Microrrelatos #001

Hacia tiempo que la ficción no tenía presencia en el Zoco, desde que subí Reunión el 23 de noviembre del pasado año. Ahora mismo tengo varias historias en cartera que ire reproduciendo aquí a medida que las vaya terminando, revisando y registrado en Safe Creative, como la séptima entrega de Un mal lugar donde perderse, la primera aventura de Malcom Drake, nuevas entregas de los archivos de Adrián Ruthven o un nuevo relato corto de temática sentimental. Entretanto, para ir haciendo boca, aquí dejo un muestra de algunos de los microrrelatos que publico directamente en el Facebook o en algunos club de literatura del Google + y que hasta ahora no habían aparecido en el Zoco. La próxima semana subiré una nueva selección que espero sea igualmente de vuestro agrado. Un saludo cordial y nos seguimos leyendo.


La traición de la mente

En realidad, el motivo por el que me agradaba Jerome era el mismo por el que no le caía bien a la mayoría de la gente. Tenía fama de ser demasiado hosco y retraído, aunque cuando llegabas a conocerlo mejor te dabas cuenta de que en realidad no era más que otro de esos tipos demasiado sensibles como para saber relacionarse adecuadamente con los demás. Su madre había muerto de Alzheimer cuando él era muy joven y, durante los últimos estadios de la enfermedad, no era capaz de reconocer a su propio hijo.
Tal vez por ello, Jerome se había volcado en colaborar con varias ONGs dedicadas a combatir dicha enfermedad, y pasaba muchos fines de semana trabajando como voluntario en una residencia de la tercera edad. Sin embargo, todo aquello apenas había servido para conjurar sus demonios ya que, muy en su interior, Jerome había desarrollado un pánico inconsciente a terminar como su progenitora. La peor traición, me dijo durante una de las contadas ocasiones en que habíamos salido de copas, era la traición de la mente: ser consciente de que tu cerebro te está engañando, y no poder hacer nada por evitarlo. Para combatirla se había sometido a una férrea disciplina de ejercicios tanto físicos como mentales; pero así y todo, cada vez que se olvidaba de algo, o tenía un pequeño despiste, caía en una profunda depresión, como si aquel enemigo invisible que acechaba dentro de su cabeza hubiera ganado la primera batalla.

(Gijón, agosto de 2013).


Germán

Cuando Germán llegó a su banco del parque, como todos los sábados, se encontró ahí sentada a una atractiva joven morena de cabellos cortos y ojos oscuros leyendo lo que parecía un viejo y arrugado libro de bolsillo. Germán le dirigió una cortés sonrisa de compromiso a la vez que se sentaba a su lado y encendía su lector de libros electrónicos. La chica apenas le dedicó una mirada fugaz, absorta en su lectura.
- ¿Está interesante? - preguntó Germán.
- ¿Perdona?
- El libro. ¿Es entretenido?
- No me interesa.
- ¿El qué? - replicó a su vez Germán, confuso.
- La conversación. No pienso enrollarme contigo, así que estás perdiendo el tiempo.
- ¿No te parece que eres un poco creída? Solo te he preguntado que estabas leyendo.
La joven enarcó levemente una ceja, indecisa, para terminar enseñándole a Germán la portada del libro.
- "La carretera", de Cormac McCarthy. ¿Te gusta la literatura de anticipación?
Ella se encogió de hombros, e hizo ademán de continuar con su lectura.
- Yo estoy leyendo "La ciudad de cristal" de Paul Auster.
- ¿En eso? - dijo la joven, señalando despectivamente al Reader -. Eso no es leer, igual que ver una película pixelada y con mal sonido en tu ordenador tampoco es ir al cine.
- Vaya, así que además de creída eres un poco snob. Por esa regla de tres, seguirás escribiendo a pluma y a la luz de las velas ¿no? Espero que eso que llevas ahí no sea un teléfono móvil, con lo bien que nos comunicábamos a través del telégrafo, o con señales de humo.
La chica bufó y, tras dirigirle una última mirada asesina, se levantó y abandonó el banco balanceando las caderas con un aire de ofendida majestad. Al cabo de varios segundos Germán se acomodó, estirando las piernas y apoyando los brazos sobre el respaldo, a la vez que una sonrisa de satisfacción se extendía por su rostro.
- Por fin solo - susurró, antes de devolver su atención al libro que estaba leyendo.

(Gijón, octubre de 2013).

 Ambas historias © Alejandro Caveda (2013, todos los derechos reservados).

(Puedes encontrar más obras de Ficción a través de los archivos del blog, o directamente en la nube de etiquetas anexa).

Comentarios

rubén ha dicho que…
Hola, he iniciado un proyecto para escribir un relato cada día del año. He encontrado tu blog por internet, y estoy pensando en añadirte como blog amigo. Si quieres, puedes darte una vuelta por mi blog y quizás añadirme como amigo. Soy http://pepitas-de-oro.blogspot.com
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Rubén, perdona el retraso en contestar, ando un poco liado y estoy poniendome al día con los comentarios. Muchas gracias por tu ofrecimiento así como por tu amable opinión, veré de pasarme por tu sitio y charlamos con más calma. ¡Saludos!