"Doble Juego"; una selección, por A. Caveda

Los seguidores habituales de este blog ya saben que de vez en cuando me gusta subir fragmentos de alguno de los relatos o novelas cortas que voy escribiendo a ratos libres con la esperanza de poder publicarlos algún día (sí, ya lo sé, pero que quieren: de esperanzas e ilusiones...).Entretanto, aquí dejo un par de muestras de uno de ellos provisionalmente titulado Doble Juego y que intenta combinar algo del estilo de las novelas de Raymond Chandler con el cine de Dario Argento, partiendo de la base de que no le llego a ninguno de los dos a la suela de los zapatos. Como siempre, espero que les guste y no se corten con los comentarios.



Cuando llegué al lugar de la reunión pasaban más de veinte minutos de la hora de la cita. La señora Ballantine ya estaba ahí. No era en absoluto como me la había imaginado tras nuestra breve conversación telefónica: parecía demasiado joven y bonita como para ser la mujer de un cretino como Richard Ballantine, pero como se suele decir, el amor es ciego y siempre tiene un precio. Me pregunté cual habría sido el suyo. Iba por la mitad de la segunda copa de vino y cuando me senté frente a ella me obsequió con una mirada tan dura y despectiva que le hubiese comido la moral a alguien con menos autoestima que yo. 
- Llega tarde - me espetó, por todo saludo. 
- Lo siento. Me retuvieron en el aereopuerto. Nuevas normas de seguridad, ya sabe. 
Ella apuró el resto de la copa mientras me observaba con más atención a la vez que tamborilleaba, impaciente, con sus uñas sobre la mesa. 
- No tiene usted aspecto de investigador privado. 
- ¿Y qué aspecto se supone que debería de tener? - repliqué, curioso. 
- No lo sé. Más alto y fornido, tal vez. ¿Es cierto que estuvo en el ejército? 
- Si y no. Era oficial de intendencia. Me temo que lo más cerca que estuve del frente fue una vez que sobrevolamos Karbala a 800 metros de altitud. Ni siquiera oi el ruido de los disparos. 
Como curriculum no era muy impresionante, pero no pareció importarle. Volvió a dirigirme otra escrutadora mirada con aquellos enormes ojos tan azules como el mar e igual de brillantes. Cuando habló de nuevo su tono de voz era un poco más cálido y menos agresivo. Con su vestido de marca, la cuidada manicura y el peinado a la moda hubiera podido pasar por toda una dama de la rancia sociedad de Boston, pero todavía conservaba un cierto acento de la Europa del Este que traicionaba su origen extranjero. 
- ¿Soy sospechosa? 
- ¿Debería? 
- No sé nada de los asuntos de mi marido. 
- ¿Porqué piensa que quiero hablar de él?
Ahí la sorprendí. Fue apenas un leve parpadeo, y se rehizo enseguida, pero durante apenas un segundo perdió su máscara de impasibilidad. "Te pillé", pensé, mientras le dedicaba mi mejor sonrisa de complicidad (...).


Era noche cerrada cuando relevé a mi compañera de guardía en la mansión de los Ballantine. Tenía varias largas y solitarias horas por delante, asi que decidí hacer una visita a la cocina para prepararme una taza del mejor café de mi anfitrión (qué diablos, él se lo podía permitir) y de paso comprobar el sistema de alarma. Cuando regresé al salón ella estaba ahí, de pie frente al ventanal, con un cigarrillo encendido entre sus largos y delicados dedos. 
- ¿No puede dormir? - pregunté, solicito. 
- Pensé que agradecería algo de compañía. ¿No le resulta aburrido pasar tantas horas aquí solo? 
- Es mi trabajo - respondí, encogiéndome de hombros -. ¿Y usted? ¿Cómo es que no está con su marido? 
- Hace tiempo que mi esposo y yo no hacemos vida común - repuso, con indiferencia, mientras le daba una larga calada al cigarro. Sólo ella podía darle ese toque de sensualidad a un gesto tan vulgar y cotidiano. 
- Perdone que se lo diga, pero no da la impresión de que le importe mucho. 
- Es lo que tienen los matrimonios de conveniencia: cada uno sabe cual es su lugar y lo que puede esperar del otro. Yo hago la vista gorda ante sus numerosos deslices y a cambio disfruto de esta preciosa jaula dorada. 
- No parece un mal trato. 
- No, si es que no te importa la soledad. Perdone - hizo un vago gesto con la mano, como intentando restarle importancia a sus palabras, y aplastó el cigarro contra el marco de la ventana -. No sé por que le cuento todas estas cosas. No es... apropiado. 
- No se preocupe. La discrección va con el trabajo. 
- Se lo agradezco - musitó en voz baja, dedicándome otra de aquellas escasas y furtivas sonrisas suyas capaces de iluminar la noche más oscura. Por un segundo, atrapada en aquel breve momento de debilidad, me pareció más joven y adorable que nunca. Pero el momento pasó y volví a tener enfrente de mí a la Erica Ballantine de costumbre, tan sofisticada como distante. 
- Siempre puedes cambiar de vida y volver a empezar - le sugerí, tuteándola de forma inconsciente, aunque ella no pareció notarlo. 
- ¿Cambiar a qué? 
- Podrías volver a la música. Sabes, hace años te vi durante un concierto en el Palacio de la Música de Viena. La forma que tenías de tocar el piano me llegó al corazón. Eras increiblemente buena y no creo que hayas perdido nada de tu talento. 
Pude ver que agradecía mi comentario, aunque quisiese aparentar indiferencia. 
- Que adulador. Ojalá todos mis críticos opinasen igual que tú. 
- Estoy seguro de que podrías convencerles con tu encanto personal. 
- ¿En serio? Pues parece que mi encanto personal no funciona con tu amiga. 
- Eso es porque piensa que estás implicada de alguna manera en todo este asunto. 
- ¿Y tú? ¿Qué piensas tú? 
- Creo que sabes más de lo que nos has dicho - contesté sin pararme a medir mis palabras. Por toda respuesta, Erica apretó los labios y me lanzó una intensa mirada de furia antes de desaparecer en dirección a su dormitorio. Maldita sinceridad. Mi hermano siempre me decía que me traería problemas. Me alegre de que no estuviese presente para hacer uno de sus típicos comentarios sarcásticos. En eso, oi un tenue sonido de pasos a mi espalda. Erica Ballantine había regresado; y mientras cruzaba la estancia, liberaba los botones que sujetaban su vestido, el cual comenzó a resbalar hacia el suelo dejando su escultural cuerpo al descubierto. De repente comencé a notar una incómoda sequedad en la boca, a la vez que mi corazón se saltaba un par de latidos. Con un último golpe de caderás ella se deshizo del traje, quedando vestida tan solo con sus sandalias de Blahnik y un escueto conjunto de ropa interior de Agent Provocateur, tan natural y arrogante como si estuviese participando en un desfile de Victoria's Secret. 
- No es una buena idea - acerté a comentar mientras ella se acercaba desabrocharme la camisa -. De hecho, creo que es una pésima idea. 
- Oh, cállate y bésame (1) - me replicó, sin dejar de pelearse con mis botones. Aquel era el momento perfecto para haber mantenido la cabeza en su sitio y comportarme como un caballero, cosas ambas que, por supuesto, no hice.

(1) En el relato original, la expresión de Érica era mucho más directa; aquí la he suavizado para que Blogger no me censure el blog como "Contenido inadecuado".
(Gijón, enero de 2012).

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

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