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Una noche en Miskatonic / 01


Con afecto para Sonia, que hizo que Adrián Ruthven saliera del baul de los proyectos olvidados y se convirtiera en un personaje de carne y hueso.

Ruthven era una persona de rutinas. Según una tradición que se remontaba a sus primeros años como profesor en Miskatonic, la noche del viernes era la noche de la tertulia, cuando varios compañeros de la universidad se reunían en el Colonial para jugar al billar, intercambiar anécdotas sobre el trabajo o escuchar sus inverosímiles historias con una mezcla de asombro y escepticismo a partes iguales. Sin embargo, esa noche el bibliotecario jefe de la universidad Miskatonic habia dedicido quedarse en casa para visionar un maratón de películas clásicas de la Hammer que emitían por el cable. Además, para evitar molestas interrupciones, había avisado en su perfil de Facebook que no estaría disponible para nadie, tras lo cual había apagado tanto su ordenador como su teléfono móvil. Por eso no dejó de extrañarse cuando sonó el timbre de la puerta de entrada, justo cuando se dirigía a sentarse en su sillón favorito acompañado de un bote de Pepsi y un bol de palomitas.
Molesto – y algo intrigado – el profesor abrió la puerta dispuesto a deshacerse cuanto antes de su  inoportuno visitante el cual, para su sorpresa, no era ninguno de sus conocidos habituales, sino una jovencita de aspecto fragil y edad indeterminada, en ningún caso superior a la quincena, que le observaba con un interés no exento de cierto descaro. Llevaba el pelo, muy corto y de color rojizo, recogido en una informal coleta sobre la nuca, pero al contrario de la mayoría de las pelirrojas que había conocido Ruthven, apenas tenía pecas sino que su piel era de un atractivo tono moreno natural. Vestía una parka verde oliva con capucha de estilo militar acompañada de unos raidos vaqueros y unas gastadas zapatillas Converse de baloncesto, además de una mochila al hombro repleta de parches y pegatinas ilustrados con los más variados cantantes y actores de moda.
- El profesor Ruthven, supongo – afirmó, más que preguntó la chica, con un aplomo y seguridad en sí misma que le hacian parecer mayor de lo que posiblemente era.
- ¿No eres un poco joven para ser una de mis alumnas? - inquirió este, curioso.
- Eso es porque no soy una de sus alumnas. Pero me han asegurado que usted es la única persona que puede ayudarme con mi problema.
- No importa lo que te haya podido contar tu madre – repuso Ruthven, repentinamente alarmado -. Tu y yo no somos parientes. Te lo aseguro. Según todas las pruebas y análisis soy completamente esteril.
- Interesante – dijo la joven -. Utiliza el humor como mecanismo de defensa para ganar tiempo mientras evalua la situación. Me lo habían advertido, pero siempre es más divertido comprobarlo en primera persona.
- Perdona, pero ¿cómo has dicho que te llamas?
- No lo he dicho.
- Vale, pues como te llames, si te pasas por mi despacho a partir del lunes estaré encantado de atenderte, pero ahora mismo estoy muy ocupado...
- No es verdad. Debería darle vergüenza, mentirle de esa manera a alguien que ha venido desde tan lejos para pedirle ayuda.
- Eres una jovencita muy descarada.
- Y usted, un pésimo mentiroso – replicó la chica, tendiéndole a Ruthven un arrugado sobre que había extraido de uno de los bolsillos de su parka. Algo receloso, el investigador lo cogió con cuidado, un cuidado que se iba transformando en interés y finalmente en desánimo a medida que iba leyendo la nota que guardaba en su interior.
- Bueno, supongo que, después de todo, me voy a perder "Las cicatrices de Drácula". ¿Puedo al menos entrar a coger las llaves y la chaqueta antes de irnos?
- Por favor. Como si estuviera en su casa – concedió su visitante, claramente satisfecha.

Apenas cuarenta minutos después, Ruthven estacionaba su viejo y baqueteado Volvo en su plaza oficial de aparcamiento como profesor titular en Miskatonic. A esas horas de la noche el edificio principal estaba cerrado al público, aunque todavía se veían numerosas luces encendidas en el vestíbulo y la mayoría de las ventanas que daban a la fachada de corte victoriano.
- Muy bien, antes de seguir adelante vamos a dejar unas cuantas cosas claras – dijo Ruthven -. A partir de aquí yo mando y tú obedeces. Si nos encontramos con alguien, limítate a cerrar la boca y asentir con la cabeza a todo lo que yo diga. ¿Está claro?
- ¡Señor, sí, señor! - aceptó la joven, poniéndose firme al tiempo que hacia chocar entre sí los talones de sus deportivas. Ruthven se dió la vuelta y se encaminó hacia la gran puerta de entrada mientras refunfuñaba en voz baja algo ininteligible acerca de la importancia del respeto y la juventud descarriada.
- ¿Así que esta es la famosa universidad Miskatonic? Me la había imaginado distinta. Más gótica y siniestra, como en un relato de Lovecraft.
- Lamento decepcionarte. De todas formas, esta es sólo la parte antigua – explicó el bibliotecario -. Hace años se utilizaba también como aulario, pero desde la ampliación ha quedado reservada para uso administrativo y departamental, además de alojar las oficinas centrales de la universidad, seminarios, laboratorios, salas de conferencias, y otras actividades por el estilo. Y también está la biblioteca, por supuesto. Al menos, una de ellas.
- ¿Es que hay más de una? – preguntó la chica, arqueando la ceja derecha en señal de desconcierto.
- En realidad, hay dos. Está la parte abierta al público, donde se alojan la sala de lectura y la sección de préstamo y consulta para los alumnos. Y luego está la seción de acceso restringido, sólo para investigadores, que se conserva aquí, en los sótanos del antiguo edificio, más vigilada y protegida. Y ahora, si no te importa, la visita guiada tendrá que esperar – concluyó Ruthven, mientras extraía un pesado manojo de llaves de su bolsillo. El inmenso vestíbulo de entrada de la universidad se hallaba completamente desierto y en penumbra, a excepción de la garita del vigilante nocturno. Dos amplios pasillos se extendían a izquierda y derecha, mientras que al fondo arrancaba una escalera monumental de mármol que permitía a los visitantes acceder hasta la planta superior dónde se encontraban la mayor parte de despachos y seminarios, incluido el suyo.

(Continuará...)

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

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