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Una noche en el cementerio / 02


           
       Ruthven masculló algo en voz baja que podría haber sido una maldición o no y echó a correr, seguido de cerca por la joven. A lo lejos la anomalia se había estabilizado sobre una zona concreta del cementerio: un conjunto de viejos mausoleos entre los cuales se hallaba el panteón de la familia Randall, una antigua construcción de piedra y marmol de estilo grecorromano sobre cuya entrada una inscripción en latín arcaico rezaba "Todas hieren, y la última mata". Incluso a esa distancia Lia pudo distinguir una difusa silueta de pie junto al edificio, muy alta y delgada, vestida de negro, antinaturalmente pálida y con los ojos enrojecidos y enmarcados por profundas ojeras. Randall Munroe. El hombre sonrió al verlos acercarse y la joven pensó que aquella sonrisa era aun más horrible que la expresión vacia del principio. Apuntó la Remington en un intento por calcular si a esa distancia podría incapacitarle con un impacto no mortal, pero antes de que pudiese siquiera acariciar el gatillo Ruthven empujó el cañón del arma hacia el suelo.
    - ¡Quieta! ¡Ni se te ocurra!
    Una exclamación de protesta murió en los labios de la chica al observar el extraño comportamiento de su compañero. El bibliotecario se había puesto en cuclillas, examinando el espacio frente a ellos, para a continuación recoger un guijarro del suelo y lanzarlo hacia delante con todas sus fuerzas. La piedra voló un par de metros, frenó en seco y cayó al suelo como si su impulso se hubiese agotado de golpe.
    - Barrera protectora. Es mejor que no dispares contra ella.
    - Estoy segura de que un par de cartuchos del dieciseis pueden atravesarla.
    - Olvídalo. La magia se basa en la manipulación de energía, como la cinética que impulsa los perdigones. Lo mismo te puede explotar en la cara que devolvérnoslos multiplicados por un millón.
    - Hazle caso a Adrián, cariño. Él sabe de lo que habla – apostilló Munroe, con sorprendente buen humor, acercándose a poca distancia de la barrera -. Un buen truco, ¿eh? Parece que después de todo no fui tan mal alumno.
    - Puede que si, Randall. Pero que yo te enseñara todo lo que sabes no significa que te enseñase todo lo que sé.
    - Adrián Ruthven y sus resultones juegos de palabras. Mentiría si no te dijese que los he echado de menos. Sin embargo, me temo que estás un poco anticuado. Ahora tengo otro mentor.
    - ¿Otro mentor? ¿Quien?
    - Sssssssh, Adrián – respondió el otro hombre, poniendo el dedo índice delante de los labios –. No desvelemos todas las sorpresas de golpe, ¿no te parece?
    - Randall, lo que estás a punto de hacer es una locura por tantos motivos que no sé ni por dónde empezar – cambió de tercio Ruthven, en un vano esfuerzo por distraer al otro hombre -. Incluso suponiendo que funcione y consigas traer a Krista de vuelta... o una réplica aceptable de ella... ¿como evitarias que volviese a suicidarse? ¿Recortando su libre albedrío? ¿Convirtiéndola en una muñeca de juguete?
    - Me sorprendes, Adrián – repuso Randall, repentinamente serio -. Sólo por una oportunidad entre un millón merece la pena intentarlo. Pensé que tú lo comprenderías mejor que nadie.
    - Lo comprendo. Pero sigo pensando que es una mala idea.
    - Ah, amigo mío. Siempre tan... prosaico. Hubiese preferido que no estuvieses aquí, pero si te quedas al margen durante unos minutos no me veré obligado a tener que mataros. O algo peor – Randall consultó su reloj de muñeca -. Casi es la hora. Tengo que dejaros, pero en seguida estaré con vosotros. Entretanto, poneos cómodos y disfrutad del espectáculo – añadió el hombre, alejándose en dirección al panteón mientras Lia le observaba, frustrada, con el arma entre las manos.
    - Vamos a ver si lo he entendido: no puedo entrar a detenerle, ni pegarle un tiro. Pues tú dirás, porque a estas alturas ya me siento un poco inutil.
