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Nunca estaremos más vivos que ahora /04

 
Nunca estaremos más vivos que ahora. Últimamente pienso mucho en Adriana Vega y en sus palabras. ¡Qué razón tenía! Cuando somos jóvenes damos por hecho que tenemos todo el tiempo del mundo, pero la muerte es un depredador incansable que ataca cuando menos te lo esperas. Siempre pensé que, de los dos, yo me iría primero. No sólo por la diferencia de edad. Adriana era una roca. De hecho, ella era mi roca, y sé que si ella estuviese aquí ahora mismo, me abrazaría y me revolvería el pelo con sus manos a la vez que me susurraba al oído que, mientras estuviésemos juntos, todo iba a salir bien. Dios, la echo tanto de menos. Me gustaría poder volver atrás en el tiempo, sabiendo lo que ahora sé, para poder revivir esa noche una y otra vez. A veces pienso que tras su muerte mi cuerpo, simplemente, se rindió, y que el cáncer es la forma que mi organismo ha encontrado para llenar el vacío que me produjo su ausencia. Pero me estoy yendo por las ramas. Tras besarme de nuevo, esta vez de forma mucho más metódica y prolongada, se separó de mí lo justo como para susurrarme al oído:
- Vamos a tu casa.
- No creo que sea una buena idea...
- Contén tu líbido, semental. Tenemos que comprobar que hemos cogido el disco correcto. No te importará que use tu ordenador, ¿no?
Queridos lectores, eso es lo que pasa cuando intentas hacerte el interesante. Tras sobreponerme a la decepción puse rumbo a mi ático, con una parada por el camino para dejar el Volvo amorosamente acomodado en su plaza de garaje. Ya en casa, Adriana se apresuró a enchufar el disco duro a mi ordenador de sobremesa. Tras varios segundos de espera, el Windows 7 nos informó de que el nuevo dispositivo estaba listo para ser usado.
- Ni siquiera le ha puesto una simple contraseña, el muy idiota - murmuró mi acompañante, mientras exploraba el contenido del disco, que, por lo que pude ver en pantalla, consistía en numerosos archivos de video avi ordenados por la fecha de grabación, en los que un tipo desnudo (que supuse sería Santiago Román) mantenía relaciones sexuales con diferentes chicas, la mayoría de las cuales parecían demasiado jóvenes para poder votar o haberse sacado ya el carnet de conducir.
- ¿Sabías algo de esto? - inquirí, mirando a Adriana directamente a los ojos.
- Sí.
- Pero no te pareció importante compartirlo conmigo.
- Como ya te dije, no es que no me fie de ti, es que no necesitabas saberlo, de verdad. Ya has cumplido con tu parte del trabajo. A partir de aquí, es asunto mío - afirmó, en un tono de voz que no admitía réplica, a la vez que extraía de forma segura el disco duro de mi ordenador -. Como sé que te ofenderías, no te insultaré ofreciéndote mi dinero, pero quiero que sepas que estoy en deuda contigo, y que algún día encontraré la forma de devolverte el favor aunque no quieras.
- No tienes por qué hacerlo.
- Lo sé. Eres la única persona que siempre me ha apoyado sin esperar nada a cambio. Ojalá supiera que he hecho para merecer semejante lealtad. Para merecerte - añadió, despidiéndose con un último y fugaz beso antes de darse la vuelta y salir de la habitación (y de mi casa) de forma tan intempestiva como había irrumpido en mi oficina pocos días atrás. Y yo me quedé ahí, como un imbécil, pensando en sus palabras y en todas las respuestas que podía haberle dado y que nunca llegaron a salir de mi boca.

