La Era del Cambio /03


Planeta Deneba. Estación de seguridad del Puerto Franco.

Lo primero que le llamó la atención a Hannah Cross al llegar a la central fue la nave de superficie estacionada junto al edificio. No es que aquel tipo de naves fueran raras de ver en Deneba, pero la mayoría de ellas solían aterrizar al otro lado del Puerto Franco. En otras circunstancias su sexto sentido le hubiese avisado de que pasaba algo extraño, pero la agente todavía seguía distraída por la discusión con su pareja y no le dio más importancia al detalle. Ese fue su segundo error.
Una vez dentro se encontró a sus ayudantes rodeados por una veintena de desconocidos que habían ocupado el edificio con una precisión casi militar. Todos ellos vestían de paisano, con el típico uniforme neutro y oscuro de los navegantes civiles, pero su equipo y armamento eran de última generación, mucho mejor que el de la propia Cross y resto de las fuerzas defensivas de Deneba. Nada más verla entrar su segundo al mando se apresuró a reunirse con ella para decirle, en voz baja y mirando de reojo a su alrededor:
- Lo siento, Jefe. Llegaron hoy por la mañana temprano y nos cogieron por sorpresa. No pude avisarle porque tienen una nave en órbita que bloquea todas nuestras comunicaciones.
- ¿Algún herido?
- De momento, no. Dicen que sólo quieren hablar con quien esté al mando - contestó su ayudante, mientras señalaba hacia uno de los visitantes, un sujeto alto y delgado que se ayudaba de un bastón para poder caminar. Era difícil calcular su edad. No parecía joven, pero tampoco excesivamente anciano. De hecho, se dijo Hannah, debía de ser poco mayor que ella, pero alguna clase de enfermedad o dolencia le había consumido hasta dejarle reducido a un esqueleto recubierto por la cantidad de piel y músculo imprescindibles para seguir en pie y en activo. Pese a todo, se movía con la gracia de un bailarín, tenía una sonrisa contagiosa, y sus ojos brillaban con alguna clase de energía incontenible.
- Entiendo que usted es la persona que estamos esperando, ¿no es así? Encantado de conocerla. Mi nombre es Sandor, Kirten Sandor, y creo que han encontrado algo que me pertenece - dijo el hombre, mostrándole a Hannah una videopantalla desplegable donde se podía ver una copia de las imágenes que ella misma había enviado por mensaje codificado días antes.
- Quien quiera que sea usted, debería saber que interceptar un correo oficial es un delito grave que se castiga con penas de privación de libertad de hasta quince años.
Sandor sonrió, a la vez que hacía un vago gesto con la mano izquierda, como para quitarle importancia a sus palabras.
- Que yo sepa, aquí no estamos en territorio de la Sinarquía, y estoy seguro que podremos negociar con el gobierno local un acuerdo satisfactorio para ambas partes.
- Aquí y ahora, yo soy el gobierno local. Y si no tiene los papeles en regla, no sacará nada de este planeta que no haya traído consigo. Puede que este sea un sitio pequeño y lejos de la influencia de la Sinarquía, pero también tenemos leyes - sentenció Hannah, con el tono más firme y severo que fue capaz de improvisar.
Por toda respuesta, el visitante se encogió de hombros.
- No hace falta que sea tan hostil, agente. ¿O es comisario? ¿Inspector?
- Jefe de seguridad - replicó Hannah, escueta.
- Muy bien, Jefe Cross. Deje que adivine... Ex-militar. Probablemente suboficial. Yo diría que sargento en el cuerpo de Marines. Semper fidelis, y todo eso. ¿Me equivoco?
La agente no dijo nada y al cabo de varios segundos su interlocutor se echó a reír.
- Vale, lo reconozco. He hecho trampa. Me he leído su expediente de camino - confesó Sandor, y Hannah tuvo claro que el comentario no era casual: era la forma que su visitante tenia de decirle "Te llevo ventaja. Tú no me conoces, pero yo lo sé todo sobre ti".
