Un mal lugar donde perderse (006)



Volví a la realidad confuso y algo desorientado, sin saber bien cuando ni donde estaba y, por un momento, pensé que seguía en la habitación del motel y que todo lo que había ocurrido durante las últimas horas sólo había sido un mal sueño. Pero no. A medida que mi cabeza se iba despejando podía sentir a mi alrededor el mordisco del frío aire nocturno, así como la dura superficie de la cubierta bajo mi espalda. Me pregunté que me había despertado, si habría sido mi acompañante al moverse o gemir en sueños, pero seguía sumida en un profundo coma desde que dejamos atrás el embarcadero. Aunque al principio di por hecho que su herida había sido mortal, al examinarla de cerca pude comprobar que todavía respiraba y tenía pulso, tan firme y regular como el mio propio. Por lo que pude ver el proyectil había resbalado a lo largo del cráneo, abriendo un profundo surco a través del cuero cabelludo hasta salir por detrás, provocando de paso una masiva hemorragia que daba la impresión de ser mucho más grave de lo que realmente era, aunque podía serlo si no recibía pronto atención médica. Por desgracia, nunca hay un hospital a mano cuando realmente lo necesitas, y en aquel momento mi prioridad inmediata era salir de ahí antes de que nos acribillasen a tiros, así que mi inconsciente pasajera tendría que esperar.
Va a ser verdad que, a veces, cuando todo parece perdido, el diablo va y se pone de tu parte, ya que logré sacar la lancha del muelle y enfilar rio abajo sin chocar ni ser alcanzado por ninguno de los proyectiles que zumbaban a mi alrededor como moscardones, lo que no quiere decir que nuestros atacantes se diesen por vencidos, ya que uno de los vehículos todoterreno intentó continuar la persecución por la orilla sin dejar de dispararnos hasta que se encontró con el paso cortado por un canal de desague de al menos tres metros de ancho. Asi y todo nuestra situación era cualquier cosa menos envidiable: mi memoria seguía fuera de servicio y la única persona que parecía tener una idea clara de la situación yacía sin sentido a mis pies. Decidí que lo mejor - de momento - sería mantener el rumbo hasta encontrar algún sitio tranquilo donde poder echarle un vistazo con calma a su herida y descansar un poco. El destino, no obstante, parecía complacerse en ponerme toda clase de obstáculos en el camino, ya que durante los siguientes minutos apenas divisé más signo de presencia humana que diversas embarcaciones semihundidas y algún que otro poblado tan desierto y solitario como el que acabábamos de dejar atrás. Por fin, justo cuando empezaba a impacientarme, divisé en un recodo del río un rústico embarcadero, apenas una simple pasarela de madera con un par de noráis donde amarrar las embarcaciones. No era gran cosa, pero como se suele decir, cualquier puerto es bueno en caso de tormenta, así que me dirigí hacia allí sin dudarlo.
Una vez asegurada la lancha me dispuse a atender a mi acompañante. En realidad, no había mucho que pudiese hacer por ella, aparte de desinfectar y coser la herida lo mejor posible, pero tendría que bastar hasta que encontrásemos un hospital o alguien con más experiencia médica que yo, que por lo que sabía bien podía ser ninguna. Rebusqué en su mochila en busca de cualquier cosa que pudiese serme de utilidad y al final, para ahorrar tiempo, me limité a volcar el contenido en cubierta, aunque tuve el suficiente sentido común de colocar mi cazadora debajo a fin de evitar que algo se rompiese. Entre otras cosas encontré una caja con cuatro cargadores completos para la Glock, un kit de primeros auxílios, una camiseta y varias prendas de ropa interior, un paquete de chocolate, un destornillador de punta reversible, un rollo de cinta americana, bridas de plástico, una batería multiusos de carga solar, una botella de vodka y una cajita metálica sospechosamente parecida a una pitillera.
