Café para dos


Todos quienes me conocen desde hace tiempo saben que soy un adicto del café de Starbuck's, pero muy pocos conocen la verdadera historia detrás de la historia. Todo empezó hace unos quince años, cuando me trasladé a Madrid desde mi Asturias natal para preparar las oposiciones a profesor de Secundaria. Durante mi estancia en la capital me alojaba en un pequeño pero confortable apartamento, propiedad de unos parientes, situado al principio de la calle Orense, desde el cual tenía unas preciosas vistas de la Castellana, del Corte Inglés de la zona y de la torre Windsor (sí, la que ardió hasta los cimientos de forma misteriosa varios años después. Yo no tuve nada que ver con el incendio: lo juro. En ese momento ya no vivía ahí). Como alojamiento estaba bien, aunque a medida que avanzaba el día se me hacía un poco estrecho y me cansaba de estar ahí encerrado, así que solía coger los apuntes y bajar a dar un paseo y tomar algo en el Starbuck's de la esquina. La verdad es que el sitio era poco más grande que el apartamento en sí, pero el ambiente era muy agradable, los sillones confortables, y el café merecía la pena. Y luego estaba Irenka.
- Que nombre más bonito - comenté, cortésmente, la primera vez que me atendió en la barra.
- ¿Te gusta? Es la forma polaca de Irene, que viene del griego "Eirene" y significa Paz - me respondió, dedicándome una sonrisa tan hermosa como ella misma.
- Ah, ¿eres polaca? - pregunté, más que nada para poder seguir charlando con ella.
- No, italiana. De Nápoles. Pero mi padre sí es polaco, aunque lleva viviendo en Italia desde que tenía diecinueve años.
- ¿En serio? ¡Que mezcla más exótica! Pues hablas genial el castellano. Casi no se te nota nada de acento.
- ¡Que amable! Muchas gracias - musitó a media voz, desviando la mirada con timidez mientras me tendía mi Moka praliné. Más adelante descubrí que había venido a España con una beca Erasmus de intercambio y que una vez aquí había decidido quedarse un par de años más para perfeccionar el idioma. Día a día, café a café, nos íbamos poniendo al corriente de nuestras respectivas vidas y de nuestras peripecias por la capital. Al fin y al cabo, los dos éramos forasteros en tierra extraña. En ocasiones podíamos charlar hasta cinco minutos seguidos sin que nadie nos interrumpiese, pero por lo general teníamos que limitarnos a intercambiar un cálido saludo junto con el pedido.
Mi sitio favorito era una mesa con butacón cerca de la entrada y al lado de la cristalera, desde la cual tenía a la vez una estupenda vista de la calle así como del mostrador, y más de una vez me sorprendía a mí mismo buscando con la mirada la grácil silueta de Irenka mientras se movía por el local. Otras veces era ella la que se acercaba a saludarme con cualquier excusa (pasar el paño, o recoger la mesa) y continuar la conversación ahí dónde la habíamos dejado.
- Uf. No entiendo cómo puedes meterte todo eso en la cabeza - decía, señalando hacia la ingente montaña de apuntes.
- Te confesaré un secreto: sólo me estudio la mitad, y después rezo para que la mayoría de las preguntas sean de los temas que he preparado.
- ¡Venga ya! No te creo. Tienes demasiada pinta de empollón.
- Sí, claro. Todos los que usamos gafas somos unos genios. Ya podía - replicaba yo, con sorna, mientras mis ojos acariciaban con vida propia la delicada arquitectura de su rostro.
Es curioso como las personas nos dejamos llevar por la inercia y las más de las veces somos incapaces de reconocer lo que tenemos delante de nuestras narices hasta que dejamos de tenerlo. Tuve que ausentarme unos días de Madrid por motivos personales y a la vuelta ella ya no estaba. Al principio pensé que había cambiado de turno o se había cogido vacaciones, pero cuando al cabo de unos días reuní el valor suficiente para preguntarle a una de sus compañeras, ésta me dijo que ya no trabajaba ahí, y que no tenían ni idea de por dónde andaba.
Intenté retomar mi rutina cotidiana, pero algo había cambiado. El apartamento seguía cayéndoseme encima, pero ya no encontraba tanto placer en bajar al Starbuck's a estudiar. Lo que antaño era acogedor y reconfortante ahora me resultaba incómodo: había demasiada gente, demasiado ruido, e incluso el café parecía más insípido que de costumbre. Me llevó algún tiempo darme cuenta de que el problema no eran el local, ni la gente o el café. El problema era yo mismo, o más bien, la ausencia de Irenka. Ella era la que hacía que todo fuera mágico, diferente y especial y yo - ahora lo sabía - estaba total y completamente enamorado de ella, pero lo había descubierto cuando ya era demasiado tarde. Como escribí más arriba, somos incapaces de reconocer lo que tenemos delante de nuestras narices hasta que un día dejamos de tenerlo.
Comencé a dar largos paseos por la ciudad, sumido en mis pensamientos mientras escuchaba música a todo volumen a través de los auriculares de mi Walkman Sony (sí, aquello que usábamos cuando no había reproductores MP3; así de viejo soy). Sin embargo, pronto descubrí que no me iba a resultar tan fácil sacarme a Irenka de la cabeza: ¿alguna vez os habéis fijado cuántos Starbuck's hay en Madrid? ¿O cuántas personas pasean tomándose un café por la calle? Era como si el universo entero se hubiese conjurado para que todo me recordara a ella.
Algún tiempo después sentí la necesidad de volver a visitar el Starbuck's. Tal vez fuera nostalgia, o simplemente masoquismo puro y duro, qué sé yo. Pero me apetecía volver a sentarme en el mismo sillón y tomar un café en recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue. Por desgracia, mi sitio habitual estaba ocupado por una chica que leía un libro de Patricia Highsmith. Me quedé ahí parado, en seco, con una pinta más estúpida de lo habitual mientras musitaba una torpe disculpa y buscaba otra mesa con la mirada. Entonces ella levantó los ojos del libro y me dijo, con aquella voz tan dulce y familiar que ya no esperaba volver a oír:
- Puedes sentarte conmigo, si quieres. Me sobra una silla.
- Hola - tartamudeé, en un alarde de ingenio verbal - Perdona. Yo... no te había reconocido a este lado de la barra.
- Y sin el uniforme. Tú en cambio estás igual. Un poco más delgado. ¿Te estás dejando barba?
- Sí. Digo, no. Es que he andado un poco liado...
Me senté enfrente de ella mientras mi cerebro procesaba a toda prisa un millón de frases adecuadas y las descartaba con la misma rapidez, pero antes de que pudiese abrir la boca de nuevo Irenka  cerró el libro y se inclinó para decirme, casi al oído:
- Tengo que confesarte un secreto, pero me da corte hacerlo. Prométeme que vas a ser un caballero y pienses lo que pienses, no te vas a reír.
- Claro. Palabra de boy-scout - asentí, sinceramente intrigado.
- No estoy aquí por casualidad. Llevo viniendo todos los días a la misma hora desde hace una semana para ver si coincidíamos, pero la verdad, ya estaba a punto de darme por vencida.
Volviendo la vista atrás, ese parecía un buen momento para una réplica aguda e ingeniosa, al estilo de las de Jack Nicholson en Chinatown; pero mi boca fue más rápida que mi cabeza y me sorprendí a mí mismo diciendo:
- Ya que estamos en plan de revelar secretos te confesaré qué, en realidad, nunca he venido por el café...
Nos quedamos mirándonos en silencio durante unos interminables segundos, tan cerca el uno del otro que podía percibir como su flequillo oscilaba al ritmo de mi respiración. Y entonces, ella me dedicó la sonrisa más hermosa que una chica me haya dirigido jamás, y fue como si la primavera misma entrase por la puerta del local y todo a nuestro alrededor - la luz, los colores, su rostro - cobrase una nueva y mágica dimensión. Así que hice lo único que parecía tener sentido en ese momento y la besé. Estábamos rodeados de clientes, pero es lo bueno que tiene Madrid: la gente no se sorprende por nada, y todo el mundo va a lo suyo, así que nadie reparó en nosotros cuando nos fuimos, dejando nuestros cafés intactos sobre la mesa, como únicos testigos silenciosos de que alguna vez habíamos estado ahí.

