Una noche en el cementerio / 01

Con afecto para Sonia, que hizo que Adrián Ruthven saliera del baul de los proyectos olvidados y se convirtiera en un personaje de carne y hueso.



    - ¡Tienes que venir conmigo ahora mismo! Es una cuestión de vida o muerte.
    Lia McIntire parpadeó, confusa, mientras hacía un esfuerzo por despejar la cabeza e identificar la figura borrosa plantada en medio del recibidor de su casa. Alto, casi un metro noventa, moreno, despeinado y con barba de un par de días, aspecto vulgar y anodino salvo por una sinuosa cicatriz sobre la ceja izquierda. Vestía unos gastados vaqueros azules acompañados de una americana de pana y una camiseta gris llena de manchas y pequeños agujeros. Incluso a esas horas de la noche, su cerebro tardó menos de una fracción de segundo en procesar la información y proporcionarle un nombre.
    - Adrián Ruthven. ¿Te das cuenta de que son las tres de la madrugada?
    - Creeme, no te molestaría si no fuese importante. Tenemos que irnos YA – recalcó Ruthven, impaciente.
    - Voy a hacerte un gran favor – replicó la joven, cada vez más despierta -. Voy a volver a la cama, a dormirme e intentar olvidar que has estado aquí hasta mañana a las diez de la mañana. Pasate por mi oficina a esa hora y ya veremos que puedo hacer por tí, ¿de acuerdo?
    - Callate y escuchame: no tenemos tiempo. Si no nos damos prisa, alguien va a morir. ¿Lo entiendes? Morir. Sterben. Meurent. Morire. Mirti. ¿Vas a hacerme caso, sí o no?
    Lia vaciló. Hacía años que conocía al bibliotecario jefe de la Universidad de Miskatonic. Ruthven podía ser un sujeto misterioso, fuera de lo común y extravagante, pero no se caracterizaba por su sentido del humor ni por hablar a la ligera.
    - Esta bien – aceptó, finalmente -. Dame cinco minutos.
    - Sesenta segundos. Ni uno más.
    La chica puso los ojos en blanco al tiempo que dejaba escalar un prolongado suspiro. De regreso a su habitación, cambió su pijama de Betty Boop por el uniforme de Jefe de Policía de la ciudad de Arkham y extrajo su arma reglamentaria de una caja fuerte escondida en el armario. Tras comprobar que el revolver estaba cargado y tenía el seguro puesto, bajó a reunirse de nuevo con Ruthven.
    - Muy bien. Espero no tener que arrepentirme de esto. ¿Quien está en peligro?
    - No tengo ni idea.
    - Adrián... - comenzó a decir Lia, con tono amenazador.
    - Pero tengo una idea aproximada de dónde y cuando va a ocurrir y tenemos que llegar ahí cuanto antes.
    - ¿Llegar adónde?
    - Al cementerio.
    - Como no. Eso me pasa por preguntar.
    El auto patrulla de Lia estaba aparcado frente a la casa, en la rampa de entrada del garaje. La agente descartó encender la sirena ya que a esas horas las calles de Arkham estaban desiertas, pero por si acaso conectó las luces de emergencia del techo.
    - Muy bien. Empieza a hablar.
    - Es Randall. Quiere traer a su mujer de vuelta.
    - Su mujer está muerta.
    - Lo sé. Asistí al funeral. Maldita sea – masculló Adrián, golpeando el cristal con los nudillos -. Sabía que era demasiado pronto, pero no dejaba de insistir en que ya estaba mejor y quería volver al trabajo, cuando lo que buscaba en realidad era poder entrar en la sección restringida.
    - ¿Qué tiene que ver eso con...? No, espera, no me lo digas. Supongo que en Miskatonic tenéis alguna receta para resucitar a los muertos.
    - En realidad, más de una.
    - No quiero ofenderte, ya sé que es tu trabajo, pero creo que a esta ciudad le iría mucho mejor sin esa maldita biblioteca. Si nos dieran un dolar por cada chiflado que ha venido aquí a buscar el manual del fin del mundo ya seríamos más ricos que Nueva York.
    - Si, bueno, no era eso exactamente lo que Randall buscaba, pero el efecto final puede ser el mismo. Al final de la calle tuerce a la izquierda y dobla por la cuarta. Llegaremos antes – añadió Ruthven, mientras se colocaba un cigarrillo en la boca y encendía su Zippo.
    - Ah no, ni se te ocurra. En este coche no. Y deberías dejarlo. Esa mierda te matará.
    - Estar vivo me matará – repuso Adrián, encogiéndose de hombros.
    - Tú mismo. Esta bien, Randall quiere jugar al doctor Frankenstein. Eso puede ser motivo para encerrarle en el sanatorio de Arkham, pero ya me dirás con que cargos le detengo: ¿profanación de tumbas o alteración del descanso de los difuntos?
    - Ojalá fuera tan sencillo – dijo el bibliotecario, sonriendo a su pesar.
    - Pues explícamelo.
    - No tenemos tiempo. ¿Seguro que este cacharro no puede ir más rápido?
