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Una bala desde el pasado /02

Aquella noche casi no pude pegar ojo. Sin Carolina a mi lado, la cama - y la casa - parecían el doble de grandes y de vacías, y no podía dejar de pensar en Adriana Vega y en todas las cosas que podían haber sido y finalmente no fueron. Al día siguiente, después de prepararme una buena taza de café, decidí llamar a uno de mis contactos en la Jefatura Superior de Policía.
- Hombre, si es Adrián de la Cruz. ¿Qué es de tu vida?
- Vamos tirando. Mira, te llamo para pedirte un favor. Necesito encontrar a un tipo llamado Carlos Olenbeck. Lo único que tengo es un número de teléfono actual y una dirección de hace varios años. Se hace pasar por fotógrafo. Puede que el nombre sea falso, y es bastante probable que haya tenido problemas con la policía por alguna clase de delito sexual relacionado con menores.
- Menuda joya - dijo mi contacto -. Dame un par de horas y te llamo, a ver si sale algo. ¿Es algún asunto de trabajo?
- Algo así - respondí, evasivo, aunque en el fondo no me alejaba mucho de la verdad.
- Muy bien. Enseguida te llamo. No te alejes mucho del teléfono.
- ¡Gracias! Te debo una.
- Una más, querrás decir - bromeó, antes de colgar. Me dispuse a pasar el rato lo mejor posible, pero apenas había transcurrido media hora cuando mi contacto me devolvió la llamada.
- No encuentro nada por Olenbeck, pero el número de teléfono se corresponde con un móvil de empresa a nombre de un tal Carlos Martel, y este sí que tiene un bonito expediente por extorsión y fraude fiscal, aunque nada de abusos sexuales. ¿Necesitas su dirección?
- Si, por favor - respondí, mientras tomaba nota. Al parecer, Martel (que probablemente fuese un pseudónimo de Olenbeck, o viceversa) tenía un entresuelo alquilado en la avenida Pumarín que usaba a la vez como estudio fotográfico y como vivienda habitual. Cosas de la crisis, apuntó mi colega, aunque a un servidor se le ocurrían otros motivos más innobles.
- ¿Por qué lo buscas, exactamente?
- Te prometo que en cuanto averigüe algo, serás el primero en saberlo - respondí, evasivo, al tiempo que cortaba la llamada y me disponía a hacerle una visita al escurridizo - e inoportuno - señor Olenbeck.

El rastro de Olenbeck conducía hasta un entresuelo de alquiler de la avenida Pumarín que apenas tenía vistas a la calle. Llamarlo estudio era darle una categoría a aquella ratonera que no se merecía. Probablemente el fotógrafo estuviese acostumbrado a cambiar de refugio con cierta frecuencia, en un intento por pasar desapercibido a los ojos de la policía y de la agencia tributaria, y buscase sitios baratos y poco llamativos donde poder realizar sus negocios lejos de miradas indiscretas.
Al llegar, me encontré con la puerta abierta. Aquello debió hacerme sospechar, pero así y todo seguí adelante, confiado en que Oviedo no dejaba de ser una ciudad tranquila donde nunca pasa nada. Ese fue mi primer error. El interior se hallaba casi a oscuras y, por lo poco que pude ver, tan desordenado como si un terremoto hubiese puesto el edificio del revés o alguien estuviese buscando algo y no tuviese muy claro el qué ni donde estaba. En cualquier caso, el misterioso visitante se había empleado a fondo, abriendo todos los cajones, arrancando tablas del suelo y las paredes y destrozando el ordenador y todo el equipo fotográfico existente hasta dejarlos reducidos a fragmentos casi irreconocibles.
Olenbeck estaba en el centro de la estancia, atado con alambre y cinta americana a una silla de oficina. La cabeza le colgaba inerme sobre el pecho y, al acercarme, pude comprobar que ya no se despertaría. No sabía qué aspecto tenía antes, pero dudaba de que incluso su propia madre pudiese reconocerle en ese estado. Su rostro era un enorme moratón ensangrentado. Tenía la mandíbula rota y uno de los ojos casi se había salido de su sitio a consecuencia de un impacto que le había abierto una fea brecha en la frente. Examinándole con más detalle pude comprobar que también le habían fracturado todos y cada uno de los dedos de las manos antes de rematarlo, destrozándole la cabeza a martillazos. El arma homicida yacía en el suelo, sobre un gran charco de sangre, y todavía conservaba pegados restos de hueso y masa encefálica.
Ahí fue donde cometí mi segundo error: tenía que haberme dado cuenta de que todo era demasiado reciente; de que la sangre todavía estaba fresca y goteando; y de que había muchas posibilidades de que el asesino aun no se hubiese ido. Pero estaba tan concentrado pensando donde podían estar las fotos de Adriana que no vi venir el peligro. Algo se movió a mis espalda y, antes de que pudiese darme la vuelta o reaccionar de cualquier otra manera, sentí un fuerte impacto en la cabeza, sobre la oreja derecha. Un fugaz instante de dolor y, después, nada. Oscuridad y silencio.