© Alejandro Caveda (Todos los derechos reservados).

Comentarios

Gema Vallejo ha dicho que…
Ha sido un relato fantástico que me ha parecido muy entretenido. En cuanto comencé a leer ya tenía una sonrisa en el rostro y no se me ha ido hasta el final, comprendiendo casi lo que iba a pasar.

En serio, me encantó

Un saludo.
PuramenteInfiel ha dicho que…
¡Qué romanticismo!
Se te llena la boca de sentimiento cuando dejas los cafés atrás.
Besos de pecado.
PuramenteInfiel.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Gema. Me alegro de que te haya gustado y te haya hecho sonreir. La historia pudo irse por otros derroteros, pero afortunadamente, bien esta lo que bien acaba. Al menos, por un tiempo. Un saludo cordial y hasta pronto (espero).
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola otra vez, puramenteinfiel. Me alegro de que te haya dejado buen sabor de boca, es el mejor cumplido que podías hacerme. Un abrazo de vuelta y nos seguimos leyendo.
Angela Mar. ha dicho que…
Saludos amigo ,precioso relato,gracias por compartir ,un gran abrazo!!!
Anónimo ha dicho que…
Hola! Me gusto muchísimo tu relato, esta muy bonito. Me llamó mucho la atención el nombre "Irenka", ya que yo también me llamo así y es extraño leerlo porque hasta ahorita nadie que conozco se llama así o si quiera ha escuchado mi nombre en algún otro momento. Pero bueno, solo quería decirte eso y que me encanto la historia:)

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