Recordando a la Señora Bond

Una de las consecuencias menos evidentes de Casino Royale (2006) y Quantum of Solace (2008) ha sido el que Vesper ha reemplazado a Tracy (o Teresa) como referencia sentimental en la vida del agente 007. En la nueva continuidad, es el amor que James siente por Vesper, sumado a la consiguiente traición de esta y su trágica muerte, lo que lo transforma en el sujeto cínico, misógino y alérgico al compromiso que conocemos a través de las interpretaciones clásicas de Connery, Moore o Brosnan. Sin embargo, en la novela original de Fleming, Vesper no pasaba de ser otra chica Bond más, de las que el agente conocía, seducía y disfrutaba en cada novela. Para su creador La Mujer por excelencia en la vida de Bond era la condesa Teresa de Vicenzo, hija de Marc-Ange Draco, jefe del sindicato del crimen conocido como la Unión Corsa.
Bond y Tracy se conocieron en las páginas de Al servicio secreto de su majestad (1963), una de las novelas más interesantes surgidas de la pluma de Fleming. Tras un par de encontronazos más o menos fortuitos ambos se embarcan en una intensa relación con el beneplácito de Draco, que confía en Bond para meter en cintura a su díscola hija. A cambio, el corso le ayudará a encontrar a Ernst Stavro Blofeld, el lider de la organización terrorista SPECTRA. Tras una serie de peripecias y persecuciones a través de los Alpes suizos Bond frustra los planes de Blofeld para a continuación casarse con Teresa (Tracy) en la que es la única ocasión conocida en que el agente 007 pasa por el altar. Por desgracia, su felicidad es demasiado breve, ya que al final del libro Teresa muere durante un tiroteo a manos de Irma Blunt, la lugarteniente del líder de SPECTRA.
En la siguiente novela de la saga (Sólo se vive dos veces, 1964) Bond se traslada a Japón persiguiendo a Blofeld que se ha refugiado en dicho país, donde ha creado un letal jardín de la muerte para suicidas. Para muchos aficionados, entre los cuales me reconozco incluido, Sólo se vive dos veces es la mejor novela de la saga, y está repleta de escenas de una fuerza e intensidad subyugantes, como las que muestran a Blofeld paseando a través de su jardín letal vestido con una armadura de samurai japonés. Toda la obra está impregnada de un hálito fatalista y pocas veces hemos visto a un 007 tan tenso y obsesionado como en esta novela hasta Daniel Craig y su papel en Quantum of Solace.
Curiosamente, la adaptación cinematográfica de Al servicio secreto de su majestad (1969) es una de las más fieles que se han hecho a partir de la obra de Fleming. En su momento el equipo responsable del filme decidió respetar casi hasta la última coma el texto original del autor, incluidos la boda y el trágico y abrupto final. Sin embargo, aunque la película contiene momentos de auténtico interés y ha ganado en consideración con el tiempo, en su momento tuvo una acogida bastante tibia de crítica y público. En parte, quizás, por que Lazenby no resultaba tan convincente como Connery en el papel de Bond (aunque tampoco fue tan mal actor como sus críticos se empeñan en demostrar); y también por que tal vez era demasiado pronto para que la gente aceptase una película de 007 con un final trágico, en la que el héroe era incapaz de salvar a la chica (algo que si funcionó con Daniel Craig en el moderno remake de Casino Royale). Tal vez por eso en la siguiente película de la saga (Diamantes para la eternidad, 1971) aparte de recuperar a Connery a golpe de chequera, decidieron aparcar toda la subtrama relativa a la muerte de Tracy y la venganza de Bond, lo que no deja de resultar desconcertante para quien vea ambos filmes seguidos. De esta forma todo lo que tenía que ver con la boda y posterior enviudamiento de 007 pasó a ser una nota a pie de página, un dato para completistas puntillosos que quieren deslumbrar a sus visitas cuando juegan al Trivial Pursuit. Con todo, el recuerdo de Tracy se ha mantenido a lo largo de los años, como un fantasma que periódicamente resurge del inconsciente colectivo de los guionistas y escritores de las nuevas aventuras del mejor agente secreto de su majestad. Es el caso por ejemplo de Christopher Wood que, en la adaptación novelada de La espía que me amó (1979), nos revela que Anya le recuerda a Bond, en muchos aspectos, a su difunta esposa. Un par de años después, en el teaser introductorio de Solo para sus ojos (1981), Bond está visitando la tumba de Teresa cuando es atacado por un misterioso villano, sentado en una silla de ruedas, que se asemeja notablemente a Telly Savalas en su rol de Ernst Stavro Blofeld en Al servicio secreto de su majestad. Más recientemente Raymond Benson escribía Blast from the Past, un relato corto donde el agente 007 ajustaba cuentas definitivamente con Irma Blunt. En el otro lado de la balanza, en la reciente La esencia del mal (2008) de Sebastian Faulks (que, se supone, tiene lugar tras El hombre de la pistola de oro, la última novela Bond de Fleming) el autor omite cualquier referencia al estado civil del personaje, mientras que en el actual relanzamiento de la franquicia a manos de Daniel Craig es Vesper, como ya dijimos, la que se ha convertido, al menos de momento, en la nueva protagonista sentimental de la vida de James Bond. Quien sabe, tal vez en un futuro más o menos cercano los productores de la saga se decidan a rodar de nuevo Al servicio secreto..., al igual que hicieron con Casino Royale, con Craig de protagonista, ahora que parece que el público se muestra más receptivo a un Bond más oscuro y violento. Ya veremos. Entretanto, les recomiendo que si pueden, vuelvan a releer la novela original y a disfrutar con la correspondiente versión cinematográfica de George Lazenby, con la total certeza de que lo les decepcionarán.

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