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La Era del Cambio /02


Nave-espía de la Insurgencia Estrella Azul, en tránsito por el espacio profundo cercano al sistema Deneba.

La nave había sido diseñada para asemejarse a uno cualquiera de los muchos cargueros de clase media que recorrían las rutas comerciales más periféricas del territorio de la Sinarquía. Sin embargo, a diferencia de estos, la mayor parte del espacio interior del Estrella Azul estaba ocupado por los sistemas de impulsión, análisis y recogida de datos, lo que dejaba muy poco margen para alojar a la tripulación con un mínimo de comodidades.
No es que aquello le importase al ocupante del camarote. Kirten Sandor era tan espartano como la misma estancia, y apenas necesitaba poco más que un armario donde guardar sus escasas pertenencias y una litera donde tenderse a dormir o escuchar música durante sus breves periodos de descanso, tal y como estaba haciendo cuando alguien llamó respetuosamente a su puerta. Al abrirse esta, pudo ver la figura familiar y algo rígida del oficial de comunicaciones de guardia.
- Señor, lamento interrumpirle, pero hemos pensado que debería ver esto - dijo el recién llegado, tendiéndole una videopantalla desplegable donde podían verse una serie de imágenes de lo que parecía ser una nave semienterrada en un entorno desértico.
- ¿Cuál es la fuente? - inquirió Sandor.
- La transmisión proviene de Deneba, un sistema cercano situado dentro de la zona de expansión colonial. Y lo más interesante es que está dirigida al oficial al mando del Departamento de Defensa de la Sinarquía en Canopus, lo cual es un eufemismo para referirse a la Inteligencia Militar terrana.
- ¿Sabemos quién es el remitente?
- La autoridad local del planeta. ¿Señor? ¿Cree que podría tratarse del vuelo 19?
- Es posible - respondió Sandor, cada vez más intrigado, sin dejar de examinar las imágenes -. Teniente, comunique con el puente y de orden de que pongamos rumbo al sistema Deneba de inmediato, así como de que se bloquee cualquier transmisión que salga del planeta desde ahora mismo, incluido este mensaje. ¿Entendido?
- Sí, señor - asintió el oficial. Pero antes de abandonar el camarote, este se dio la vuelta para añadir:
- Señor, podemos interceptar todas las transmisiones que se hagan de aquí en adelante. Sin embargo, no puedo garantizarle que alguien más, aparte de nosotros, no haya recibido o interceptado ya el mensaje.
Sandor meditó unos instantes en silencio.
- Entiendo - dijo por fin -. No importa. Haga lo que le he dicho.
- Sí, señor.
Tras quedarse a solas Sandor se incorporó, inquieto. Acercándose a la pared opuesta a la litera ordenó, en voz alta, de manera que le oyese el asistente virtual de la nave:
- Activar pantalla frontal, función espejo.
Los circuitos de transmisión integrados en la superficie de la mampara se encendieron, reflejando la imagen de Sandor en 3D. El espía era un humano alto, de complexión delgada y facciones desgastadas por el tiempo. Antaño había exhibido un físico más atlético, pero la enfermedad (y varias heridas de guerra) le habían consumido hasta dejarle reducido poco más que a una pálida sombra de sí mismo. Sus ojos estaban casi ocultos por las arrugas y los pliegues de su rostro, tan pálido y demacrado como el resto de su anatomía. Y sin embargo, sus movimientos eran ágiles y su mente aun funcionaba a pleno rendimiento, como cuando era mucho más joven. Era su cuerpo el que se empeñaba en traicionarle una y otra vez, cuando los efectos de la medicación desaparecían y los temblores, el dolor y los espasmos musculares regresaban multiplicados por diez. Con un gesto de desaliento, extrajo una nueva aguja hipodérmica del botiquín y procedió a inyectarse el contenido en el brazo, tras lo cual se recostó de nuevo en la litera y aguardó a que este hiciera su efecto.
Tiempo, pensó. Es todo lo que necesito. Sólo un poco más de tiempo. Lo suficiente como para poder retirarse con un último triunfo a sus espaldas. Y que el infierno proteja al que se interponga en mi camino.

Planeta Deneba. Hacienda March.

