Un mal lugar dónde perderse (003)


Como si intuyese que alguna forma que había sido descubierto, el helicóptero picó hacia nosotros. Las aspas de su hélice cortaron el aire con un zumbido tan amenazador como el de un enjambre de abejas furiosas. Me esforcé por mantener fijo el rumbo mientras mi acompañante estudiaba el aparato con una expresión indescifrable en su juvenil rostro.
- ¿Amigos tuyos? - aventuré, esperanzado.
- Yo no tengo amigos - replicó ella, en tono neutro.
- ¿Con ese carácter tan alegre? No me lo explico - repuse en voz baja, pero no lo suficiente. Supongo que tan sólo el hecho de tener el volante entre las manos me salvó de recibir un balazo en la pierna, o en algún sitio más comprometido. El helicóptero estaba cada vez más cerca, hasta el punto de que podía distinguir la silueta de los pilotos a través del cristal de la cabina, además de las extrañas (para mí) insignias que adornaban el fuselaje.
- ¿Quienes son entonces? ¿Insurgentes?
- No. Militares de la Coalición.
- Vale. ¿Y por qué nos persigue el ejército? - inquirí, sólo para recibir a cambio una mirada de extrañeza.
- Déjate de decir tonterías y conduce.
Hora de cambiar de tema. Eché un vistazo de refilón a la amenazadora silueta del Blackhawk.
- ¿Crees que podrías acertarle a esta distancia?
- ¿A tiros? ¿Estás de coña? Con ese blindaje necesitariamos un misil tierra-aire para derribarlo, como mínimo - protestó, pese a lo cuál descorrió el techo solar del vehículo y, empuñando su Glock, apuntó y abrió fuego en dirección a nuestro perseguidor. Tenía razón: para el daño que le estaba haciendo, lo mismo hubiera podido lanzarle un escupitajo. Sin embargo, el helicóptero se apartó unos metros de nosotros y aceleró hasta situarse un poco por encima y a la izquierda del Mercedes. Desde el interior una figura uniformada nos hizo señas para que redujésemos la velocidad.
- Creo que insinúa que paremos - traduje, de forma un tanto innecesaria.
- Pues va a ser que no.
- No sé si te habrás fijado, pero esa cosa tiene potencia de fuego suficiente como para volarnos en pedazos quince veces. Si no le hacemos caso, igual le da por practicar el tiro al blanco con nosotros.
- Lo dudo. No querrán arriesgarse a dañar la mercancía. Deben de estar radiando nuestra posición a los equipos de tierra para que nos intercepten más adelante - explicó, mientras recargaba su arma. No sé por qué, pero la perspectiva de que me detuviesen no me resultaba más atractiva que la de que me disparasen. Apenas llevaba una hora en pie, ocupaba un cuerpo que no era el mio y había perdido la memoria, pero estaba desarrollando a cambio un marcado instinto de supervivencia: propio o ajeno, aquel cuerpo era el único que tenía de momento. Y hasta que no descubriese que estaba pasando, tenía que intentar mantenerlo a salvo.
- Supongo que la opción de devolverles el maletín pacíficamente está descartada.
- No me he tomado tantas molestias para regalárselo ahora a la Coalición. Eso suponiendo que nos dejasen salir de aquí con vida. Y si vuelves a sugerir algo semejante te pegaré el tiro yo misma. ¿Entendido?
- Si, bwana - musité entre dientes al tiempo que apretaba a fondo el acelerador. La aguja del velocímetro saltó hasta las 110 mph, pero ni aun así logramos dejar atrás al Blackhawk, que se mantuvo tenazmente a nuestra altura. En ese momento una puerta lateral se abrió dejando asomar el cañón de una ametralladora de grueso calibre.
"Tengo un mal presentimiento", pensé; y acto seguido el universo se empeñó en darme la razón, cuando el arma comenzó a escupir fuego y un chorro de balas trazadoras se estrelló contra la carretera a muy poca distancia del morro del Mercedes, haciendo saltar trozos de asfalto en todas las direcciones, varios de los cuáles impactaron contra el cristal del vehículo, que se astilló sin llegar a romperse. Di un brusco frenazo y moví el volante en zig-zag en un inútil esfuerzo por esquivar la lluvia de proyectiles, pero lo cierto es que en medio de aquella carretera desierta eramos un blanco tan tentador como un pato en un tiro al blanco de feria.
- ¿Eso es lo mejor que puedes hacer? - protestó a gritos mi pasajera, disparando de nuevo contra el helicóptero, el cuál respondió ascendiendo unos cuantos metros, más por precaución que por sentirse realmente amenazado. A duras penas, reprimí el impulso de arrojarla del vehículo en marcha mientras mi cerebro se esforzaba por encontrar una vía de escape. La carretera se extendía en linea recta hasta el horizonte sin que pudiera divisar ninguna clase de puente o túnel que nos pudiese servir de refugio. A nuestra izquierda solo había arena, agua y más arena. Volver era imposible, seguir adelante era suicida, así que tan sólo nos quedaba una opción. Suspiré, aferrando el volante con más fuerza.
- Abrochate el cinturón de seguridad y agarrate bien.
- ¿Por qué? - me preguntó, con expresión desconfiada, pero obedeciendo mis instrucciones.
- Por esto - respondí, girando bruscamente el volante hacia la derecha y lanzando el todoterreno contra la vegetación que flanqueaba la carretera por ese lado.
- ¿Esta es tu gran idea? - gritó mi acompañante, aferrándose a la barra de seguridad como si le fuese la vida en ello (y en cierto modo, así era).
- No he oído ninguna mejor - repliqué, sin apartar la vista del camino. O, mejor dicho, del suelo, porque el camino lo estábamos abriendo nosotros sobre la marcha. Por el momento las ramas de los árboles nos ocultaban de la vista del helicóptero, pero a medida que avanzábamos el bosque se iba haciendo más denso y la distancia entre tronco y tronco tan estrecha que el Mercedes a duras penas pasaba entre ellos. El más mínimo descuido y nos estrellaríamos. Uno de los retrovisores laterales chocó contra una rama baja y salió volando por los aires, perdiéndose a nuestras espaldas. En eso, las ruedas delanteras tropezaron con un árbol caído en medio del terreno. Algo se rompió bajo el motor al tiempo que el Mercedes brincaba como un caballo encabritado y la luna delantera terminaba de explotar en una nube de pequeños fragmentos de cristal. Todo pasó tan rápido que apenas pude sentir el impacto de mi cabeza contra el techo del vehículo. Una exclamación de dolor a mi derecha me indicó que mi pasajera tampoco había salido indemne. Escupí un montón de maldiciones en voz baja mientras intentaba recuperar el control del todoterreno, el cuál rebotaba de obstáculo a obstáculo como una bola de pinball. Finalmente salimos a una zona más despejada que daba paso a una llanura que a su vez descendía con una suave pendiente hasta un distante riachuelo. Aquello parecía el final del camino. El Mercedes se movía por pura inercia y apenas salimos al descubierto, el Blackhawk se abalanzó de nuevo en nuestra persecución con la tenacidad de un depredador que ya ha probado sangre y quiere repetir.
- Fin de trayecto - anuncié, resignado, reduciendo poco a poco la velocidad.
- Ni se te ocurra - amenazó mi pasajera, apuntándome directamente a la cara.
- Muy buena idea, pegale un tiro al conductor. ¿Y que harás después? ¿Saltar del coche en marcha? ¿Volverte invisible? ¿Teletransportarte? Porque si tienes algún superpoder, este es un buen momento para usarlo.
La chica se mordió el labio inferior, pensativa, sin apartar el arma de mi rostro. Por el retrovisor pude comprobar que el Blackhawk se hallaba cada vez más cerca hasta el punto de que daba la impresión de que si sacaba el brazo por la ventanilla podría tocarlo. El copiloto volvía a hacer señales para que nos detuviésemos y a través del portón lateral pude divisar a varios tipos con uniforme oscuro y pasamontañas, armados hasta los dientes y recubiertos de cartucheras, correas y toda clase de impedimenta. Y aunque intentara aparentar indiferencia, por dentro me sentía terriblemente cabreado. Tanto correr para terminar al igual que al principio: confuso y sin respuestas. A esas alturas sólo podía salvarnos un milagro, y justo en ese momento, cuando parecía que todo estaba perdido, ocurrió. De repente, sin previo aviso, el helicóptero explotó sin más, como alcanzado por un rayo. Todo pasó demasiado rápido. Antes de que pudiésemos reaccionar, la onda expansiva nos alcanzó de lleno, mandando al Mercedes rodando cuesta abajo en medio de un estruendo de metal retorcido, hasta quedar volcado del revés, con las ruedas girando cada vez más despacio. Después sólo hubo silencio.

