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Miranda /06


 - Igual me arrepiento de preguntártelo... de hecho, seguro que me arrepiento nada más terminar de hacerlo, pero ¿por qué? - preguntó Miranda, ignorando las voces de su cabeza que le advertían de que no estropease el momento abriendo la boca y cagándola, como de costumbre.
- ¿Por qué, qué?
- Bueno, ayer daba la impresión de que tenías muy claro que no querías volver conmigo. A mí, por lo menos, me pareciste muy convincente. ¿Qué es lo que ha pasado en tan poco tiempo que te ha hecho cambiar de opinión?
- ¿De verdad quieres saberlo?
- No. Pero más tarde o más temprano acabaría preguntándotelo, así que mejor ahora que el año que viene.
- Muy bien. Ayer, en el hotel, creí que ibas a montar una escena. Pero no. Incluso recuerdo que cuando te fuiste ni siquiera parecías enfadada, tan sólo muy triste. Y luego, ya en la habitación, empecé a darle vueltas a la cabeza y a pensar que, después de todo, podías haber rechazado la invitación. O haberte largado de ahí con la pelirroja de la galería, que no hacía más que comerte con los ojos. Y no pongas esa cara de sorpresa, todavía llevas su número de teléfono escrito en la mano - señaló Sunny para consternación de Miranda, que se había olvidado por completo de la despedida con Sandra de la noche anterior.
- ¡Lo siento! - exclamó, frotándose la mano en un esfuerzo inútil por borrar las huellas del delito.
- ¿Por qué? Eso fue ayer, y ayer nada de esto había pasado todavía. Además, ya te digo que no soy la persona más adecuada para juzgar a nadie. Lo importante es que tenías otras opciones y en vez de eso, le echaste narices, le plantaste cara a Andrea y no te diste por vencida hasta pedirme otra oportunidad. Y entonces pensé que, después de todo, tal vez si habías cambiado, y que merecía la pena intentarlo de nuevo.
- Vamos a ver si lo entiendo - dijo esta, muy lentamente -. ¿Me estás diciendo en serio que después de todo este tiempo, lo único que tenía que hacer para volver contigo era ir a suplicarte borracha?
- Si prefieres verlo así... - respondió Sunny, guiñándole un ojo -. También puedes pensar que me sedujiste de nuevo con tu labia, tu encanto personal y tu nuevo look. ¿Cómo te dio por dejarte melena?
- ¿Qué quieres que te diga? - suspiró Miranda -. Cumplía treinta y siete y atravesaba una fase depre. Era esto, o raparme la cabeza al cero, a lo Sigourney Weaver en "Alíen 3".
- Mucho mejor así. Además, Sigourney nunca me gustó en aquella película.
- Bueno, desde luego no es tan radical como tu cambio de imagen, aunque he de reconocer que tiene un cierto encanto. Nunca pensé que te fuese el rollo chica dura, pero no te queda mal. Al contrario,
- Sí, bueno. Te confesaré un secreto: fue idea de Andrea. Según ella, cuanto más corto lo lleves, es más difícil que te agarren del pelo durante una pelea. Pero no pude sacrificar el flequillo. Lo curioso es que, con el tiempo, ella acabó copiando mi peinado. Pobre Andrea. Se esforzaba tanto por hacerme feliz, que muchas veces se olvidaba de ella misma - musitó una apesadumbrada Sunny. Al cabo de un rato, Miranda rompió el silencio para preguntar:
- ¿La quieres?
- No como a ti, pero sí. Teníamos cierta... complicidad. Espero que le vaya bien. Se merece a alguien mucho mejor que yo. Pero tranquila. No me estoy arrepintiendo de nada, si eso es lo que te preocupa.
- No. Sí - reconoció Miranda -. Lo siento. Es que estos dos días han sido como una montaña rusa emocional. Hace un par de horas todavía estaba intentando hacerme a la idea de que todo se había acabado, y de que no iba a volver a verte nunca más, y ahora estás aquí. Y aunque te parezca absurdo, tengo miedo de estar dormida en la cama y de que todo esto sólo sea un mal sueño.
- ¿Sólo un mal sueño? - repitió Sunny, escandalizada.
- Sí. Si nada de todo esto es real, cuando me despierte seguiré estando sola, pero el doble de jodida que antes.