Esa mañana Hannah madrugó más de la cuenta, de tal forma que cuando Janine abrió los ojos la agente de policía ya estaba en pie, terminando de ajustarse el cinturón del uniforme. La chica sonrió y se desperezó sin dejar de observar a su compañera.
- ¿Qué pasa? ¿No has dormido bien?
- La verdad es que no.
- ¿Tiene algo que ver con esa nave que encontrasteis el otro día?
- En parte sí - respondió Hannah, mirando por la ventana en dirección a las lejanas montañas y al lugar en que descansaban los restos del vehículo siniestrado.
- Creí que habías dicho que llevaba mucho tiempo bajo tierra. ¿Qué daño puede hacernos ahora?
- Es una nave Lor - contestó la agente, como si eso lo explicase todo.
- ¿y?
- Siempre se me olvida que tú eres mucho más joven, pero yo luché contra los lores durante la revuelta del Milenio y no guardo muy buenos recuerdos de aquella época. Son la peor clase de enemigo que te puedas imaginar. No dan cuartel: matan y mueren matando. Según sus creencias, el universo entero les pertenece y las demás razas sólo son una abominación que debe ser exterminada de raíz. Vi lo que le hacían a los compañeros que caían en sus manos. Tuve que enterrar muchos cadáveres o, mejor dicho, lo que quedaba de ellos. Y créeme si te digo que haber encontrado esa nave no nos traerá nada más que problemas.
- Conocí algunos lores durante mi etapa como navegante espacial - comentó Janine, de la que se incorporaba, dejando que la sábana resbalase hasta su cintura. Y Hannah no tuvo muy claro si había sido un gesto casual, o una sutil forma de cambiar de tema -. Eran tipos raros. Serios, callados, introspectivos. Pero ninguno parecía especialmente agresivo, ni amenazador. Ahora que lo mencionas, nunca conocí ninguna hembra de la especie. Igual es que las mujeres no salen de su mundo natal.
- Pues yo nunca he conocido a ninguno que pensase de forma diferente a los demás. Quizás es que cuando están fuera han aprendido a disimular. O puede que los emigrantes sean una especie de quinta columna que sólo espera el momento adecuado para quitarse la máscara y apuñalarnos por la espalda. Pero el caso es que no me fio de ellos, y nunca lo haré.
- ¿Pero tú te oyes? - se rió Janine -. Pareces una paranoica. Venga, ven aquí y deja que te de un masaje en los hombros hasta que te relajes.
- Por muy tentador que suene no, gracias. Tengo el tiempo justo para llegar a la central, antes de que David se ponga nervioso y empiece a llamar pidiendo instrucciones.
- Vamos, sólo cinco minutos. Palabra.
- No insistas, por favor. De verdad que no puedo - se excusó la agente, de la que recogía su cazadora del respaldo de la silla donde la había dejado apoyada la noche anterior.
- ¿No puedes o no quieres? Antes eras mucho más divertida - se quejó la joven.
- Janine, ya hemos hablado de esto. Tenemos trabajos y horarios diferentes, y los míos no son tan flexibles como los tuyos. Pensé que lo habías entendido.
- Lo único que entiendo es que antes te servía cualquier excusa para venir a verme, y ahora ni siquiera soy capaz de que vuelvas a la cama conmigo. Se ve que una vez pasada la novedad, he perdido todo mi encanto - se quejó la joven, a la vez que volvía a cubrirse con la sábana, asumiendo su derrota.
- Estás siendo terriblemente injusta. Sabes que desde que me han ascendido tengo que soportar el doble de presión en el trabajo. Dentro de poco se abre el plazo para elaborar los presupuestos y tengo que pelearme con el Consejo de Gobierno para que dupliquen el de seguridad. Por no hablar de las reivindicaciones de la plantilla, y todas las molestias que nos está causando el nuevo sistema operativo. De verdad que estoy desbordada, y tus continuos comentarios y recriminaciones no me sirven precisamente de ayuda.
- Tranquila, lo entiendo. De hecho, creo que deberías pasarme un calendario con tus días y horas de visita, para poder organizarme mejor - bromeó la joven, para disgusto de su compañera.
- Sí, claro. Qué fácil es organizarse cuando se tiene todo el tiempo libre del mundo - replicó Hannah, hiriente, arrepintiéndose de sus palabras apenas estas hubieron salido de su boca, pero incapaz ya de retirarlas.
- Eres una imbécil. Mejor márchate, y no vuelvas hasta que estés de mejor humor - le ordenó a su vez Janine, dándole la espalda. Y la agente, que sabía reconocer cuando alguien había dicho la última palabra, abandonó la habitación con tanta rapidez que estuvo a punto de llevarse por delante a Pericles.
- Veo que alguien se ha levantado hoy con mal pie, agente Cross - dejó caer la IA, en tono casual.
- Piérdete - gruñó Hannah, y de nuevo volvió a sentirse mal por su repentino exabrupto. Después de todo, Pericles sólo era una máquina y no tenía la culpa de sus problemas personales, ni de pareja. Y  tampoco Janine, ya puestos. La joven sólo había intentado animarla, y su respuesta había sido fría, desproporcionada y algo agresiva, como si estuviera cansada de su relación y buscase una excusa para cortarla, cuando en realidad era todo lo contrario: estaba total y completamente enamorada de ella, y ya no se podía imaginar otra vida que no fuese envejeciendo a su lado. En ese caso ¿por qué no se lo había dicho? ¿Por qué le costaba tanto ser tan sincera y espontánea como su compañera? Por un momento estuvo tentada de dar media vuelta e intentar arreglar la situación, pero tenía prisa y finalmente decidió que tal vez fuese mejor esperar a la noche, a que ambas estuviesen un poco más calmadas. Poco después se arrepentiría de no haber seguido su primer impulso, sólo que para entonces ya sería demasiado tarde.

(Continuará).

© 2016 Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).
Este relato ha sido registrado en Safe Creative de forma previa a su publicación.

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