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Una bala desde el pasado /03

Al día siguiente intenté seguir con mi vida como si tal cosa. Me levanté, y después de desayunar me desplacé hasta las oficinas de la Mutua para ponerme al día con el trabajo. Al mediodía bajé a comer con varios compañeros y estuvimos charlando de deportes, política y otras cosas intrascendentes. Pero por más que lo intenté no pude dejar de pensar en los sucesos de la víspera, y en las palabras de Adriana Vega: "Olenbeck amenaza con chantajearme y, de repente, muere asesinado. Demasiada coincidencia". Demasiada coincidencia, en efecto. Sin embargo, ¿qué podía hacer yo? Jugaba fuera de liga y mi propia situación era demasiado comprometida, con la policía investigando mis movimientos y dispuesta a cargarme el muerto a la primera de cambio. Sin embargo, sabía que el asunto se encontraba lejos de estar resuelto, y tenía la firme sospecha que el destino aun no había dicho su última palabra. El destino o Adriana Vega que, en cierto modo, venía a ser lo mismo.
De camino a casa seguía dándole vueltas al asunto en mi cabeza. Estaba distraído, pero no tanto como para no darme cuenta de que algo iba mal apenas abrí la puerta. Yo siempre cierro con doble vuelta, y nunca dejo luces ni música encendidas cuando me ausento de mi domicilio. En circunstancias normales habría llamado a la policía. O, si esto fuese una película americana, me hubiese sacado una automática del bolsillo. Pero esto no era Los Ángeles, sino Oviedo, y lo más parecido a un arma que tenía a mano era el perchero o un paraguas plegable, así que seguí adelante, no sin asegurarme de que tenía el móvil encendido, por si acaso. La música ("Sinnerman", de Clara Luzia) provenía de mi estudio, pero la luz que estaba encendida era la del dormitorio.
¿Nunca han tenido ese sueño en el que llegan a su casa y se encuentran a una bella mujer esperándoles desnuda en la cama? Pues Adriana Vega no estaba completamente desnuda, pero casi. Se hallaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de mi vestidor, observando su reflejo sobre el cristal con un escueto conjunto de ropa interior color canela por única indumentaria. Gracias a eso pude comprobar que, además del tatuaje original, había encontrado tiempo para añadirse un par más: un haiku japonés en la nuca, justo debajo de la línea de nacimiento del pelo, y una lluvia de estrellas en el empeine del pie derecho. Ambos muy discretos y, a la vez, terriblemente provocadores. Recuerdo que en aquel momento pensé que se parecía a la Venus de Botticelli, surgiendo de la espuma del mar: inocente, sensual y, sobre todo, perfecta.
- Veo que se las ha arreglado para encontrar el camino hasta aquí - comenté, una vez hube recuperado la voz, o al menos algo remotamente parecido.
- Ventajas de estar al mando, supongo - respondió, con descaro, sin dejar de examinarse de frente y de perfil, mientras sus manos acariciaban su cuerpo como si tuviesen vida propia.
- Ya veo. ¿Sería muy indiscreto preguntar cómo ha entrado?
- Para nada. He usado el juego de llaves que le dejaste al portero.
- Ah. ¿Y él se las ha dado así, sin más?
- No. He tenido que lloriquearle un poco y decirle que era tu hermanita pequeña del pueblo, que había venido a hacerte una visita imprevista.
- ¿Y se lo ha tragado?
- Pues no. Pero entonces le he dado un billete de 500 euros, me ha sonreído y ha dicho: "Encantado de conocerla, señorita Cruz". Y me ha abierto la puerta.
- Tendré que hablar seriamente con él durante la próxima reunión de vecinos. Observo que, entretanto, ha aprovechado para ponerse cómoda.
- Sentía curiosidad. Ya sabes que una casa dice mucho de la persona que vive en ella. Además, quería ponerme en el lugar de tu... amiga - dijo, haciendo el énfasis necesario en la palabra para que esta sonase despectiva -. Quería saber qué es lo que se siente al estar aquí día tras día. Contigo. Durmiendo a tu lado. Como una pareja normal y corriente, quiero decir.
- Entiendo. Perdone que insista con las preguntas, pero ¿el conjunto que lleva puesto es suyo?