    Ruthven meditó rápidamente mientras rebuscaba por todos sus bolsillos extrayendo varios objetos a cual más pintoresco, como amuletos o bolsitas de plástico de diversos tamaños.
    - Muy bien, muy bien, no nos pongamos nerviosos. ¿Llevas bidones extra de gasolina en tu coche?
    - Si, un par de cinco galones cada uno.
    - Traelos. ¿Y sal? ¿Tienes sal? No hace falta que sea de cocina, de hecho cuanto más pura mejor.
    - ¿Para qué...? No, dejalo. Hay un saco en el maletero. Para las heladas.
    - ¡Estupendo! Traetelo también – ordenó Adrián, mientras comenzaba a espolvorear un polvillo gris alrededor de la barrera invisible. La joven refunfuñó, molesta, pero finalmente se alejó para seguir las instrucciones de su compañero. No habían pasado cinco minutos cuando Lia regresó sudando bajo el peso de los bidones y el saco de sal.
    - Tu tranquilo, ya cargo yo con todo. ¿Qué se supone que hay que hacer con esto?
    - Haz un círculo de sal alrededor de la barrera siguiendo la linea de cenizas y procura que sea continuo, sin saltos ni interrupciones.
    - Y todo esto va a servir para... - interrogó la joven, cada vez más confundida.
    - Vamos a convertir su hechizo de protección en otro de contención. Dicho de otra manera, ya que no podemos entrar, vamos a dejarle encerrado ahí dentro. Igual resulta que este perro viejo todavía tiene un par de trucos en la manga, después de todo – añadió Adrián, acompañando sus palabras de una risilla malévola -. Ah, y ya que estamos, ponte uno de estos – dijo, tendiéndole a la chica un amuleto ambarino con un intricado arabesco grabado en su superficie.
    - ¿Para qué sirve?
    - Tal vez para nada, tal vez te salve el pellejo, nunca se sabe. Pero nunca se está demasiado protegido. Ya puestos, deberíamos descalzarnos.
    - ¿Tú te escuchas alguna vez cuando hablas? - replicó Lia, sin dejar de esparcir sal por el terreno.
    - Bueno, este tipo de magia primordial funciona mejor si se está en contacto directo con la tierra... por cierto, ¿no estarás con el periodo? Porque el ciclo femenino puede provocar interferencias con... vale, vale, ya me callo – se interrumpió Ruthven, intimidado por la iracunda mirada que le lanzó la policía. Al cabo de un rato los dos se reunieron a poca distancia de la entrada del mausoleo.
    - ¿Y ahora qué? - insistió la joven, impaciente.
    - Mi parte favorita: esperar – contestó su acompañante, encogiéndose de hombros.
    - Genial. A este paso me vuelvo a casa sin dispararle a nada... - protestó la policía, mientras comprobaba el cargador de la Remington. Las ventanas del mausoleo estaban iluminadas con una luz vacilante y espectral y Lia creyó oir una voz masculina arrastrada por el viento que recitaba frases sin sentido en un idioma alienígena repleto de consonantes y que no parecía hecho para ser pronunciado por una garganta humana. Súbitamente la atmósfera pareció cargarse de electricidad. Era como si la noche entera aguantase la respiración, tan expectante como Ruthven y su compañera. En algún lugar no muy lejano un coro de chotacabras rompió a graznar con un sonido casi humano, similar al de niños pequeños atormentados.
    - ¿Qué pasa? - inquirió la chica, segundos antes de que el mausoleo saltase por los aires, alcanzado por otro de aquellos antinaturales rayos que casi parecían animados por alguna clase de energía vital. Lia estuvo a punto de arrojarse instintivamente al suelo, pero la barrera de contención de Ruthven amortiguó la mayor parte de la onda expansiva, incluido el sonido, dándole así a la escena una extraña textura, como de película muda. La grieta sobre sus cabezas se hizo más y más grande al tiempo que extrañas formas bullian al otro lado pugnando por abrirse camino.

(Continuará la próxima semana).

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