    - Puede alcanzar los 180 por hora, pero sólo si tus explicaciones me satisfacen. En caso contrario pararé para hacerte un control antidrogas.
    - Zorra.
    - Friki.
    - Muy bien – claudicó Ruthven -. Para empezar Krista... la mujer de Alan... fue incinerada. No tiene un cuerpo que resucitar, así que su única opción es traer su Chí de vuelta e introducirlo en otro anfitrión. Pero como dos objetos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio, la fuerza vital de la víctima se considera parte del pago por la transacción.
    - Pero entonces nadie muere. Sólo se trataría de un secuestro.
    - ¿Hola? ¿Me estás escuchando? Para recuperar a Krista tiene que borrar la personalidad de otra persona. A efectos prácticos eso es como matarla. Con todo, eso no es lo peor.
    El auto patrulla enfiló la avenida Poe, completamente desierta a esas horas de la noche. Lia conocía aquellas calles como la palma de su mano, pero nunca le habían parecido tan siniestras y amenazadoras como en ese momento, oyendo las palabras de Ruthven.
    - No sé si quiero saberlo, pero ¿qué puede haber peor que eso?
    - El Chí de los suicidas se mueve a lo largo de una estrecha franja al límite del subespacio poblada por toda clase de criaturas: vampiros estelares, demonios menores, parásitos ectoplásmicos, cosas así. Es como echar el anzuelo en una piscina llena de pirañas y esperar atrapar una trucha. Ni siquiera yo me atrevería a intentar algo semejante, y tengo mucha más experiencia que Randall. Si se equivoca y trae de vuelta lo que no debe, puede provocar muchos, muchísimos problemas. Esos demonios menores son especialmente duros y correosos, además de sentir una inclinación natural por la dieta de carne humana, pero podríamos manejarlos con algo de fuego y plata. Creo. Sin embargo...
    - ¿Sin embargo qué? Termina la frase – exigió la joven, cada vez más inquieta.
    - Hay otras cosas que acechan en el subespacio. Dioses primigenios. Criaturas de maldad pura con un hambre y una paciencia infinitas. Vagan a través de los planos dimensionales buscando una puerta o un resquicio, por pequeño que sea, que les permita regresar a este nivel de la realidad. Si eso llegase a ocurrir... - Ruthven hizo una breve pausa para dar mayor énfasis a sus siguientes palabras -... bajariamos de golpe un peldaño en la cadena alimenticia. Una vez aquí esos seres no están sujetos a las mismas leyes físicas que nosotros. No hay nada en este universo que pueda hacerles daño, ni siquiera incomodarles lo más mínimo. El primero de ellos que lograse entrar terminaría de abrir el portal para que pasasen el resto de sus compañeros. Después comenzaría el buffet libre. Pero eso es sólo una posibilidad – añadió rápidamente Adrián, en un vano esfuerzo por tranquilizar a su acompañante – y lo más probable es que Randall ni siquiera sea capaz de hacer funcionar la invocación.
    - Me dejas mucho más tranquila – masculló Lia -. Perdona que te lo diga, no quiero parecer una persona retrogada ni intolerante, pero todo ese rollo vudú tuyo me pone de los nervios.
    - No es vudú. Y tampoco es mi rollo – replicó Ruthven, haciendo ademán de encender otro cigarrillo y pensandoselo mejor. Acababan de llegar su destino. La joven detuvo bruscamente el vehículo junto a la verja doble de entrada y se apeó, no sin recoger su escopeta de corredera del soporte que a tal efecto había entre los dos asientos delanteros.
    - No tengo la llave del candado, así que antes de seguir adelante espero que estés bastante seguro de todo esto – dejó caer la agente. En eso, una grieta color rojo sangre se abrió en el oscuro cielo nocturno, acompañada de un relámpago que sacudió el suelo e hizo saltar todas las alarmas de los coches cercanos, pero que en vez de desaparecer permaneció ahí, retorciéndose en el aire como un gran gusano incandescente.
    - Razonablemente seguro, sí -. Asintió el bibliotecario, con su mejor expresión de "Ya te lo dije". La joven suspiró y, tras introducir la escopeta entre las vueltas de la cadena que aseguraba la verja, efectuó un brusco movimiento de torsión para romperla y terminar de abrir de una patada.
    - Vamos allá.
    - Las damas primero.
    - Mi héroe – ironizó Lia, amartillando la Remington.  
    - ¿Qué pasa? Yo soy el cerebro del equipo, tú sólo estás aquí para guardarme las espaldas.
    - No me digas. Pues ten cuidado ahi delante, "cerebro", no vaya a ser que se me escape un tiro.
(Continuará la próxima semana)





© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

Comentarios