- No. Ya te lo he dicho. Necesitaba saber qué es lo que ves en ella - añadió, mientras se ajustaba los tirantes del sujetador con los pulgares -. No está mal. Vulgar, pero caro. ¿Sabes que usamos casi la misma talla? Aunque me da la impresión de que ella tiene un poco más de pecho. ¿Es así como te gustan? ¿Vulgares, caras y exuberantes? Porque yo también puedo serlo. Puedo ser cualquier cosa que tú quieras - me susurró, caminando en mi dirección con movimientos felinos y un brillo depredador en la mirada.
- Señorita Vega, esto es terriblemente inapropiado. Creo que debería vestirse para que pudiésemos hablar con más calma - dije. Y sí, hasta yo era consciente de lo estúpidas que sonaban mis palabras, incluso antes de que salieran de mi boca.
- ¿A qué diablos viene eso de tratarme de usted a todas horas? Somos viejos amigos. Tú me conoces mejor que nadie, y yo sé que es lo que realmente te pone. Vamos, los dos sabemos que lo estás deseando - afirmó, con voz entrecortada, a la vez que intentaba desabrocharme el cinturón. Y era cierto. Lo estaba deseando, más que nada en el mundo, aunque también sabía que nada bueno podía salir de todo aquello, por lo que hice acopio de mis últimos restos de voluntad para agarrarla de las muñecas y apartarla de mí. Dicho así parece fácil, pero no lo fue. Para ser exactos, fue tan duro como arrancarme un brazo del cuerpo a mordiscos, sino peor.
- He dicho que no. Y vístase, por favor.
Hubo un tenso silencio mientras asimilaba mi rechazo. Parpadeó, y al mirarme, fue como si me viese por primera vez, y lo que acababa de encontrar no le gustase.
- Fuera de aquí - masculló, casi escupiendo las palabras. Hubiera podido decirle que aquel era mi dormitorio y que, en todo caso, ella era la que tendría que irse, pero tengo el instinto de supervivencia suficiente como para saber cuándo hay que hablar y cuando conviene cerrar la boca y emprender una discreta retirada, así que volví al salón donde me entretuve preparando un par de vasos de bourbon con hielo hasta que mi visitante se reunió de nuevo conmigo. A diferencia de nuestro encuentro anterior, en esta ocasión iba vestida de manera mucho más informal, con unas zapatillas de deporte New Balance a juego con unos vaqueros azules y un jersey de un tono naranja chillón que le quedaba al menos un par de tallas grande. Colgados del brazo llevaba un abrigo azul marino y una gorra de lana del mismo color. Así vestida parecía mucho más joven y vulnerable. ¿Qué esperabas?, me pregunté a mi mismo. Después de todo, apenas tiene veintidós años. Y al hacerlo, fui consciente de la diferencia de edad entre ambos y me sentí viejo, muy viejo y terriblemente cansado. Le tendí uno de los vasos y se lo bebió de un solo trago, antes de devolvérmelo para que se lo rellenase. El segundo siguió el mismo camino que el primero, y con la misma rapidez.
- Debería beber más despacio.
- Vete al carajo. No eres mi padre, y ya me has dejado claro que tampoco estás dispuesto a ser mi amante, así que puedes meterte tus consejos donde te quepan - replicó, de la que me exigía por gestos otra ronda. Esa era mi chica, pensé. El carácter y la mala leche de un sargento de la guardia civil envueltos en el físico de un ángel. Cuando por fin explotó, ya se había bebido más de la mitad de la botella de bourbon.
- ¿Se puede saber qué diablos pasa contigo? Pensé que después de tanto tiempo te alegrarías de verme, pero llevas insoportable desde el otro día. ¿Qué problema tienes? ¿Es por ella? ¿O es por mí?
- ¿De verdad quiere saberlo?
- No, te estoy haciendo una pregunta retórica. Pues claro que quiero saberlo, joder.
- ¿En serio pensaba que podía aparecer después de casi dos años sin dar señales de vida, y hacer como si no hubiese pasado nada? Las cosas no funcionan así, señorita Vega.
- ¿Por qué? ¿Por qué no fui a darte un beso de despedida? ¿Por qué no estuve a tu lado cogiéndote de la mano mientras estabas hasta arriba de anestesia? ¿Todavía sigues con eso? Supéralo. ¿Sabes lo que tuve que hacer para salvarte el pellejo? Eras el cabeza de turco perfecto. Después de lo de Málaga, todo el mundo iba a por ti: la policía, la prensa, los Castro, incluso mi familia. ¿Y sabes por qué no te estás pudriendo ahora mismo en una celda de Alcalá Meco? Por mí. Yo fui la que se puso de rodillas delante de mi abuelo y le supliqué que te ayudara. Que te quitase a la policía de encima, y limpiase tu expediente. No sólo eso. Conseguí que te duplicase la paga, e incluso que te comprase un coche nuevo. Pero a cambio tuve que prometerle que no volvería a verte, ni a hablar contigo, ni estar a menos de cinco kilómetros de distancia de ti. No sabes lo difícil que fue, pero acepté porque pensé que estaba haciendo lo mejor para ti. Para los dos. Y ahora, imagínate como me sentí cuando saliste por la puerta del hospital de la mano de esa arpía pelirroja.
