. ¿Conoce al señor Montenegro en persona?
- Pues claro. Por aquí todo el mundo le conoce. Era un escritor famoso o algo así, ¿no? Viene a la ciudad cada poco, de compras o simplemente a dar un paseo.
- ¿Y podría describirlo?
- Pues... es alto, muy alto. Canoso. En torno a la cuarentena. Pelo largo, un poco despeinado y con barba. No muy larga, más bien como si sólo se afeitase una vez a la semana.
Las dos chicas ignoraron la pregunta mientras se miraban la una a la otra, comunicándose sin palabras. Finalmente, fue Andrea la que rompió el silencio para exclamar:
- ¡Será cabronazo!
- Ahora entiendo porqué no necesita perro - ironizó Marina -. Él solito se basta y se sobra para echar a los visitantes indeseados. Bueno, tú eres la jefa. ¿Qué hacemos ahora?
- ¿Tú qué crees? - respondió la otra chica, apretando los dientes a la vez que ponía los brazos en jarras en señal de decisión -. Vamos a volver ahí, a cantarle las cuarenta.
- Temía que dijeras eso. ¿Y no podemos volver a cantarle las cuarenta después de comer?
- Cállate y conduce. Ya habrá tiempo para comer más tarde - replicó Andrea, encaminándose hacia la puerta de salida sin esperar a ver si la seguían.
- Si, bwana - dijo esta en voz baja, aunque no lo suficientemente baja como para su compañera no la oyese. Sin embargo, si esta se sintió ofendida por sus palabras no lo evidenció, concentrada como estaba en escoger cuidadosamente lo que le iba a decir al esquivo señor Montenegro.

Pese a haber ganado la primera batalla, el escritor estaba seguro de aun no había oído lo último de sus visitantes. Ambas jóvenes tenían pinta de ser de esa clase de personas que no se daban por vencidas a la primera, en especial la morena bajita con el corte de pelo de estilo masculino y un busto tan generoso que amenazaba con desbordar el escote de su ceñida camiseta de marca. Por eso no se sorprendió cuando, al regresar a su casa, volvió a encontrárselas esperando junto a la puerta de entrada.
- ¿Qué tal? ¿Habéis vuelto a perderos?
- No - contestó la morena, echando chispas por los ojos -. Pero como la casa está en alquiler, habíamos pensado que podíamos echarle un vistazo. Por si nos apetece volver de vacaciones más adelante.
- Mira, jovencita...
- De jovencita, nada. Tengo veintiocho años y la carrera de periodismo más que terminada. Y mi nombre es Andrea. Andrea García San Román.
- Muy bien, Andrea. Pareces una joven inteligente. En ese caso te darás cuenta de que, cuando alguien te miente para que te vayas, es que no está interesado en lo que quieres venderle.
- Yo no vendo nada. Hemos venido hasta aquí para hacerle una entrevista. Si no quiere concedérnosla, perfecto. Pero al menos, debería tener la decencia de escucharnos.
- Vale, ya te he escuchado y no me interesa. Gracias por la visita, y buen viaje.
- Quince minutos de su tiempo. No es mucho, teniendo en cuenta el paseo que nos hemos dado desde Barcelona para llegar hasta aquí - contraatacó la joven, levantando el mentón en gesto de desafío.
- Escucha, jov... Andrea. No sé si eres consciente de que por aquí todo el mundo me conoce, y me basta con una llamada telefónica a la policía lócal para que os saquen de aquí esposadas camino del cuartelillo más cercano.
- Pues por su propio bien más vale que después de encerrarnos pierdan la llave, o en cuanto me suelten volverá a encontrarme aquí, encadenada a su porche - dijo la chica, y Montenegro la creyó. El escritor desvió su atención hacia la otra joven (que hasta entonces había permanecido al margen de la conversación, observándoles con una media sonrisa pintada en los labios) para preguntarle:
- ¿Siempre es así?
- Uy, no. Tendrías que verla cuando se enfada de verdad - respondió Marina, con el tono de voz más serio que pudo improvisar.
- Me lo imaginaba. Está bien, supongo que lo menos que puedo hacer, después de todas las molestias que os habéis tomado, es invitaros a pasar y concederos algo de mi tiempo. ¿Qué queréis tomar? ¿Café, una limonada?
- Café - aceptó Andrea.
- Limonada - escogió su compañera.
- Como no - suspiró Montenegro, recordando con nostalgia los viejos tiempos en que la civilización era algo muy lejano, y ni siquiera el cartero se animaba a subir hasta allá arriba.

(Continuará...).

 © Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
 Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

Comentarios

Norma gudiño ha dicho que…
Hola Alejandro he leído las tres partes de tu novela y me encantó. Lo hice desde la 3 , luego la 2 y luego la 1.....Es para re-engancharse x el suspenso q le pones. Espero la 4 parte ....! Q sea pronto.
Saludos Norma
Alejandro Caveda ha dicho que…
Pues muchas gracias, Norma. Me alegro de que te haya gustado, y espero que las restantes entregas sean igualmente de tu agrado. Un saludo cordial y nos seguimos leyendo.

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