Pensé que, una vez solucionado el asunto del robo, Adriana Vega volvería a desaparecer de mi vida igual de rápido que un billete de cincuenta euros a fin de mes. Sin embargo, para mi sorpresa, apenas habían pasado un par de días cuando recibí una invitación suya para acompañarla a cenar en un lujoso restaurante del casco viejo de la ciudad. Mi sexto sentido desconfiaba, como siempre que la señorita Vega andaba de por medio, pero el local tenía su encanto, pagaba ella, y estaba lo suficientemente cerca de mi domicilio como para que pudiese ir y volver andando y despreocuparme así de los controles de tráfico, así que acepté, tonto de mi, olvidando como solían acabar mis citas con la díscola nieta de Felix Vega.
El primer plato - medallones de solomillo de buey al Pedro Ximénez - era francamente exquisito. Por desgracia, antes de que pudiese empezar a disfrutarlo, Santiago Román apareció por la puerta de entrada. No le conocía en persona, pero había visto las suficientes fotografías suyas en Internet y en la prensa especializada como para identificarle más allá de toda duda razonable. Román, por su parte, apenas nos vio echó a caminar en dirección a nuestra mesa.
- Sé que has sido tú, zorra - le espetó a Adriana, por todo saludo, una vez hubo llegado a nuestro lado -. Así que haz el favor de devolverme lo que me pertenece.
- Hola, Santiago. Yo también me alegro de verte. ¿Cuál es el problema? ¿Dices que has perdido algo? - replicó mi acompañante, impertérrita, sin dejar de trocear el solomillo.
- Déjate de jueguecitos. Los dos sabemos de qué estoy hablando. Quiero ese disco duro de vuelta, y lo quiero ya - insistió el recién llegado, haciendo especial énfasis en la última palabra, a la vez que arrojaba algo sobre la mesa. Un rápido vistazo me permitió comprobar que era una tarjeta con un emoticono sonriente dibujado en el centro, y mi sexto sentido llegó rápidamente a la conclusión de que se trataba de la misma tarjeta que Adriana había dejado en la caja fuerte del despacho de Román tras cometer el robo.
- Suponiendo que supiera que sé de lo que estás hablando - que no es el caso - ya no puedo ayudarte.
- ¿por qué? ¿Qué has hecho con él? - inquirió el hombre, cada vez más nervioso.
- A estas alturas, me imagino que estará en manos de la abogada de tu mujer. ¿O debería decir futura ex mujer? Lo cierto es que, después de echarle un vistazo, las dos parecían muy satisfechas. Cuando me fui estaban calculando todo lo que te iba a costar el divorcio, incluyendo una gratificación extraordinaria para evitar que parte del contenido, o todo, se filtrase a la prensa.
El rostro de Román comenzó a oscilar entre el color blanco espectral y el rojo escarlata y, por un momento, pensé que le iba a dar un ataque de apoplejía ahí mismo, pero aquello hubiera sido demasiado fácil. El destino todavía me tenía reservados un par de golpes.
- ¿Por qué lo has hecho? ¿Quién diablos te ha dado vela en este entierro? - gimió el hombre, al borde de la desesperación más absoluta.
- ¡Quién sabe! Puede que lo haya hecho porque aprecio a mis amigas. O porque me dan asco los pervertidos que maltratan a su mujer a la vez que la engañan y pagan por tener sexo con menores de edad - explicó Adriana, poniéndose de pie para enfrentarse a su interlocutor en igualdad de condiciones, escupiéndole las palabras a la cara con todo el desprecio y la mala leche de las que era capaz (y créanme, que eran muchas). Yo también me incorporé, por si acaso, haciéndole una discreta señal al jefe de sala para que avisase a seguridad. Sin embargo, contra todo pronóstico, Román consiguió dominarse y replicar, con un tono de voz tan hiriente como sus palabras:
- Puedes disfrazarte de dama elegante de la alta sociedad con el dinero de tu abuelo, pero en el fondo todos sabemos que no eres más que una furcia barata, como la golfa de tu madre.
"Uy, lo que ha dicho", pensé, al tiempo que recogía con disimulo el cuchillo de cortar carne de mi acompañante para evitar que se lo clavase en el ojo a su interlocutor. Sin embargo, Adriana aguantó el envite a pie firme y contraatacó:
- Oye, Santiago. ¿Sabes cuál es mi Barbie favorita? La Barbie divorciada. ¿Y sabes por qué? Porque es la que se queda con el sueldo de Ken, el coche de Ken y la casita en la playa de Ken. ¿Te suena de algo? - insistió, de nuevo con toda la mala saña de la que era capaz (y a riesgo de resultar pesado, permítanme insistir en que era mucha). Ahí fue donde Santiago Román se vino abajo. Aullando como un hombre lobo, se abalanzó sobre mi acompañante dispuesto a arrancarle la cabeza de un puñetazo. No sé cómo, logré interponerme entre los dos de manera que fue mi nariz la que se llevó toda la fuerza del impacto. Lo siguiente que recuerdo es la sensación de dolor mientras volaba de espaldas y aterrizaba sobre una mesa que cedió bajo mi peso. A partir de ahí, todo fue muy confuso. Los camareros lograron inmovilizar a mi agresor y retenerlo hasta que llegaron los de seguridad, mientras que Adriana Vega se arrodillaba a mi lado y reclamaba el botiquín a voces, sin dejar de dirigirle a Román una retahíla de insultos que hubiesen hecho enrojecer de vergüenza a una prostituta de la Europa del Este. Recuerdo una última sensación de ahogo, como si me hundiese en un lago cálido y muy salado y después nada, solo la oscuridad y el bendito silencio.

