Sunny /05


Al día siguiente Miranda se despertó con un fuerte dolor de cabeza y la sospecha de que no se encontraba en el lugar correcto, sospecha que se vio confirmada al abrir los ojos y echar un vistazo a su alrededor. Ese no era el dormitorio de Irene. De hecho, a juzgar por la llamativa decoración y las prendas de ropa desperdigadas por todas partes, había bastantes probabilidades de que fuese el apartamento de su vecina. Por Dios, se recriminó la joven. Acababa de acostarse con ella, y ni siquiera así era capaz de llamarla por su nombre. Rápidamente rescató su ropa interior del suelo y se arregló como pudo antes de salir de la habitación. Sunny estaba en la cocina, muy atareada con la cafetera y otros cachivaches, pero se interrumpió para saludarla al verla aparecer por la puerta.
- ¡Hola! Buenos días, dormilona. Ya pensé que no ibas a levantarte hasta después del mediodía. No es que me molestes - se apresuró a explicar - pero como sé que te tomas tu horario de trabajo muy en serio... ¿Tienes hambre? Estoy haciendo el desayuno, pero como no tengo ni idea de lo que te gusta, he preparado un poco de todo: zumo, tostadas, huevos revueltos y tortitas, pero creo que me han salido un poco secas - dijo la chica, en tono apresurado.
- Mmm... ¿Te importa que vaya un momento al baño?
- ¡Como no! En el dormitorio, la puerta que está junto al armario empotrado. Pero eso ya lo sabes, ¿no?
- ¿Por?
- Porque la casa de tu prima es igual, tonta - explicó Sunny, sonriente.
- Sí, claro - asintió Miranda, sintiéndose mucho más torpe que de costumbre -. Discúlpame un segundo. Ahora vuelvo.
Ya en el aseo, procedió a remojarse la cara y la nuca con abundante agua fría en un esfuerzo por terminar de despertarse y recordar lo que había pasado la noche anterior, hasta que poco a poco algunos recuerdos borrosos fueron cobrando sentido. Después de cenar Sunny la había invitado a tomar la última copa, y después habían tomado otra, y otra más. Al final habían regresado a casa en taxi, y se habían despedido enfrente de la puerta de la chica. O al menos lo habían intentado, ya que durante el beso de buenas noches sus labios se habían rozado un segundo más de la cuenta. Y entonces, en vez de apartarse, ella había entreabierto la boca, buscando la lengua de Miranda con la suya. A partir de ahí, todo se había descontrolado. Tenía unos labios dulces y cálidos, y su aliento sabía a lima, azúcar y otro millón de cosas igualmente agradables.
- ¡Serás idiota! - le gritó a su imagen en el espejo. Era increíble el talento que tenía para complicarse la vida. Casi podía imaginar los comentarios de reconvención de su madre, por no hablar de Irene, cuando se enterase de que se había enrollado con su vecina. "¡Por Dios! ¿Es que para ti no hay nada sagrado? ¿Es que no eres capaz de mantener las manos dentro de los bolsillos?". Aunque para ser sinceros, y por lo que Miranda recordaba, Sunny era la que se había encargado de la mayor parte del trabajo manual.
- Ay, Dios. He pervertido a Pollyanna - se dijo, compungida, antes de cerrar el grifo y regresar a la cocina, donde Sunny seguía ocupada con la tostadora y el exprimidor de zumo.
- ¿Y bien? ¿Quel sera mademoiselle petit-déjeuner?
- La verdad es que solo suelo desayunar una taza de café - confesó Miranda, sintiéndose terriblemente culpable.
- ¡Marchando! - exclamó la chica -. Una taza extra grande de café para la escritora. Solo y sin azúcar, como a ti te gusta.
- ¿Cómo lo sabes? - le preguntó, confusa.
- Porque te pega - respondió la chica, enigmática.
- ¿En serio?
- Vaya, casi te engaño. Ayer lo pediste así después de la cena.
- Ah, claro - asintió Miranda, sin acordarse realmente, mientras se abrasaba la lengua en un esfuerzo por terminar el café lo más rápido posible.
- ¿Y qué quieres hacer hoy? Si te apetece, puedo pedir el día en el trabajo y nos escapamos a Puerto Banús a tomar algo y sufrir mirando escaparates.
- Te lo agradezco, pero me gustaría recuperar el tiempo perdido mientras todavía tengo la historia fresca en la cabeza. Quiero decir, no es que lo de ayer haya sido una pérdida de tiempo - se apresuró a explicar, al darse cuenta de lo feas que habían sonado sus palabras -. Al contrario, ha sido increíble, pero ya sabes que el libro no se va a escribir solo.
- ¡Que horror! - replicó Sunny, haciendo un puchero con el labio inferior -. Seducida y abandonada después de la primera noche. ¡Me he convertido en un cliché! Ahora es cuando me dices eso de "Ya te llamaré" y te largas corriendo.
Las palabras se la chica se acercaban tanto a las verdaderas intenciones de Miranda que esta estuvo a punto de atragantarse con el café. Rápidamente compuso un gesto mitad protesta, mitad disculpa, pero antes de que pudiese decir nada su anfitriona se echó a reír.
- Tranquila, te estoy tomando el pelo. ¡Tenias que haberte visto la cara! Me parece que eso de fingir se te da fatal.
- Desde luego, no es uno de mis mejores talentos.
- ¿Y si me paso después a buscarte para salir aunque sea cinco minutos y así desconectas un rato?
- Mejor te aviso yo. No me gusta que me interrumpan cuando estoy en racha. Oye, ¿sabes dónde está el resto de mi ropa?
- ¿Para qué quieres vestirte? Estás mucho mejor así - repuso la chica, maliciosa.
- Venga, no seas mala.
- ¡Cobarde! - repitió Sunny, mientras apuraba el resto de su vaso de zumo -. Esta donde la dejaste, debajo de la cama, pero por mi lado.
- Ah. ¿Y cuál es tu lado?
- Normalmente los dos. Esta noche, en concreto, el izquierdo. ¿Seguro que no puedo tentarte para que te quedes un poquito más? - insistió la joven, levantándose la camiseta lo suficiente para que Miranda pudiese comprobar que no llevaba nada más debajo, excepto un sucinto slip rosa de Intimissimi. Esta vacilo unos segundos, indecisa, atrapada entre la tentación y lo que le dictaba el sentido común. Finalmente, gano la primera.
- Voy a ir al infierno - susurró entre dientes, mientras regresaba junto a Sunny, para fundirse con ella de nuevo en un feroz abrazo.