(¿Continuará?)

Un mal lugar dónde perderse 001
Un mal lugar dónde perderse 002

Comentarios

Irene Herrero ha dicho que…
Alejandro,esta tercera entrega es total!Me encanta toda ella,con muchísima acción,es trepidante!.
Cada vez leo cosas mejores,"con la tenacidad de una depredadora que ya ha probado tu sangre y quiere repetir"...
Bravo,Alejandro.Haz que continúe.Por favor,necesito más!!...

Irene Herrero
Alejandro Caveda ha dicho que…
Gracias por tus amables palabras, estoy preparando la cuarta entrega y espero que el interés no decaiga. Un cordial saludo y nos seguimos leyendo :)
Ángela Fernández ha dicho que…
Qué chulo, Alejandro!! Está super bien escrito, y es tan vívido y nítido que parece qie estoy sintiendo la persecución en mi propia piel!! Me encanta!! Haz que sobrevivan de esa caída, si??
Saludos!!
Alejandro Caveda ha dicho que…
Hola Ángela. Tengo escrito hasta la sexta parte, y estoy aprovechando las vacaciones para terminar la séptima. Me alegro de que te esté gustando, es todo un cumplido viniendo de alguien que escribe tan bien como tú. Un saludo cordial y nos seguimos leyendo.