Un par de horas y una visita al médico de Urgencias después, estábamos de vuelta en mi casa. Pese a que nunca es buena idea mezclar los calmantes con el alcohol, me hallaba en proceso de servirme una generosa dosis de bourbon, mientras mi acompañante me abrazaba por detrás como si yo fuese su osito de peluche del alma y acabase de recuperarme tras un largo periodo de ausencia.
- No sabes cuánto lo siento. Si hubiera tenido la más mínima idea de que esto podía pasar...
- Oh, venga ya - exploté -. ¿Hasta cuando piensas seguir fingiendo?
- No te entiendo - repuso, pero su expresión era súbitamente precavida.
- Lo tenías todo planeado desde el principio. No te bastaba con robarle, querías humillarle. Querías verle salir esposado por la puerta del restaurante, como un vulgar criminal. Por eso dejaste esa tarjeta en su caja fuerte: para que supiese que habías sido tú, y forzarle a provocar un enfrentamiento. Él se estaba controlando, pero tú le pinchaste y pinchaste hasta que explotó e intentó agredirte, pero eso no te importaba. Nunca te importó, porque yo estaba ahí. El perro fiel, el eterno imbécil que se interpondría para llevarse los golpes y que tú pudieses despedir a tu adversario victoriosa e ilesa, en un último gesto de desprecio. Venga, vamos, dime que me equivoco.
Hubo un largo intervalo durante el cual pude percibir como se estrujaba las neuronas buscando alguna forma de rebatir mis argumentos pero, finalmente, se encogió de hombros y tras esbozar una sonrisa de circunstancias, reconoció:
- ¿Lo ves? Me conoces demasiado bien. A ti nunca consigo engañarte del todo.
Boqueé durante varios segundos mientras las palabras pugnaban por salir de forma atropellada de mi boca. Finalmente, pude exclamar:
- ¡Me equivoqué al compararte con el diablo! A tu lado, su Satánica Majestad no es más que un humilde becario del infierno.
- Vamos, no seas así. Al final todo ha salido bien, ¿no?
- ¿Bien? ¿Y si en vez de darme un puñetazo hubiese llevado un arma? ¿O estuviese en mejor forma y fuese cinturón negro de karate?
- Ahora estás dramatizando. Sí hubiera, sí pudiera, sí hubiese sido, bla, bla, bla. Pero nada de todo eso ha pasado. Hemos conseguido el disco duro, el malo va camino del juzgado, y estamos juntos de nuevo - sentenció, mientras me echaba los brazos al cuello y buscaba mi boca con la suya.
- ¿Pero tú te oyes cuando hablas? - repetí, escandalizado, de la que me apartaba de ella como si fuese radioactiva -. Me has manipulado a tu antojo y todo está bien porque, oh, qué suerte, sólo me han partido la cara. Porque eso es lo que haces, Adriana: manipulas a la gente. Y lo que es peor, lo haces incluso con la gente que te quiere, y estaría igualmente dispuesta a hacer lo hiciera falta por ti. Pero eres tan egoísta, y llevas tanto tiempo siendo el centro de tu propio universo, que no soportas la idea de renunciar a tener el control.
- Eso no es justo - musitó -. Yo nunca dejaría que te hiciesen daño de verdad. Te quiero.
- Sabes, hace menos de una semana me miraste a los ojos y me aseguraste que nunca podrías hacerme pasar por esto otra vez. Ya ves de lo que vale tu palabra. Muy bien, ya tienes lo que querías, así que haz lo que mejor sabes hacer y desaparece. Conoces el camino de sobra. Lo has recorrido de puntillas otras veces - ordené, intentando mantener el aire más digno posible, de la que cogía la botella de bourbon y abandonaba la sala de estar en dirección a mi dormitorio. Esperaba oír el ruido de la puerta por el camino pero, en vez de eso, la señorita Vega se reunió conmigo al cabo de varios segundos.
- Tienes razón - reconoció -. Podría ponerte un millón de excusas como, no sé, mi juventud triste y solitaria. O que hasta que te conocí, todo el mundo quería aprovecharse de mí. O que siempre que confiaba en alguien, al final descubría que la única persona con la que podía contar de verdad era conmigo. Pero lo cierto es que en mi cabeza hay algo que funciona mal. Disfruto haciéndole daño a la gente, incluso a gente que apenas conozco o, lo que es peor, gente a la que aprecio de veras. ¿Por qué? Porque tengo la convicción de que más tarde o más temprano esa misma gente te traiciona, o te dejan tirada. Así que me adelanto, e intento autoconvencerme a mí misma de que sola es como mejor se está. Pero en el fondo, muy dentro de mí, sé que eso es mentira. Por eso siempre acabo volviendo a ti, por eso me aferro a lo nuestro: porque sé que sólo tú puedes salvarme de mi misma - me dijo, y maldita sea si no parecía sincera, pero era una maestra de la manipulación y ya le había escuchado discursos parecidos demasiadas veces en el pasado.
