Miranda /05


- Ay, Dios - susurró Miranda al cabo de un par de horas, intentando recuperar el aliento a la vez que se apartaba el pelo de la cara.
- Lo sé - dijo Sunny, aun recostada sobre ella -. No has parado de repetirlo. ¿Qué pasa? ¿Has tenido una epifanía?
- Yo no lo llamaría así, precisamente.
- Mmm... ¿Hacia mucho desde la última vez?
- No mucho. Dos años, nueve meses, un par de semanas, tres días y... déjame ver... unas cinco horas, minuto arriba, minuto abajo.
- ¡Caray! Menuda fuerza de voluntad - musitó su ex (¿o ya no lo era? a esas alturas Miranda empezaba a sentirse un poco confusa), sin dejar de acariciarle la espalda con los labios.
- Si, eso mismo - le contestó, sonrojándose -. Fuerza de voluntad. Así soy yo. Toda autodominio.
- Creí que te lo habrías quitado.
- ¿El qué? - ahora fue el turno de Miranda de sorprenderse.
- El tatuaje - aclaró Sunny, mientras recorría con la punta del dedo el elaborado diseño que adornaba la parte baja de la espalda de su pareja.
- Ah, no. Ni siquiera se me pasó por la cabeza.
- ¿Por qué no?
- No lo sé - reconoció -. Era lo único que me quedaba de ti. Quitarlo hubiera sido como... como intentar borrarte de mi memoria, y no me sentía capaz.
- Sabes, me encanta cuando dices esas cosas - le susurró Sunny al oído, provocándole un nuevo estremecimiento de placer con el simple roce de su aliento sobre el lóbulo de la oreja -. El problema es que luego sigues hablando, y la fastidias.
- ¡Eh! - protestó Miranda -. Yo ya no soy así. He cambiado.
- Me alegro por ti. Yo no. Yo sigo siendo básicamente la misma persona, y quiero lo mismo que quería antes. Estabilidad. Formar una familia. Tener hijos. Ya sabes, el paquete completo.
- ¿Hijos? - repitió Miranda, repentinamente alerta -. ¿Te refieres a niños pequeños? ¿Con embarazo, clases pre-parto y todo eso?
- Si, a todo eso.
- Ya. ¿Y de cuantos estaríamos hablando, aproximadamente? - le preguntó, intentando que su voz sonase lo más firme y serena posible.
- Tres. Nunca me han gustado los hijos únicos, y odio eso de las parejitas. Tres me parece el número perfecto.
- Tres.
- Si. ¿Por? ¿Algún problema?
- Mmm... - carraspeó Miranda, intentando ganar tiempo desesperadamente. Sabía cuál era la respuesta correcta, pero por alguna razón las palabras se negaban a salir de su garganta.
- Tranquila - dijo por fin Sunny, en tono burlón -. Sólo te estaba tomando el pelo. Pero el caso es que no lo descarto. No quiero cerrarme ninguna puerta. Y, sobre todo, me gustaría saber que si decido seguir adelante, tú estarás ahí, apoyándome, en vez de imitar al correcaminos y salir por piernas. Como de costumbre.
- Bueno, aun sigo aquí, ¿no? - replicó Miranda, mosqueada.
- Te recuerdo que estamos en tu casa. No obstante, te concedo que el hecho de que no me estés echando a la calle sin darme siquiera  tiempo a terminar de vestirme, es un punto a tu favor.
- ¿No te parece que ahora estás siendo un poco cruel?
- Si, lo siento. No sé porque lo hago. Ni siquiera me hace feliz. Quizás es que no tenía tan superado lo nuestro como pensaba. O puede que en realidad sólo este enfadada conmigo misma, y lo esté pagando contigo. Ya ves, nunca tienes un buen psicólogo a mano cuando realmente lo necesitas - sentenció Sunny, a la vez que se incorporaba y empezaba a recoger su ropa del suelo.
- ¿Qué piensas hacer ahora?
- Buena pregunta. Ayer te hubiese dicho que coger un avión, regresar a Málaga y seguir con mi vida, pero ahora... no lo sé. Supongo que pasar por el hotel a recoger mis cosas y después, ya veremos.
- ¿Por qué no te quedas aquí mientras te lo piensas? - ofreció Miranda, observándola desde el suelo -. Tengo espacio de sobra.
- Te lo agradezco, pero no es tan sencillo.
- ¿Por qué no?
- Bueno, para empezar te recuerdo que vivo en otra ciudad.
- ¿Y qué más da? Estamos en la era de Internet. Seguro que podemos arreglar la mudanza desde aquí.
- Es posible, pero hay cosas que tengo que hacer en persona, como hablar con Andrea. No importa lo que pienses de ella, ha sido una buena compañera y se ha portado genial conmigo. Se merece... se merecía algo mejor que todo esto. Lo menos que podemos hacer es explicarle cara a cara lo que ha pasado y pedirle disculpas.
- Perdona - le cortó Miranda, nerviosa -, pero no he podido evitar darme cuenta de que has dicho "podemos", en plural.
- Bueno, daba por hecho que tú también vendrías. Al fin y al cabo, algo has tenido que ver en todo esto, ¿no te parece?
- Ya. Es que tengo la impresión de que a tu amiga no le caigo muy bien, que digamos.
- Para ser exactos, le caes fatal. Pero tranquila. Yo soy tan culpable como tú de lo que ha pasado. Puede que incluso más. Empecé a salir con Andrea por que... por que era tan distinta de ti que pensé que podría ayudarme a pasar página y empezar de cero. Pero sólo me estaba engañando a mi misma y, lo que es peor, a ella también. Nunca te he olvidado - musitó Sunny, regresando junto a su compañera y agachándose para mirarle directamente a los ojos -. Tengo todos tus libros. Los compraba y leía a escondidas, junto con recortes de tus artículos y un montón de fotos tuyas que me bajaba de Internet. ¿Qué te parece? Me paso la vida juzgando a los demás, y al final no soy más que una mentirosa patológica.  - añadió, en tono amargo, casi como si estuviera hablando para sí misma.
- No digas eso - replicó Miranda, apoyando la frente sobre la de su ex, mientras le acariciaba el rostro con las manos y finalmente la besaba en los labios -. No eres una mala persona. De hecho, eres una de las mejores personas que conozco. Lo que pasa es que te exiges demasiado, y nadie es perfecto.
- Eso es una frase hecha. Y sólo lo dices para consolarme.
- Pues sí, pero no por eso es menos cierto.
- Ayer te mentí a la cara. Y no una, sino un par de veces - reconoció Sunny.
- Ya. Bueno, supongo que tendrías tus motivos.
- Sí, aunque eran un poco egoístas. No es que quisiera hacerte daño, tan solo pensé que si te enfadabas conmigo, todo sería más fácil. Pero después me di cuenta de que más fácil no significa necesariamente mejor.

(Continuará...).
© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

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