- Ya veo. Dime si esto te parece un sueño - dijo su ex, que ya no lo era, de la que se acercaba a ella para devolverle el beso como hacía mucho que nadie la besaba. Y mientras cerraba los ojos Miranda pensó que era como si el tiempo no hubiese pasado, y los últimos cinco años no hubiesen sido más que, en efecto, un mal sueño que empezaba a disiparse a la luz del día.
- ¿Y bien?
- No estoy segura - musitó, apenas pudo recuperar el aliento -. Prueba otra vez, a ver qué pasa.
- Ya veo que hay cosas que nunca cambian - bromeó Sunny, incorporándose de nuevo -. Luego si quieres repetimos pero, si no te importa, ahora mismo preferiría darme una buena ducha y recoger mi equipaje antes de que en el hotel se cansen de esperar y lo tiren a la basura.
- Sí, claro, perdona.
- ¿Dónde puedo...? - preguntó la joven desde la puerta de la habitación, observando el largo pasillo con expresión dubitativa.
- La puerta acristalada del fondo. Pero ten cuidado. Si ves por ahí una bola apestosa de pelo, intenta no pisarla. Es el gato.
- ¿Por? ¿Qué le pasa?
- Tiene bastante mal genio, y no le gustan la visitas.
- Anda, igualito que tú. ¿A qué va a ser verdad eso de que las mascotas se acaban pareciendo a sus dueños, y al revés?
- Vas a seguir haciéndolo, ¿verdad?
- ¿El qué?
- Hacer un chiste malo con cada cosa que diga.
- Bueno, una de las dos tiene que ponerle la nota de humor a esta relación, y tu cada vez eres más seria.
- ¡Te recuerdo que seria no significa necesariamente aburrida! - protestó Miranda, ofendida. Pero sólo un poco.
- Ya lo sé - dijo su recién recuperada pareja, sin moverse del umbral de la habitación -. Y hablando en serio, ¿estás segura de esto?
- ¿De qué?
- Si seguimos adelante, antes de que acabe el día tendrás que darme una copia de tus llaves, hacerme un hueco en el armario y en el cuarto de baño, y pasarte al lado derecho de la cama. Así que, ahora que todavía estamos a tiempo, ¿estás segura de que quieres hacerlo?
- Yo sólo he dicho que puedes quedarte. ¿Por qué das por hecho que vamos a compartir la cama? - bromeó Miranda.
- Buen regate. ¡Vas aprendiendo! Pero te recordaré esas palabras por la noche, cuando te sientas sola y yo esté la mar de a gusto en la habitación de invitados - contraatacó la chica, sarcástica, antes de dar media vuelta y alejarse por el pasillo. "Si no gana, empata" se dijo Miranda, suspirando, de la que recuperaba su pijama y su sudadera y se vestía. Pero tenía que reconocer que también había echado de menos las agudas réplicas y el particular sentido del humor de Sunny. Al cabo de un rato oyó correr el agua de la ducha y decidió tomarse otro café mientras su recién recuperada pareja terminaba de asearse. Después de todo, el anterior había terminado esparcido por toda la alfombra durante su intenso encuentro sexual previo. Una vez hubo terminado de calentar la taza en el microondas, se acercó de nuevo a la ventana para seguir contemplando la ciudad. Madrid se desperezaba poco a poco y cada vez había más gente por la calle, paseando o tomando el aperitivo en alguna de las terrazas cercanas al Palacio de Deportes. Viendo aquella escena tan cotidiana se le hacía extraño pensar en cómo habían cambiado las cosas en poco más de un par de horas.
¿Y ahora qué? Como escritora Miranda sabía que los libros no siempre acaban en la última página, y que las más de las veces, había otra historia detrás de la historia. ¿Cuál sería la suya? ¿Sería verdad que a la tercera iba la vencida, o estaban condenadas a reencontrarse y fracasar una y otra vez? Finalmente se encogió de hombros. No tenía sentido especular con el futuro, pero de algo si estaba segura: y es que, con Sunny a su lado, este sería cualquier cosa menos aburrido.


Y este, ahora sí, es el final.

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

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