El problema de los relatos en primera persona es que muchas veces arruinan el suspense. Es decir, ahora mismo ustedes están pensando: si está contando esto, es que de alguna forma se las ha arreglado para sobrevivir. Cierto, aunque cuando por fin abrí los ojos, pensé que más me habría valido seguir inconsciente, ya que mi agresor había decidido prenderle fuego al local antes de irse, y a esas alturas las llamas devoraban la mayor parte de la estancia, incluido el cadáver de Olenbeck. No sé como logré ponerme en pie y llegar hasta la puerta, sólo para encontrármela cerrada. Un rápido vistazo a mí alrededor me dejó claro que no había otra salida, y que mi única esperanza era arrojarme al exterior desde la ventana. Siendo un entresuelo, no podía haber mucha distancia hasta la acera, y por otro lado, empezaba a sentir como me chisporroteaba el pelo de la nuca, así que atravesé la estancia a la carrera y me lancé de cabeza a través del cristal sin pararme a pensarlo. Nada más cruzar al otro lado encogí el cuerpo e intenté aterrizar lo mejor posible. Por suerte (mi único golpe de suerte hasta ese momento), caí sobre el techo de un coche que cedió bajo mi peso, y de ahí resbalé al suelo hasta quedar tendido sobre el asfalto, exhausto y dolorido, pero vivo.
Quince minutos más tarde aquello se había convertido en un circo, con la presencia estelar de los bomberos, un par de ambulancias y varias unidades de la policía local y nacional, además de un montón de curiosos y mirones que contemplaban el espectáculo desde ambas aceras. Un sanitario me examinaba en busca de hemorragias internas o huesos rotos cuando mi contacto en la Jefatura hizo su aparición, evidentemente cabreado.
- Podías haberme dicho que pensabas cargártelo - me espetó, por todo saludo.
- ¡Eh! Soy inocente. A mí también han intentado matarme, y me he salvado por los pelos.
- Sí, claro - respondió mi colega no muy convencido -. Será mejor que cierres el pico y me dejes hablar a mí. Y que no abandones la ciudad sin avisar hasta que esto termine. En menudo lio puedes haberme metido, cabronazo - añadió, sotto voce, antes de alejarse en dirección a varios agentes de uniforme que estaban acordonando la zona.

Esa misma noche llamé a Adriana para ponerle al corriente de los acontecimientos y presentarle mi dimisión. Su asombro era palpable incluso desde el otro lado de la línea telefónica.
- ¿Y las fotos? - me preguntó, apenas hube terminado de hablar. Nada de interesarse por mi persona. Así era la señorita Vega.
- Aquello ardió por los cuatro costados. Si estaban allí, es imposible que quede nada, excepto polvo y cenizas.
- ¿Y si no las tenía allí? ¿Y si las guardaba en la nube, o en la caja fuerte de algún banco? - insistió.
- En ese caso supongo que la policía las encontrará y se pondrá en contacto con ustedes. Y si no, es que se han quemado con el resto del estudio - contesté, intentando zanjar el asunto. Pero olvidaba lo terca y obstinada que podía llegar a ser mi interlocutora.
- Tengo que estar segura al cien por cien. No puedo pasarme el resto de mi vida esperando a que aparezca otro Olenbeck. ¿Qué hay del asaltante?
- ¿Qué pasa con él?
- No lo sé, pero no me gusta. Olenbeck amenaza con chantajearme y, de repente, muere asesinado. Demasiada coincidencia. ¿Y si tenía un cómplice que no estaba dispuesto a compartir el dinero? Estaríamos igual que antes, o peor. Al menos, con Olenbeck sabíamos a qué atenernos.
Suspiré.
- Señorita Vega, le agradecería que no usase el plural al referirse a este asunto. La policía me ha apartado del caso. Además, no hay caso. No hay pistas, no hay huellas, no hay testigos,  no hay nada de nada. Sólo cenizas. Sé que le cuesta aceptar que el mundo no gira necesariamente a su alrededor, pero si yo fuese usted, me relajaría e intentaría seguir adelante con mi vida.
- Te pagaré lo que me pidas - exclamó, sin pararse a medir el alcance de sus palabras. Para cuando se dio cuenta, y quiso corregir su error, ya era demasiado tarde.
- Buenas noches, señorita Vega - respondí, con el tono más frío y seco del que fui capaz, antes de cortar la comunicación y arrojar el teléfono al otro extremo de la habitación. Esta chica era así: cuando empezabas a cogerle cariño, hacía la estupidez justa para recordarte porqué la odiabas desde el principio.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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