Era increíble como tu vida podía cambiar sobre la marcha de un día a otro, se dijo Miranda, ya de vuelta en su apartamento. Pese a lo que le había dicho a Sunny, lo cierto es que se sentía incapaz de escribir una línea, presa de un nerviosismo que no recordaba haber sentido desde su etapa adolescente. Frustrada, y algo irritada consigo misma, se cambió de ropa para salir a dar un paseo. Su deambular acabó por llevarla a primera línea de playa, donde se entretuvo un largo rato observando el incesante vaivén de las olas, hasta que una sensación de vacío en el estómago le recordó que ya habían pasado varias horas desde la última vez que había comido algo sólido, por lo que decidió sentarse en una cafetería cercana para tomar el aperitivo. Cuando quiso darse cuenta, ya había comprado un paquete de tabaco y estaba encendiendo el primer cigarrillo con un deleite casi sensual. Genial, se dijo. Solo le faltaba volver a fumar para rematar aquella jornada tan fuera de lo común. ¿Y ahora qué? ¿Qué venia a continuación? ¿Pedirle de salir? ¿Irse a vivir juntas? ¿Conocer a su familia? Absurdo. Sunny y ella no tenían casi nada en común más allá de una atracción sexual pasajera. Vivian en ciudades distintas y tenían gustos y aficiones diferentes. Aunque a la gente le gusta pensar que los extremos opuestos se atraen, Miranda conocía bien la verdad que se escondía tras el tópico: los opuestos se atraen, pero no duran. Además, estaba dando por hecho que lo que había pasado entre ellas era igual de importante para las dos, pero ¿y si no era así? ¿Y si Sunny coleccionaba amantes, y ella no era más que el fichaje de ese fin de semana, una famosilla para vacilar en televisión y en las redes sociales? Ahora estaba siendo cruel, pero el caso es que podía escribir un libro con todo lo que no sabían la una de la otra. No, lo mejor sería cortar por lo sano ya. Cuanto antes. Quedarse con un bonito recuerdo de lo que pudo haber sido y finalmente no fue, y todos los lugares comunes aplicables a ese tipo de situaciones.
Así, cuando un par de horas más tarde Sunny acudió a buscarla, Miranda ya tenía más o menos ensayada la respuesta que iba a darle.
- ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Has trabajado mucho? ¿Te apetece salir a correr un poco para tomarnos después un café con pastas sin sentirnos culpables?
- Casi mejor que no - le respondió -. Mira, lo de ayer fue muy bonito, de verdad, estuvo genial, pero tengo que centrarme en lo mío y terminar ese libro como sea. Vale más que cuando tenga un rato libre sea yo la que pase a buscarte. ¿Lo entiendes, verdad?
- Claro - aceptó la joven, impertérrita, sin que su sonrisa se alterase lo más mínimo -. Te dejo entonces, para que sigas trabajando. Ya me contarás que tal. Si me necesitas para algo, ya sabes dónde estoy.
- Justo aquí al lado.
- Eso mismo. ¡Cuídate! - se despidió la joven, lanzándole un beso con la mano. ¿Y ya está? ¿Eso era todo? Miranda se sentía atrapada entre sentimientos contradictorios: aliviada, por un lado, y decepcionada por otro. Aliviada, por haber salido tan fácilmente del paso. Y decepcionada porque contra toda lógica, esperaba algo más. Cabreo, lágrimas, reproches, algo que indicase que detrás había un verdadero sentimiento. Qué triste es ponerte en lo peor y acertar, se dijo, mientras cerraba la puerta, intentando cerrar también con ella esa fugaz etapa de su vida. O eso pensaba. Sin embargo, no iba a ser tan fácil.

(Continuará...)

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