Una noche en Miskatonic / 04



- Vale – aceptó la chica, escribiendo sobre la hoja con un trazo ágil y decidido. 
- ¡Venga ya! ¿En serio? - exclamó Ruthven al recoger el papel -. ¿Es que de dónde vienes no conocéis las vocales? Si no te importa te llamaré Ras, por abreviar. Pues nada, señorita. Ya sabes que no puedes llevar nada contigo al interior del círculo, así que ropas fuera. Es curioso, pero ahora que lo pienso, en otras circunstancias esta conversación podría terminar conmigo encerrado de por vida en una prisión federal por corrupción de menores. 
- ¿Serías tan amable de darte la vuelta y no mirar? - solicitó la joven, con un atisbo de timidez impropio de ella. 
- Lo que me faltaba por ver: un demonio vergonzoso. ¿Quieres también que salga de la habitación o basta con que me tape los ojos? - ironizó el bibliotecario, recibiendo a cambio una feroz mirada de advertencia -. Vale, vale, ya me callo. Y yo pensando que el infierno sería un sitio más divertido. Que decepción – añadió, mientras escuchaba a sus espaldas el ruido que hacían las prendas al deslizarse y caer al suelo, y el sonido de pies descalzos caminando a través de la estancia. Poco después la chica anunció: 
- Ya está. 
- Muy bien – aceptó Ruthven, girando sobre sí mismo, sólo para encontrarla sentada en medio del diagrama, con las piernas dobladas y las rodillas abrazadas contra el pecho. 
- Date prisa, por favor. Me estoy congelando. 
- Puedo ser rápido o puedo hacerlo bien. Tú misma. 
- Sabes, mago, cada segundo que pasa me arrepiento más y más de todo esto. 
- ¿Si? Pues ya es demasiado tarde para echarse atrás – replicó este, comenzando a leer el texto en voz alta. Su alemán estaba muy oxidado, pero por suerte había leído ese pasaje varias veces y casi podía recitarlo de memoria. Sin embargo, a medida que avanzaba y no obtenía respuesta alguna comenzó a preocuparse y por un momento sopesó la terrible posibilidad de que algo hubiese salido mal. Gracias a los dioses antiguos, en ese preciso instante una columna de luz comenzó a formarse alrededor del diagrama, haciéndose más y más densa hasta ocultar casi por completo la silueta de su ocupante, aunque no lo suficiente como para disimular los cambios que la misma estaba sufriendo. 
Cuando todo terminó, ella seguía ahí, pero ya no era exactamente igual, sino más alta, mucho más hermosa y al menos diez años mayor. De hecho, era tan hermosa que parecía el sueño depravado de algún pintor prerrafaelita. Casi hacía daño a la vista y, sin embargo, era imposible dejar de mirarla. La chica se puso en pie, admirándose a sí misma, mientras probaba su nuevo cuerpo con una satisfacción aderezada con no pocas dosis de arrogancia. 
- Me pregunto si alguien tan ingenioso como tú no tendrá también una frase adecuada para este momento – insinuó la joven, dirigiéndole al hombre una sonrisa burlona. 
- Pues sí. Espero que lleves ropa de tu talla en la mochila, porque me da que la que traías puesta ya no te va a servir. 
La joven se rió, con un sonido que parecía el tintineo de una orquesta de campanillas de plata y que a Ruthven le hizo pensar en aquellos cantos de sirena que estuvieron a punto de causar la perdición de Ulises y sus tripulantes durante el viaje de regreso a Ítaca. 
- ¿Ahora vas a decirme que no te tiento, ni siquiera un poquito? - insistió ella, girando sobre sí misma para que el bibliotecario pudiese contemplar hasta el último centímetro de su espléndida anatomía. 
- Al contrario, querida. Me tientas muchísimo, pero mi padre siempre fue muy claro al respecto: nada de liarse con mujeres casadas, menores de edad o vampiros sexuales. Que luego todo son problemas.
- Ay, mago. Aunque parezca mentira, creo que al final voy a echar en falta tu extraño sentido del humor – dijo la joven, deslizando sus manos sobre el pecho del hombre en un gesto que era cualquier cosa menos inocente -. Has cumplido con tu parte, y te lo agradezco. Por eso, deja que te haga una advertencia: estás en peligro. Algo de tu pasado regresa para ajustar cuentas. 
- ¿Y ya está? ¿Eso es todo? Pues menuda predicción de mierda. Me han echado mejor las cartas con una baraja cutre en alguna feria itinerante de medio pelo. 
- No es culpa mía. Me gustaría ayudarte, pero has renunciado expresamente a mis servicios. Así y todo, puedes pedirme el favor, pero en ese caso tendría que cobrármelo. Son las reglas. Tú lo sabes mejor que nadie – susurró la joven al oído de Ruthven, provocándole escalofríos de placer con el simple roce de su aliento sobre la piel. Este tuvo que cerrar los ojos y apelar a toda su fuerza de voluntad para reprimir el impulso de abrazarla y hacerle el amor como si le fuese la vida en ello, lo cual – irónicamente – no dejaba de ser cierto. 
- Qué lástima – dijo ella, divertida ante su resistencia -. Otra vez será, pues. Hasta la vista, mago.
Cuando volvió a abrir los ojos de nuevo, estaba sólo. Casi hubiera podido pensar que todo había sido un producto de su imaginación de no ser por el diagrama dibujado en el suelo y una sensación como de fuego líquido allí donde los labios del súcubo habían acariciado la superficie de su cuello. Con un suspiro de resignación, Ruthven se encaminó hacia el exterior, donde Fulton comenzaba a recuperar la consciencia. Para evitar una situación incómoda, el bibliotecario apretó el paso en dirección a la salida, mientras pensaba en lo interesante que sería la reunión del próximo viernes, cuando sus colegas le preguntasen que tal había pasado el fin de semana y respondiese: “Muy bien. Tuve que ayudar a un demonio a liberarse de una maldición que le retenía en este plano desde hacía años. Supongo que ahora mismo lo estará celebrando consumiendo hasta la muerte a algún pobre desgraciado a base de sexo salvaje”. Sonriendo a su pesar, consultó su reloj de muñeca. Casi las doce y media. Si se daba prisa podría llegar a su casa a tiempo de ver al menos la primera mitad de “El experimento del doctor Quatermass” antes de que Lía hiciese su aparición para ponerle las esposas y llevarle a pasar el resto de la noche a comisaría. Tras subirse el cuello de la chaqueta y meter las manos en los bolsillos, Ruthven atravesó el parking en dirección a su Volvo mientras tarareaba en voz baja el estribillo de “Bad Moon Rising” de la Credence. 
Después de todo, se dijo, no había sido una noche tan mala.

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