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Una bala desde el pasado /01


Una vez escuche la estrofa de una canción que decía: "El pasado también puede matarte". Siempre pensé que era una licencia poética, hasta que volví a encontrarme con Adriana Vega. No sabía nada de ella desde que casi dos años atrás se había largado con un maletín repleto de dinero, dejándome medio muerto y a punto de terminar de desangrarme en una carretera perdida en el culo del mundo, sin más compañía que un puñado de cadáveres. Tras recibir el alta médica decidí tomarme unas largas vacaciones y, en compañía de Carolina, me embarqué en un viaje de placer por media Europa a costa del dinero que el viejo Vega me había pagado por encontrar a su nieta. Pero todo lo bueno se acaba, y al cabo de varios meses tuvimos que regresar a España y a nuestra rutina habitual. Para Carolina fue especialmente duro. Ella no era un aburrido investigador de seguros, como yo, sino una aspirante a actriz con poco talento pero un físico envidiable y mucha, mucha ambición. En Oviedo se sentía como un tiburón en una pecera, y sólo encontraba cierto placer nostálgico en salir de compras con mi tarjeta de crédito y en coqueteos ocasionales con algún joven desconocido (o desconocida) durante sus excursiones nocturnas por los garitos de moda de la ciudad.
Decir que no había sabido nada de Adriana Vega tal vez sea una exageración. Había leído unos cuantos artículos y reportajes sobre la hermosa heredera del imperio financiero de los Vega en diversas revistas y páginas de Internet, aunque nunca habíamos vuelto a coincidir cara a cara, lo cual era lógico si tenemos en cuenta que ella pasaba la mayor parte del tiempo fuera de Asturias (e incluso fuera del país) muy ocupada con los negocios familiares y otros asuntos propios de la gente de su posición. Sin embargo, nada dura para siempre y el pasado se complace en hacerte una visita cuando menos te lo esperas. Así que un buen día me encontré con un sorprendente mensaje en el que la señorita Vega me citaba en privado en un selecto (y muy discreto) restaurante de la ciudad. Por un momento pensé seriamente en rechazar la invitación, pero por un lado, no dejaba de ser mi jefa y, por otro, sólo puedes estar seguro de que te has desenganchado si tienes la droga a mano y eres capaz de resistir la tentación de meterte otra dosis. Así que, aprovechando que Carolina se había ido al sur para visitar a su familia (y presumir un poco de novio) decidí asistir a la cita.

