Una noche en Miskatonic / 03



La siguiente puerta no parecía tan impresionante como la primera, pero en vez de una cerradura convencional estaba equipada con un teclado alfanumérico similar al de algunas cajas fuertes. Ruthven tecleó la contraseña con una indiferencia casual fruto de la rutina diaria. 
- Supongo que aquí es donde están recogidos los ejemplares más valiosos. 
- Sí, aunque la cerradura no está tanto por una cuestión de seguridad como por motivos de mantenimiento – señaló el bibliotecario -. Esta sala tiene su propia atmósfera, con unas condiciones de iluminación, humedad y temperatura distintas del resto del edificio para evitar que el contenido se estropee. De hecho, controlamos el número de personas que pueden entrar a la vez para ajustar la temperatura al nivel correcto. Los visitantes tienen que usar mascarilla y guantes de látex. No se permite sacar los libros al exterior ni introducir cámaras, portátiles o teléfonos móviles, y durante la consulta siempre tiene que estar presente algún miembro del personal de la biblioteca. De todas formas, la mayor parte de los fondos de la biblioteca están digitalizados y se pueden consultar desde cualquier terminal de la universidad. 
- ¿La mayor parte? - repitió la chica, haciendo especial hincapié en la palabra “Mayor”. 
- Si, bueno. Hay ejemplares difíciles de escanear. Y otros que no son recomendables para todos los públicos. 
- ¿Por qué ese empeño en conservarlos? ¿No sería mucho mejor destruirlos? 
- Es curioso – repuso Ruthven, sin dejar de inspeccionar las estanterías -, pero no eres la primera persona que me hace esa pregunta. 
- ¿Y cuál es la respuesta? 
- Lo mejor hubiera sido no escribirlos. Pero ya que alguien lo hizo, alguien tiene que evitar que se usen de forma incorrecta. Además, no me gusta la gente que destroza libros. Se empieza quemando hojas y se acaba quemando personas. Ah, creo que este nos pude servir: Der Unaussprechlichen Kulten, de Von Juntz. Uno de los clásicos – señaló el bibliotecario, extrayendo de la estantería un viejo volumen encuadernado en cuero negro. Ruthven fue pasando las páginas una por una hasta dar con la que estaba buscando. Satisfecho, extrajo un trozo de tiza del bolsillo de su americana y comenzó a trazar en el suelo varios círculos concéntricos combinados con diversos símbolos esotéricos. 
- ¿Eso es todo? ¿No necesitas nada más? - preguntó la joven, confusa. 
- ¿Algo más como qué? ¿Un gato negro? ¿Un macho cabrío? ¿Sangre de gallina? Todo eso no es más que atrezzo. Parafernalia para incautos e ignorantes. Lo que realmente importa es que el diagrama este bien hecho y no comerte una sílaba al recitar la invocación, como ya deberías saber. 
- Sabes, mago, me pregunto si serías igual de gracioso si te arrancase la lengua y te la insertase a través de algún otro de tus orificios corporales. 
- Y dale con eso. Mago es el que se saca un conejo de la axila. Yo soy... es igual, olvídalo. Esto ya casi está. Sólo necesitamos un último detalle para completar el ritual: tu nombre. A poder ser, completo y sin faltas de ortografía – añadió Ruthven, tendiéndole a la chica su pluma y una hoja de papel en blanco. Esta, no obstante, permaneció inmóvil, sin hacer el menor además de coger ambos objetos. 
- ¿Hay algún problema? 
- Yo... ¿eres consciente de lo que me estás pidiendo? 
- Sabes que no hay otra forma de hacerlo. 
- Los nombres son herramientas de control muy poderosas. Conceden dominio sobre personas y objetos. 
- Si, bueno, te recuerdo que todo esto ha sido idea tuya. No te queda más remedio que fiarte de mí, igual que yo confío en que cuando todo esto acabe no termines limpiándote mis restos de entre los dientes con mi escápula.
La chica se mordió el labio inferior, indecisa, a la vez que se retorcía las manos en un gesto inconsciente que delataba su nerviosismo. Viéndola así parecía tan inocente e indefensa que el bibliotecario estuvo a punto de olvidar su auténtica naturaleza. 
- Sólo quiero ser libre para poder seguir adelante con mi vida. 
- Te entiendo. Yo quiero volver a casa y sentarme en mi sillón a ver la tele, pero ninguno de los dos podemos hacer gran cosa si no confías en mi – sentenció Ruthven, haciendo ademán de ofrecerle de nuevo la hoja y la pluma. Al cabo de varios segundos el hombre exhaló un suspiro de cansancio y añadió, para romper el punto muerto en el que se encontraban: 
- Ruthven es mi apellido. Mis amigos y familiares me llaman Adrián. Sobre mi nombre te juro que no usaré contra ti ninguna información que me proporciones, ni para someterte a mi voluntad ni para causarte perjuicio alguno. Sea tres veces maldito si incumplo mi palabra – pronunció el bibliotecario, en tono grave, extendiendo a continuación su mano derecha en señal de compromiso. La chica vaciló aun varios segundos, pero terminó por asentir con la cabeza a la vez que le devolvía tímidamente el apretón. Su piel tenía el tacto correcto, pero la temperatura corporal era varios grados más baja de lo normal y sus músculos se tensaban con la fuerza de un manojo de cables de acero. Al darse cuenta de su escrutinio retiró la mano, avergonzada, como una niña pillada en medio de alguna travesura.
- Soy una pésima imitación de ser humano.
- Todos lo somos, cariño – repuso Ruthven, de forma tan sincera como espontánea, obteniendo a cambio la primera sonrisa genuina por parte de su acompañante desde que le había abierto la puerta de su casa hacía casi una hora -. Y ahora, si no te importa, sigo necesitando tu nombre.

(Continuará...)

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