- Al menos, ella tuvo la decencia de quedarse - contraataqué; pero fue como intentar detener un tren con las manos desnudas.
- ¡Oh, claro, que bonito! Ella llegó cuando todo había pasado y se quedó a disfrutar de la pasta y los buenos tiempos. Y a los que pasamos un infierno a tu lado, que nos vayan dando. ¿Sabes lo que eres? Eres un hipócrita, y de los de la peor especie. Dices que no te caigo bien, pero tu conciencia no te impide gastarte mi dinero en compañía de tu zorra - me gritó, casi a la cara, mientras me apuntaba con su dedo índice como si fuese el cañón de una pistola. Dios, que buena era. En apenas cinco minutos se las había arreglado para dar la vuelta a la situación, pasando de ser la mala de la película a convertirse en una víctima inocente. Cinco minutos más y me tendría de nuevo a sus pies pidiéndole perdón, por lo que me apresuré a cambiar de tema.
- En cualquier caso, eso es historia pasada y no tiene nada que ver con lo que ahora nos ocupa. Como le expliqué por teléfono, ya no hay caso. La policía se ha hecho cargo de la investigación, y me han dejado muy claro que no necesitan mi ayuda. Si quiere mi consejo, y se lo voy a dar aunque no me lo pida, olvídese de todo el asunto. Váyase de compras, o de vacaciones, o de viaje alrededor del mundo, pero déjelo estar.
- No puedo.
- Lo siento mucho, señorita Vega. Esto es lo que hay - repuse, lo más tajante posible. Pero si pensaba que con el sexo y el cabreo Adriana Vega había gastado los últimos cartuchos de su arsenal, estaba equivocado.
- Adrián, de verdad que no puedo - musitó; y cuando me acerqué a ella, pude comprobar que tenía los ojos bañados en lágrimas -. No puedo vivir con esa angustia, sin saber cuando el pasado regresará para fastidiarme de nuevo. ¿Y si algún día me caso y tengo hijos? ¿Qué pensarán de su madre si ven esas imágenes? Por favor, Adrián. Tienes que ayudarme. Te necesito - insistió, abrazándome y sollozando contra mi pecho. Me gustaría poder decir que pese a todas sus artimañas resistí y me mantuve firme como una roca, pero mentiría. En vez de eso le devolví el abrazo y le acaricié el cabello mientras le susurraba al oído "Ssshhh. No te preocupes. Todo va a salir bien" y otras tonterías por el estilo. No me juzguen muy duramente: si yo fuese Superman, ella sería mi kryptonita. Al cabo de varios segundos logré que se calmase lo suficiente como para servirle otro vaso de bourbon y retomar la conversación allí donde la habíamos dejado.
- Esta bien. Deja que te haga una pregunta, y piénsatelo bien antes de responder: ¿has hablado de esto con alguien más aparte de conmigo?
- No.
- ¿Estás segura? ¿Con nadie más?
- Segurísima.
- ¿Y estás igualmente segura de que tu abuelo no sabe nada de todo el asunto?
- ¿Por qué? - me preguntó a su vez, recelosa - ¿Es que crees que mi abuelo podría tener algo que ver con la muerte de Olenbeck?
- Es una posibilidad, sí.
- ¡Pero también intentaron matarte a ti! Tienes que estar equivocado. Él no sería capaz de hacer nada semejante - arguyó, tajante. Pero yo, que conocía al viejo Vega igual de bien, o mejor aun que ella, no estaba tan seguro. Recordando la charla que ambos habíamos mantenido, tanto tiempo atrás, cuando me había encargado la tarea de buscar y encontrar a su nieta, me parecía que Félix Vega era perfectamente capaz de ordenar un par de asesinatos sin pestañear y sin que le temblase el pulso lo más mínimo a la hora de firmar el cheque. Pero nuevamente me abstuve de hacer comentario alguno al respecto.
- Entonces ¿ahora me crees? - dijo Adriana, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.