Cuando llegué al lugar acordado, ella ya estaba ahí, sentada en la mesa con las piernas cruzadas en la misma postura que una recatada modelo de alta costura. Costaba reconocer en aquella dama sofisticada a la joven informal y un tanto rebelde que había conocido apenas dos años atrás, pero había algo salvaje en Adriana Vega que ni toda la ropa de marca del mundo ni los mejores estilistas serían capaces de disimular. Lo noté en el brillo de sus ojos al verme y en la sonrisa que me dedicó, a medio camino entre la burla y la alegría, sin llegar a ser abiertamente ofensiva.
- Has venido - dijo, como si tal cosa.  Como si no hiciese veintitrés meses, veintiocho días y casi siete horas desde la última vez que nos habíamos visto. Aun recordaba su último beso. Sabía a lágrimas, a sangre y a desesperación. Pero también a algo muy parecido al amor, o al menos eso pensaba yo. Claro que igualmente podía haber sido un efecto secundario de la pérdida de sangre y el coctel de drogas que me había metido en el cuerpo para aguantar en pie. ¡Quién sabe!
- ¿Cómo negarme? Al fin y al cabo no soy más que un empleado de la casa.
- No digas eso. Nuestra relación es diferente. Tú y yo somos viejos amigos.
- Es curioso. La mayoría de mis amigos suelen mandarme una felicitación por navidades, o el día de mi cumpleaños. Se ve que las suyas se han debido extraviar por el camino.
- Vamos, Adrián. No seas así. Hace mucho que no nos vemos. ¿Qué prefieres, discutir o ponernos al día? Venga, siéntate - dijo, con su mejor expresión de niña inocente. Y yo, tonto de mi, le hice caso, aunque sólo fuera porque empezaba a sentirme un poco estúpido ahí de pie, en medio del comedor. Al sentarme me fije en un tipo que no nos quitaba ojo desde la barra. Por su aspecto y el corte de su traje me imaginé que sería alguna clase de guardaespaldas.
- ¿Amigo suyo? - inquirí, señalando en su dirección.
- ¿Martín? Es mi escolta personal. No me hace ilusión tener que llevarlo a cuestas a todas partes, pero nuestro jefe de seguridad es tajante al respecto. Por lo menos hay que reconocerle que es muy discreto y se las arregla para pasar desapercibido.
- Yo no estaría tan seguro - repliqué, aunque me abstuve de añadir que un matón siempre parece un matón. Además, el tal Martín no daba la impresión de distinguirse por su simpatía, ni por su sentido del humor. Por suerte, la llegada de una camarera interrumpió esa línea de pensamiento, pero antes de que pudiese pedir nada, Adriana me hizo callar con un delicado gesto de su mano derecha.
- Permíteme. Yo tomaré un gin tonic de Fever con Citadele. Y para el caballero, un café con hielo y Baileys. Sin leche, con el licor en vaso aparte, y dos terrones de azúcar moreno. ¿Lo he dicho bien? - me preguntó, burlona.
- En realidad, iba a pedir un agua sin gas. Pero si invita usted...
- ¿Cuándo piensas volver a tutearme? - repuso, tamborileando sobre la mesa con sus finas uñas pintadas a la francesa.
- La verdad, no creo que fuese apropiado. ¿Y usted? ¿Cuándo va a decirme para que me ha llamado?
- ¿No puede ser simplemente porque te eche de menos y quiera saber que ha sido de tu vida?
- Puede. Y puede que los sapos bailen flamenco, pero yo no he visto ninguno hacerlo todavía.
- Te has vuelto más cínico con los años. No sé si me gusta.
- ¿Qué puedo decir? Tuve una buena maestra. Y ahora, puede explicarme porque quería verme, o podemos seguir intercambiando cumplidos. Como prefiera.
Por toda respuesta, Adriana cogió su teléfono móvil y, tras un par de toques para abrir la galería de imágenes, me lo tendió por encima de la mesa. Al cogerlo pude ver en pantalla un mosaico de lo que parecían fotos de una chica desnuda, chica que resultó ser la propia Adriana Vega una vez que hube ampliado la primera. A juzgar por su aspecto las fotos debían de ser antiguas, de su época como modelo de ropa interior, antes de que el viejo Vega me contratase para buscarla.
- Las fotos las hizo un tal Olenbeck, Carlos Olenbeck - explicó -. Era un tipo muy desagradable que iba de cazatalentos. Le gustaba abordar a jovencitas menores de edad para decirles que tenían mucho potencial como modelo y animarlas a dejarse fotografiar en paños menores. Para el curriculum, decía él, aunque en realidad lo que quería era conseguir imágenes lo más pornográficas posibles e incluso darle un repaso a alguna que fuese lo bastante incauta como para dejarse engañar. Ya sabes que yo nunca he tenido problemas con el tema de los desnudos, y en aquella época estaba intentando abrirme camino en el mundillo de la publicidad, así que le seguí la corriente hasta que intentó ponerme la mano encima. Fue entonces cuando le metí un rodillazo en la entrepierna y me largué de ese cuchitril que llamaba estudio, aunque cometí el error de no llevarme la cámara conmigo. De la que salía me llamó de todo y me gritó que ya se lo pagaría pero, sinceramente, a estas alturas de la película ya no esperaba tener noticias suyas.
- ¿Se lo ha comentado a su abuelo? - dejé caer, de la que le devolvía su teléfono móvil.
- Todavía no. Está muy mayor, y su salud ya no es la que era. Lo de su sobrino le afectó mucho, y prefiero intentar solucionarlo yo sola antes de decirle nada.