- Esa es una responsabilidad que no puedo aceptar - le respondí, sin darme la vuelta; pero lejos de darse por vencida, volvió a abrazarse a mi espalda con más fuerza.
- Estoy cansada de este juego nuestro, ahora cerca, ahora lejos, ahora juntos, ahora separados. No quiero que vuelvas a tratarme de usted nunca más - su voz sonaba apagada, tan cerca estaban sus labios de mi camisa y la piel de mi espalda.
- Ya sabes que esto es imposible. Tu abuelo nunca lo permitirá. Mi cadáver descuartizado acabará sirviendo de cena en una granja rural para cerdos.
- Olvídate de mi abuelo - replicó, deshaciéndose hábilmente de mi cinturón -. Yo sé cómo manejarlo. Y además, tampoco vivirá eternamente.
- ¿Qué insinúas?
- Nada. Es mi abuelo y le quiero mucho. Pero ya es un hombre mayor y tiene muchos problemas de salud. Y cuando él falte, yo estaré a cargo de todo. De todo - me repitió al oído, poniendo mayor énfasis aun en la segunda palabra.
- ¿Lo ves? Y luego te sorprenderá que la gente no acabe de fiarse de ti, diciendo cosas como esa.
- Sólo quiero que tú confies en mi. Los demás no me importan para nada - afirmó, mientras se soltaba los tirantes del vestido y se deshacía del mismo con un simple gesto de cadera.
- ¿Cómo has conseguido...? No importa - me interrumpí -. Sabes que a mi tu dinero no me interesa en absoluto.
- Mi dinero, no. Pero eso no es lo único que te estoy ofreciendo - me dijo, y maldita sea si su oferta no era la más tentadora que nadie me había hecho hasta entonces, así, de pie, delante de mí, con los brazos separados del cuerpo y este cubierto apenas por un sucinto conjunto de tanga y sujetador de Intimissimi.
- Te cansarías de mi enseguida. Cuando no me están disparando, soy un tipo muy aburrido.
- Me da igual. Yo tengo marcha de sobra para los dos.
- No valgo para ser el consorte de nadie, y menos de alguien de tu clase y posición social. A mí me van los placeres sencillos y la vida tranquila - contraataqué, a la desesperada.
- Embustero - replicó, cortando mis excusas mediante el expeditivo procedimiento de jugar a atrapar mi lengua con la suya. Al cabo de varios segundos me rendí, y me dejé caer de espaldas arrastrándola conmigo sobre la cama. Qué demonios, me dije. Después de todo, de algo hay que morir, y se me ocurrían pocas muertes más dulces (y satisfactorias) que fallecer en brazos de Adriana Vega.

Horas después, todavía despierto mirando al techo mientras la señorita Vega roncaba suavemente a mi lado, seguía pensando en las complejidades de la mente humana y si realmente el leopardo sería capaz de cambiar de manchas. Y a ese respecto, no podía evitar acordarme de aquella historia sobre la tortuga y el escorpión, y la fría - y lógica - respuesta que este le había dado a la primera tras clavarle su aguijón a medio camino de la otra orilla: "Es mi naturaleza". Ni más ni menos. Tan sencillo como eso. Y sin embargo, ahí estaba yo, dispuesto a tropezar en la misma piedra por enésima vez como un completo incauto.
Gabriel tenía una teoría al respecto. El opinaba que el cerebro es un órgano tramposo. Que con el tiempo, sólo conservamos los buenos recuerdos mientras que los desagradables, en cambio, se van desvaneciendo poco a poco hasta desaparecer. No sé si será cierto, pero tampoco me importa. En el laberinto desquiciado de mi memoria, ella es eternamente joven y hermosa, y su compañía será el único recuerdo agradable que me llevaré conmigo cuando llegue el momento de hacer mi último saludo en el escenario.

¿El Final?
 
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative (Registro de la propiedad intelectual) de forma previa a su publicación en el Zoco.

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