Ray Bradbury, el cronista de Marte (1)

"Nadie hubiera creído en los últimos años del siglo XIX que las cosas humanas fueran escudriñadas aguda y atentamente por inteligencias superiores a la del hombre y mortales, sin embargo, como la de este; que mientras los hombres se afanaban en sus asuntos fuesen examinados y estudiados casi tan de cerca como pueden serlo en el microscopio las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua". Desde que H. G. Wells escribió esas palabras en las primeras líneas de La guerra de los mundos, Marte y sus hipotéticos habitantes se han convertido en uno de los recursos favoritos del género que se ha sabido reciclar como pocos con el paso de los años. Desde Edgar Rice Burroughs hasta Kim Stanley Robinson, pasando por Edwin L. Arnold, Stanley G. Weinbaum o Isaac Asimov, muchos han sido los escritores que se han sentido atraidos por la magia y el misterio que encierran los desiertos arenosos del planeta rojo. Sin embargo, de entre toda esa lista de nombres ilustres destaca por méritos propios el de Ray Bradbury que consiguió crear con sus Crónicas marcianas uno de los hitos de la literatura universal, que cautivó incluso a un gourmet de lo fantástico como era Jorge Luis Borges: "¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima?". Los relatos que componen esta antología conforman un fascinante fresco que recrea la exploración, conquista y colonización del planeta Marte por parte de los colonos terráqueos. Sin embargo, aunque en ellos aparezcan marcianos, robots y cohetes, no es el aspecto científico lo que interesa a su autor, sino el humano. Bradbury no escribe sobre máquinas y tecnología, sino sobre personas y sentimientos: el espíritu aventurero, la capacidad de asombro ante lo desconocido, la indefensión del hombre ante un universo hostil que le supera, o el recelo ante un futuro gris, frío y deshumanizado que amenaza con extinguir la llama de la cultura, el arte y la libertad humanas. Curiosamente para un escritor de ciencia-ficción, en la obra de Bradbury alienta una profunda desconfianza hacia la ciencia y sus avances y frente a ella, el autor se refugia en el pasado, en la nostalgia, en el refugio seguro que conforma la esencia más auténtica del American way of life: los campos de trigo meciéndose bajo la fuerza del viento, el olor de la tarta de manzana, la risa de los niños, Poe y todos los clásicos, la sonrisa de una bella mujer mientras se aparta el flequillo del rostro para mirarte. Tal vez eso fue lo que el talento de Borges supo intuir bajo el aparentemente sencillo estilo del autor que nos ocupa: que bajo la luz de las estrellas, y reflejados en la superficie del agua de los canales, todos somos marcianos.
Las Crónicas Marcianas se convirtieron en un gran éxito de crítica y público desde su publicación allá por el lejano año 1946. Los responsables de la editorial EC Comics, grandes admiradores de la serie, comenzaron a adaptarla en sus comics de ciencia-ficción sin permiso de su autor. Sin embargo, Bradbury optó por una postura conciliadora y tras un amistoso acuerdo, autorizó la publicación de las historias restantes e incluso de otras no pertenecientes a las Crónicas. En 1983 la antología fue llevada a la pequeña pantalla en una miniserie de tres episodios protagonizada (entre otros) por el célebre actor Rock Hudson, y cuyo guión se nutría de las mejores historias incluidas en la misma. En España este fue uno de los títulos de referencia del exquisito sello Minotauro, que lo ha seguido reeditando hasta nuestros días, mientras que el triunvirato rector de la mítica revista Nueva Dimensión rescató y nos ofreció en sus páginas varios relatos inéditos que en su momento quedaron fuera de la serie principal.
Aun hoy, como entonces, estas historias se leen y disfrutan con la misma intensidad que el día que fueran escritas, aunque el Marte que describen no exista y nunca haya existido; pero como el propio Bradbury nos diría, sonriente, la fantasía siempre supera - y es más atractiva - que la misera realidad. Por eso, aunque sepamos que todo es falso, que los marcianos no existieron (o, al menos, tal y como él los imaginó), y que por tanto no nos han dejado sus ciudades y demás restos para que los encontremos y, tal vez, aprendamos de sus errores, pese a todo ello, insisto, al igual que hizo Borges, seguimos releyendo y emocionándonos con estas historias que nos conmueven desde lo más profundo, porque no nos hablan de un futuro remoto, sino de lo que aquí y ahora nos hace humanos.

(Continuará...)

Comentarios

Julián Glez. Aréchaga ha dicho que…
Buena recomendación. Mi primer contacto con la obra fue la adaptación televisiva (no la de Sardá) y de ahí al original.

Buen blog, sí señor.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Muchas gracias :)
Seguiremos hablando de Bradbury, estate atento. Un abrazo y hasta pronto ;)
Anónimo ha dicho que…
Uf, ya hace muchos años de la miniserie protagonizada por Rock Hudson, el D. Julian tiene buena memoria.
Como siempre un excelente repaso Sr. Caveda a la obra de uno de los imprescindibles en la litertatura de los siglos XX, XXI y los que quedan por venir. Saludos, jose manuel.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola José y bienvenido as usual. Las próximas entradas del zoco estarán dedicadas al gran Clint Eastwood con motivo de su próximo 80 cumpleaños. Salu2 y hasta el viernes :)
Elwin Álvarez Fuentes ha dicho que…
¿Me vas a creer que me has emocionado con tus palabras dedicadas a tan soberbio libro? Sin duda la humanidad de sus relatos y del resto de sus obras, es capaz de llegar al corazón de sus lectores. Por si te interesa, he aquí lo que escribí cuando Bradbury nos dejó: http://www.elcubildelciclope.blogspot.com/2012/07/en-honor-ray-bradbury.html