Utilicé el vodka para limpiar la mayor parte de la sangre, y la aguja e hilo que encontré en el botiquín para remendarle la cabeza lo mejor que supe. A continuación hice un vendaje improvisado con la tela de la camiseta que habia en la mochila, tras lo cual la tumbé sobre la cubierta, con su cazadora como almohada y la mía por encima a modo de manta. De buena gana me hubiese echado un buen trago de vodka para entrar en calor pero, por desgracia, no quedaba ni gota en la botella. Tras exhalar un suspiro de resignación, decidí matar el rato examinando el resto de los objetos y en especial el estuche metálico que, para mi sorpresa, resultó no ser una pitillera, ya que dentro no encontré cigarrillo alguno, sino una vieja fotografía arrugada y descolorida, en la que mi compañera de viaje aparecía abrazada a otro hombre al cual le habían eliminado el rostro por el expeditivo procedimiento de recortarle la cabeza. No pude evitar preguntarme quien sería aquel tipo, y por qué le habían censurado. ¿Un pariente? ¿un amigo? ¿un ex-amante? Aunque parezca absurdo, esa última idea no dejaba de resultarme incómoda y además me sentía como un mísero voyeur, así que opté por guardar la foto en su sitio y olvidarme del asunto. 
Al devolver el estuche al montón localicé lo que realmente estaba buscando: el teléfono móvil que la chica había usado tras el ataque del helicóptero. Para mi decepción (otra más) el terminal estaba apagado y protegido por una contraseña de siete dígitos. Vamos a ver, me dije, si yo fuese una psícopata violenta y con tendencias antisociales ¿qué contraseña eligiría? Decidí probar con "Pandora", pero sólo obtuve por respuesta un aviso de error y la advertencia de que me quedaban dos intentos antes de que el móvil se bloquease por motivos de seguridad, así que lo volví a dejar en su sitio e intenté acomodarme lo mejor posible en el ángulo formado entre la borda y la cubierta. Mi mirada fue pasando de mi acompañante al misterioso maletín y por último hacia arriba, hacia aquel extraño cielo sin estrellas iluminado por un sol mortecino que nunca terminaba de ocultarse tras el horizonte, acompañado ahora de una luna del mismo color que un pegote de sangre coagulada. Casi sin darme cuenta me fui quedando dormido hasta que algo me trajo bruscamente de vuelta al mundo real. No sabía cuanto tiempo había pasado desde que había cerrado los ojos, y no tenía forma de averiguarlo, pero no creía que fuesen más de quince o veinte minutos, porque todo seguía exactamente igual. Tras comprobar que mi acompañante seguía bien eché un vistazo a nuestro alrededor. La pasarela conectaba con un estrecho sendero que se perdía tierra adentro más allá de una espesa maraña de árboles y arbustos. Sin embargo, me pareció percibir un resplandor no muy lejano al otro lado, así como un sonido intermitente que bien podía ser música. Cazadores aparte, era lo más parecido a una señal de presencia humana que había encontrado en todo el día, por lo que decidí acercarme a echar un vistazo. Por si acaso, antes de irme recogí la linterna y la pistola, aunque confiaba en no tener que utilizarlas, en especial la segunda.
El camino era relativamente cómodo y accesible, aunque estaba claro que hacía mucho que nadie transitaba por el mismo. Una vez hube atravesado el bosquecillo divisé un edificio que tenía todo el aspecto de ser un viejo hotel rural, aunque a juzgar por las puertas tapiadas y el estado de abandono de la vegetación circundante daba la impresión de llevar mucho tiempo fuera de servicio, impresión desmentida por el hecho de que las luces del exterior estaban encendidas, y que era de ahí de donde venía la música que me había despertado y que ahora podía reconocer como "Moonlight Serenade", un viejo tema de la Glenn Miller Orchestra. Tras empuñar la Glock fui rodeando el edificio con cuidado hasta llegar a una terraza descubierta donde, para mi sorpresa, me encontré a un individuo enfrascado en una solitaria partida de ajedrez, tan concentrado en la misma que no parecía darse cuenta de mi presencia, por lo que pude inspeccionarle a mi antojo. Era alto, moreno, delgado sin llegar a ser esquelético, más bien en buena forma. Lucía barba de un par de días y llevaba el pelo, negro y un poco más largo de la cuenta, revuelto y encrespado aunque eso no disminuia lo más mínimo su atractivo (que lo era, y mucho, tanto que por un momento me alegré de que Pandora no estuviese presente para hacer comparaciones odiosas). Iba vestido con un abrigo azul oscuro de corte marino, con el cuello subido para protegerse de la fría brisa nocturna. Bien mirado la situación no dejaba de ser absurda, conmigo apuntando a aquel tipo que, por su parte, parecía empeñado en ignorarme.