- Creo que Olenbeck era un mal bicho que estaba metido en demasiados asuntos sucios. Y que lo más probable es que su muerte haya sido un ajuste de cuentas entre delincuentes. Pero tienes razón: es demasiada casualidad, por lo que tampoco podemos descartar del todo que tus fotos no hayan tenido algo que ver. En ese caso, me temo que nuestros problemas, lejos de arreglarse, pueden haber empeorado.
- ¿Por qué?
- Como tu bien decías, con Olenbeck, al menos, sabíamos a qué atenernos. No era más que un extorsionador de tres al cuarto que sólo buscaba dinero. Pero este tipo es otra cosa. Alguien capaz de torturar y matar a una persona a sangre fría, y que después está a punto de liquidar a otra para borrar sus huellas, no se conforma con cien mil euros. Puede que ni siquiera busque dinero.
- ¿Qué puede querer, entonces?
- ¡No lo sé! Ese es el problema, que no sé nada y no tengo más que sospechas y corazonadas. Pero mi intuición me dice que en todo esto hay algo personal. Que la muerte de Olenbeck no es casual, y que de alguna forma está conectada contigo y con esas fotografías, pero ¿cómo? Me faltan demasiadas piezas del puzle como para hacerme siquiera una imagen parcial del conjunto.
- Estoy segura de que se te ocurrirá algo - me dijo, sonriente, y no pude evitar sentirme reconfortado, aunque no tenía tan claro como ella que fuese merecedor de su confianza.
- ¿Y entonces, qué vamos a hacer ahora?
- Para empezar, sigue con tu rutina cotidiana como si no hubiese pasado nada. Estate atenta por si alguien intenta contactar contigo por cualquier medio. Y no hagas ninguna tontería sin consultarlo primero conmigo. Además, creo que deberías ir contándole a tu abuelo lo que ha ocurrido.
- ¿Estás seguro? - preguntó, poco convencida.
- Más tarde o más temprano se va a acabar enterando, y en cualquier caso, es mejor que lo sepa de primera mano, por tu boca, a que se lo cuenten otros. Explícale que ya has tomado medidas para solucionar el problema y, si te pregunta cuáles, dile que yo estoy investigando el asunto a medias con la policía.
- ¡Pero si tienes razón, y mi abuelo está detrás de todo esto, eso sería como ponerte una diana en la espalda!
- Si tu abuelo está detrás de todo esto ya sabe que estoy involucrado, Adriana. Pero confesárselo desviará sus sospechas, además de reforzar su confianza en ti. Y si no es así, al menos apreciará el que tengas recursos suficientes como para intentar limpiar tu propio jardín antes de pedirle ayuda. Y hablando de pedir ayuda, ¿dónde está tu guardaespaldas?
- ¿Martín? Buscándome, supongo. Le he despistado para poder venir hasta aquí.
- No vuelvas a hacerlo. No te separes de él. De hecho, durante una temporada deberías tener el doble de escolta, y a todas horas.
- ¿De veras crees que estoy en peligro?
- Estoy casi seguro de que no - mentí, escogiendo cuidadosamente mis palabras -. Pero nunca está de más tomar precauciones, al menos hasta que hasta que sepamos a qué atenernos.
- Esta bien, pero que sepas que, teniéndote a ti, no necesito más escolta - dijo, abrazándome de nuevo y pegándose a mí de una manera tan íntima que podía sentir su calor incluso a través de la ropa que nos separaba, e intoxicarme con su aroma como si este fuese algo vivo, una mezcla afrodisiaca más potente y adictiva que cualquier perfume. Me miró, con los labios entreabiertos y un brillo de expectación en su mirada, y algo se rompió dentro de mí y la besé. Sabía que cuando todo hubiese acabado me sentiría fatal conmigo mismo, pero eso sería después, y entre tanto sólo existía ella, y yo sólo existía por y para ella.

Una vez, cuando era más joven, mi padre me hizo sentarme a su lado para hablar conmigo y me espetó, sin preámbulos:
- Hijo mío, eres idiota - antes de que pudiese decir nada, hizo un gesto con las manos para que le dejase seguir hablando y añadió -: No me malinterpretes, tienes otras cualidades. Eres buena persona, sincero, honrado y trabajador. Pero en cuestión de mujeres, eres idiota. Naciste siendo idiota, y morirás siéndolo - sentenció. Y aunque en aquel momento sus palabras me hirieron profundamente, ahora sé que, en el fondo, mi padre me conocía mejor que nadie. Tal vez incluso mejor que yo a mi mismo.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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