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Reunión



Martín estacionó el coche al borde de la carretera, en una zona que sin ser aparcamiento, era lo bastante llana y despejada como para servir como tal. Ya era casi mediodía, y la temperatura resultaba agradable sin llegar a ser agobiante. Al salir del vehículo se desperezó, sintiendo como las vértebras le crujían y restallaban al colocarse en su sitio, a la vez que examinaba el paisaje en busca de la familiar silueta de Rubén. Apenas tardó un par de segundos en localizarle, sentado junto a un macizo de flores y medio oculto por otro grupo de visitantes que se alejaban en dirección al edificio principal. 
- Ya pensé que no venías - dijo su amigo, por toda bienvenida, cuando Martín se sentó a su lado. 
- Siempre me pierdo de camino a este maldito lugar. Y mira que he venido veces. 
- Deberías comprarte un GPS. 
- Debería comprarme un coche nuevo - replicó Martín, encogiéndose de hombros -. ¿Y tu que tal? 
- Ya ves. ¿Tienes un cigarrillo? 
- Pensé que habías dejado de fumar. 
- Y lo he hecho. Como un millón de veces. ¿Lo tienes, si o no? 
Martín extrajo un arrugado paquete de tabaco del bolsillo de su camisa y le ofreció uno a su colega, que lo aceptó con una simple inclinación de cabeza. 
- Me encanta como han dejado este sitio - añadió, más que nada para romper el hielo. Ahora fue el turno de Rubén de encogerse de hombros. 
- No está mal. 
- El detalle de las flores y la escultura de agua está bien, pero mejoraría mucho acompañado de una sombrilla y una cerveza muy fría. 
- Si, claro - se rió Rubén -. Y además, servida por una linda camarera en top less. No te fastidia. 
- Puestos a pedir... - sentenció Martín. Ambos volvieron a quedarse en silencio durante varios minutos, con la mirada perdida en la distancia, donde una hilera de montañas se recortaba sobre el horizonte a modo de muralla natural. 
- ¿Qué tal todo ahí fuera? - preguntó finalmente Rubén. 
- Cambiado. A veces me emociono cuando voy paseando por la calle y veo una tienda o algún lócal de copas que reconozco de los viejos tiempos y que todavía sigue ahí. El resto es como si ya no fuera mi ciudad. 
- ¿Sabes algo de Laura? 
- Poca cosa. Sé que se ha vuelto a casar y tiene otra niña. Muy mona, parece una de esas modelos de catálogo de ropa infantil. 
- ¿Mantenéis alguna clase de contacto? 
- De vez en cuando me pasa una foto por Whatsapp, y en navidades le mando una de esas postales virtuales de feliz año nuevo. 
- Nunca viene a verme - comentó Rubén, en tono neutro, como si estuviese hablando del estado del tiempo. Martín no dijo nada; en ese sentido, sabía que no había nada que pudiese decir para animar a su amigo. 
- Había pensado que tal vez podrías hacerme un favor - añadió Rubén, al cabo de varios segundos. 
- ¿Qué favor? - repitió Martín, repentinamente alerta. 
- Hablar con ella. Darle un recado de mi parte. 
- Rubén, no fastidies - exclamó su amigo, poniéndose en pie y dándole la espalda, pero sin alejarse del todo. 
- Vamos, ¿qué te costaría hacerlo? 
- No, y no es negociable. No me importa venir todos los meses, pero no pienso ser vuestro paño de lágrimas. Ella ha pasado página y tu deberías hacer lo mismo. 
- ¿Crees que es tan fácil? 
- Ni lo sé ni me importa. Sé que no te queda más remedio. 
- Eres un pésimo amigo. 
- Si quieres que deje de venir, no tienes más que decirlo. 
- No - aceptó Rubén al cabo de un par de segundos -. Mejor esto que nada. Al menos piénsatelo, ¿vale? 
- Rubén... 
- ¿Qué te cuesta decir que sí? 
- Esta bien. ¿Necesitas algo más? ¿Tabaco? ¿Una botella de tequila? ¿Revistas eróticas? 
- Muy gracioso. Perdona si no me caigo por el suelo revolcándome de la risa. 
- Solo intentaba ser educado - dijo Martín, mientras recogía su chaqueta y se disponía a alejarse -. Volveré el mes que viene. Intenta no meterte en más líos. 
- Tranquilo. Aquí estaré - replicó Rubén, dándole la última calada al cigarro y arrojando la colilla entre la hierba con un seco gesto de la mano. Apenas había dado un par de pasos cuando Martín se giró para preguntar, curioso: 
- Oye, amigo, ¿cómo es eso de estar muerto? 
Rubén se encogió de hombros. 
- ¿Qué quieres que te diga? ¿Y cómo es eso de estar vivo? 
- Un asco. 
- Pues más o menos igual. 
Martín asintió con la cabeza, como si no esperase otra respuesta, y continuó su camino de vuelta al coche. Al llegar junto al vehículo se dio la vuelta para despedirse de nuevo, pero Rubén ya había desaparecido, dejando una colilla humeante en el suelo como único recuerdo de su conversación. 
- Bonito truco - reconoció Martín, mientras se introducía en el vehículo y arrancaba el motor. A ver si recordaba el camino de vuelta. Salir de aquel sitio siempre le costaba tanto como llegar, si no más, y no quería pillar el atasco de todas las tardes en la rotonda.

© Alejandro Caveda (2013).

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