- Sin embargo, el debe de estar al corriente de ciertos... aspectos de su pasado.
- Después de reunirnos el abuelo invirtió mucho tiempo y dinero intentando limpiar mi expediente, pero supongo que siempre hay cabos sueltos que se resisten a desaparecer.
- ¿Y qué quiere ese tal Olenbeck, exactamente? - pregunté, en un poco disimulado intento por cambiar de tema.
- ¿Qué va a querer? Dinero. Cien mil euros, para ser exactos. Y eso sólo para empezar. Su intención es que lo mantenga toda la vida, o hará públicas estas y otras imágenes que todavía tiene guardadas. Entiéndeme, si sólo pidiese una cantidad, por mucho que fuese, se lo daría encantada con tal de librarme de él, pero no pienso seguir aceptando su chantaje durante Dios sabe cuánto tiempo.  Además, ¿quién me garantiza que una vez le suelte la pasta destruirá todas las fotos? ¿Y si tiene un millón de copias repartidas por ahí? ¿Por qué diablos voy a fiarme de un tipo como ese?
- ¿Y qué quiere usted que haga yo al respecto?
- Encontrar a Olenbeck y convencerle para que me deje en paz. Y recuperar esas fotos, claro, o en su defecto, asegurarte de que desaparecen para siempre.
- No es por nada, pero eso parece más bien un trabajo para su jefe de seguridad.
- ¿Velasco? Es un hombre de mi abuelo. No creo que pudiese mantener la boca cerrada. Además, no es de aquí. Apenas lleva seis meses en el país y le faltan la experiencia y los contactos que tú tienes para esta clase de asuntos.
- Sinceramente, señorita Vega, no estoy seguro de poder serle de ayuda. Yo no soy policía ni investigador privado. Lo mío son los fraudes y los intentos de estafa al seguro. Tal vez debería replantearse lo de buscar algún tipo de ayuda más profesional.
- Ya lo estoy haciendo. Siempre presumías de que ese era tu talento, ¿recuerdas? Encontrar cosas que nadie quiere que aparezcan, como yo. Además, entre nosotros no hay secretos. Tú me conoces mejor que nadie, y sé que no me juzgarás por cualquier pequeño desliz que haya podido cometer en el pasado.
Mi idea de un pequeño desliz consistía en meterle mano a la crema pastelera de mi abuela antes de que estuviese hecha la tarta, pero tuve el buen tino de morderme la lengua.
- Lo siento mucho, señorita Vega - repuse, mientras me ponía en pie -. Como usted dice, eso fue hace mucho tiempo y todos hemos cambiado. Mi consejo es que hable con su abuelo e intente llegar a algún tipo de arreglo pactado.
- Adrián, por favor - me suplicó, a la vez que me agarraba del brazo -. Te necesito. Ya me salvaste el culo una vez. Eres mi caballero de brillante armadura, ¿recuerdas? No puedo confiar en nadie más.
Ahí fue donde me perdí. Si no me hubiese tocado, tal vez todo habría sido diferente. Pero era incapaz de resistirme a su contacto y a toda la avalancha de recuerdos que este traía consigo, en concreto cuando ella me había acariciado el rostro por última vez, tiempo atrás, antes de preguntarme: "¿Por qué lo has hecho?". Y a continuación me escuché responder, con una voz tan extraña que casi no parecía la mía: "Porque siento una debilidad especial por las mujeres hermosas. Y tú eres la mujer más hermosa que he conocido jamás". Entonces, ella me besó y todo se fue al diablo, hasta que desperté varias horas más tarde tirado en la cama de un hospital, con varias costillas rotas y tres balas en el cuerpo. ¿Cómo era lo que decía Conan en aquella historia de Roy Thomas y Barry Smith? "Ella se llevó el oro, y a mí sólo me quedan los sueños". Y aquí estaba yo, dos años más viejo, en teoría más sabio, y a punto de tropezar por segunda vez con la misma piedra. Y lo que es peor, ella lo sabía.
- Esta bien - dije por fin -. No le prometo nada. Pero haré unas cuantas llamadas y tiraré de algunos hilos, a ver si encuentro algo.
- ¡Muchas gracias! Sabía que podía contar contigo - me respondió, acompañando sus palabras de una sonrisa capaz de derretir los polos y provocarme estremecimientos de placer sólo con mirarla. ¿Qué quieren que les diga? Después de todo, sólo soy humano.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

Comentarios

Alfredo Cernuda ha dicho que…
Me ha gustado, Alejandro, los sarcasmos que empleas me recuerdan a la novela negra de los maestros Hammet o Chandler. Espero poder seguir leyéndolo. Un fuerte abrazo.
Dani ha dicho que…
Me ha encantado.
Tu prosa tiene un ritmo trepidante. Así que a darle al callo que quiero leer más material ;-)
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Alfredo, muchas gracias por tus amables palabras, doblemente elogiosas viniendo de todo un artista del lenguaje como eres tú. Yo también espero que puedas leer las siguientes entregas y que el desenlace sea de tu agrado. Un saludo cordial y muchas gracias por tú visita.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Dani e igualmente gracias por tu amable opinión sobre mi relato. Te agradará saber que ya está escrito, y que calculó que la extensión total en el blog sea de unas cinco entregas, así que no te vas a quedar sin saber el final, que espero esté a la altura de las circunstancias. Un saludo cordial y nos seguimos leyendo.

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