- No es lo mismo - me dijo de repente, aunque en realidad daba más bien la impresión de estar hablando para sí.
- ¿El qué?
- El juego. Sin otro jugador, no es lo mismo. Si yo muevo todas las fichas, ¿qué más da quién gane o pierda?
- ¿Con qué fichas juegas?
- Con las blancas.
- Vale. Pues cuando vayas ganando, dale la vuelta al tablero e intenta jugar con las negras, a ver si eres capaz de invertir la situación sin hacer trampas.
El sujeto pareció sinceramente interesado por la idea. Antes de que retornase a su mutismo inicial, me apresuré a preguntarle:
- ¿Nos conocemos?
- ¿Por qué piensas que nos conocemos?
- No lo sé. Es que parece que no te sorprende lo más mínimo verme por aquí.
- La cuestión no es si yo te conozco - replicó el misterioso individuo -, la cuestión es si tu te conoces a ti mismo. Sé que has tenido un día muy extraño. Sé que piensas que todo a tu alrededor está equivocado. Y sé que te planteas la posibilidad de abandonar a tu acompañante para seguir tu propio camino. Sin embargo, deja que te tranquilice: hay una lógica intrínseca en el caos. Estás en el lugar y con la persona correctos. Y muy pronto encontrarás la respuesta a muchas de las preguntas que te estás haciendo, aunque puede que no a todas, y puede que algunas de ellas sólo te generen a su vez más interrogantes.
- ¿Te importaria hablarme claro y dejar de hacerlo en acertijos? - insinué, molesto, pero él se nego a darse por aludido y contraatacó con otra pregunta fuera de lugar:
- ¿Qué tal se te da el ajedrez?
- No lo sé. La verdad, no me acuerdo.
- Es un juego interesante. El objetivo es acorralar al Rey del contrario hasta hacerle jaque. Este, a su vez, puede usar todas sus piezas para protegerlo a la vez que va a por el tuyo. Visto así, da la impresión de que el Rey es la pieza más importante del tablero, aunque en realidad, estratégicamente hablando, no vale gran cosa y para su seguridad depende de todas las demás piezas, en especial de la Reina la cual, en cambio, es fundamental. Para proteger al Rey, puede moverse y comer en todas las direcciones. Por eso la mayoría de jugadores se resisten a ponerla en peligro de forma innecesaria. Sin embargo, un buen estratega sabe que a veces, para ganar la partida, al final es necesario sacrificar a la Reina - sentenció, arrojándome la figura de la Reina negra para que la cogiese al vuelo. Por algún motivo, toda aquella charla sobre el ajedrez y la necesidad de sacrificar piezas no me gustaba. Daba la impresión de que el desconocido estaba estableciendo un siniestro paralelismo entre el juego, mi persona y la de mi acompañante. ¿Era ella la Reina? ¿Quién dependía de quién? Los dos nos habíamos cubierto las espaldas mutuamente, y pese a sus pretendidos aires de autosuficiencia, parecía reacia a separarse de mí. Apenas la conocía y, sin embargo la idea de que sufriese algún daño me resultaba insoportable. Pero antes de que pudiese hacerle más preguntas al enigmático jugador de ajedrez, un sonido familiar distrajo mi atención. Era un cuervo negro, muy parecido - tal vez el mismo - al que me había graznado de camino, poco antes de llegar al embarcadero. Aunque parezca imposible, juraría que el maldito pajarraco me observaba con aire burlón e incluso su aleteo tenía una extraña cualidad humana, como si se estuviese riendo de mí. Cuando volví la vista al frente mi interlocutor había desaparecido sin dejar ni rastro; y lo había hecho de forma tan rápida y silenciosa que hubiese podido pensar que toda la escena no había sido más que un mal sueño, de no ser por la pieza de ajedrez que sostenía firmemente apretada en mi mano izquierda.

(Continuará...)

Para los interesados en releer la historia, aquí dejo el enlace directo a las entregas anteriores de la misma:

Un mal lugar donde perderse

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

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