- Mire, Jefe, creo que hemos empezado con mal pie - siguió hablando el hombre, de la que cogía a Hannah del brazo y la animaba a pasear juntos, como si fuesen viejos amigos -. No hemos venido a causar problemas, al contrario. Esa nave transporta un cargamento muy peligroso. Y dentro de poco, gente igualmente peligrosa vendrá hasta aquí desde todos los rincones de la galaxia para ver quién se queda con el gran premio. Gente a la que no le importan las bajas secundarias ni los daños colaterales. Entonces, su pequeño e idílico planeta se convertirá en un campo de batalla, y para cuando todo acabe, Deneba seguirá siendo igual de pequeño, pero puede que ni la mitad de idílico ni habitable. Así que en cierto modo se podría decir que al llevárnoslo, les estamos haciendo un favor.
- No sabe cuánto se lo agradezco. Dejaremos lo de la entrega de las llaves de la ciudad para después de que me haya enseñado su permiso de tránsito y el resto de la documentación de la nave.
Por primera vez desde que habían empezado a hablar, Sandor pareció contrariado.
- Sabe, Jefe Cross, tengo muchos más hombres y armas que usted, por no hablar de una nave en órbita con potencia de fuego suficiente como para arrasar esta asquerosa bola de arena media docena de veces. Así que no entiendo qué es lo que pretende ganar exactamente con su actitud.
- Tiempo. Algo de lo que usted, si no me equivoco, no anda muy sobrado - replicó la agente.
- Entiendo. Me hubiera gustado no tener que recurrir a estos extremos, pero me temo que no me deja más alternativa - dijo Sandor, mientras sacaba su telcom del bolsillo y se lo tendía a Hannah -. Creo que debería atender esta llamada.
- ¿Diga? - preguntó esta, aunque en cierto modo sabía que era lo que iba a escuchar al otro lado. Su sexto sentido, ahora que ya era demasiado tarde, volvía a funcionar a pleno rendimiento.
- ¿En qué lio nos has metido ahora? - respondió la voz familiar y algo asustada de Janine March. Hannah sintió un repentino vacio en el estómago y tuvo que apoyarse en el borde de la mesa más cercana para evitar que le fallasen las piernas.
- ¿Estás sola?
- No.
- ¿Cuántos son?
- Cuatro. Llegaron poco después de que tú te marchases - dijo la joven, sentada junto a la mesa de la cocina, sin dejar de observar a los cuatro individuos que la rodeaban como depredadores acechando a su presa.
- ¿Te han amenazado de alguna manera?
- No exactamente. Se limitan a estar aquí de pie, a mí alrededor, mirándome como si yo fuese el primer plato del menú. ¿Debería empezar a preocuparme?
- ¿Confías en mi?
- ¡Qué remedio! - exclamó su pareja, sarcástica y nerviosa a partes iguales.
- Te prometo que lo arreglaré todo. No dejaré que te pase nada. Lo sabes, ¿verdad? - prometió Hannah.
- Haz lo que tengas que hacer - respondió Janine. Lo cual era su nada disimulada forma de decir "No te preocupes por mí". Ya, como si fuese tan fácil, pensó Hannah al tiempo que le devolvía el telcom a su visitante.
- Muy bien. ¿Qué es exactamente lo que quiere?
- ¿Lo ve? Ahora nos entendemos. Nada de insultos, ni amenazas vacías. Eso me gusta. Colabore con nosotros y antes de que se dé cuenta nos habremos ido y podrán retomar su rutina cotidiana. Pero, antes de nada... entrégueme su arma reglamentaria, por favor. Le aseguro que no va a necesitarla - ordenó Sandor, extendiendo la mano. Hannah vaciló un par de segundos, pero había demasiados enemigos, y resistirse sólo hubiera complicado las cosas. Su mirada se cruzó con la de su ayudante, que parecía querer decirle: "Una orden suya, Jefe, y abrimos fuego", pero la agente rechazó la oferta con una mirada igualmente silenciosa y, desenfundando su arma, se la entregó al intruso.

(Continuará).

© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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