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Un mal lugar dónde perderse (001)


Supe que algo iba mal antes de despertar. De alguna forma mi cerebro había adivinado antes de abrir los ojos que no estaba en el sitio correcto. Aquella cama era mucho más pequeña e incómoda que la mía, y el cuartucho en el que me encontraba tenía todo el aspecto de una destartalada habitación de motel que nadie se había tomado la molestia de arreglar en mucho tiempo. Confuso, intenté incorporarme mientras hacia un esfuerzo por recordar que lugar era aquel y cómo había llegado hasta allí. Tenía la boca seca y pastosa, y la cabeza me dolía como si un millón de pequeñas larvas se divirtiesen excavando túneles en mi cerebro.
No había mucho más que mereciese la pena ver aparte de la cama: una mesita de madera, un armario empotrado y un par de sillas con aspecto de no aguantar el más mínimo peso, además de un par de ajados posters colgados de la pared. Al otro lado una puerta entreabierta daba paso a lo que parecía ser un cuarto de baño tan cutre y sucio como el resto de la estancia.
Pensé que un poco de agua fresca me haría bien, así que hice un esfuerzo por ponerme en pie, aunque eso sólo sirvió para que los insectos que zumbaban en mi cabeza se entusiasmasen un poco más. La ropa que llevaba puesta tampoco me era familiar, aunque me sentaba como un guante: botas de cordones, un vaquero y una camiseta gris, todo ello con un aspecto raído y repletos de manchas de barro y óxido. Sin embargo, por más que lo intentaba, era incapaz de recordar que había hecho la noche anterior. O ya puestos, mi nombre y mi dirección.
El aseo era tan pequeño y sucio como parecía desde el exterior. El espejo estaba roto y descascarillado, y la luz del techo se encendía y apagaba de forma intermitente, como un semáforo. Junto al inodoro había una pequeña bañera semioculta por la típica cortina de plástico con flores estampadas. Me acerqué al lavabo con la secreta esperanza de que al menos el grifo del agua funcionase, cuando de repente, un extraño me devolvió la mirada desde el otro lado del espejo.
Me quede helado. Instintivamente miré a mi espalda, aunque sabía que no había nadie detrás. El rostro que se reflejaba sobre la telaraña de cristal era el mio, sólo que no era el mio, o al menos no el que estaba acostumbrado a ver desde el día de mi nacimiento. Y aquel tampoco era mi cuerpo. Quien quiera que fuese aquel tío, era un poco más alto, un poco más joven y estaba en mejor forma que yo. Parpadeé, confuso. Vale, aquel no era yo y, sin embargo, si lo era. O al menos estaba contemplando el mundo desde el interior de su cabeza y a través de sus ojos. ¿Qué demonios estaba pasando?
Fue entonces cuando fui consciente del olor. Una vez conocí a un médico que aseguraba que lo peor de las autopsias no era la vista, ni siquiera el tacto, sino el olfato: tener que aguantar ese asqueroso tufo compuesto a partes iguales de sangre y carne cruda. Tenía razón. Una vez que lo has olido, es imposible olvidarlo; aunque en aquel momento no hubiera sabido decir donde lo había olido por primera vez. Tragué saliva, me acerqué a la bañera y aparté la cortina para poder echar un vistazo al interior.
Dentro había un cuerpo humano. O al menos, eso parecía. Alguien lo había descuartizado como si fuese un puzzle y había dejado todas las piezas allí amontonadas. Aparentemente, todo estaba ahí: brazos, piernas, tronco y vísceras. Bueno, no todo. Faltaba la parte más importante: la cabeza. Seguía sin recordar que había hecho la noche anterior, pero estaba claro que no había cenado, porque de lo contrario ya estaría devolviéndolo todo, aunque no pude evitar un par de arcadas cuando un acceso de bilis me subió por la garganta. Volví al lavabo a trompicones y abrí el agua fría para refrescarme la cara y la nuca. Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que había tomado por manchas de barro y óxido eran, en realidad, costras de sangre reseca. Eché de nuevo un rápido vistazo a la todavía húmeda montaña de carne mientras una siniestra asociación de ideas comenzaba a formarse en mi cabeza. Por suerte, un sonido inesperado me trajo de vuelta a la realidad: el politono de un teléfono móvil.
Parpadeé, tan sorprendido como si un alienígena se hubiese materializado de repente en medio del cuarto de baño. Por algún motivo, algo tan cotidiano y vulgar como un teléfono móvil parecía fuera de lugar en aquel escenario. Al cabo de varios segundos reaccioné y regrese al cuartucho en busca del maldito aparato. Este no se hallaba a la vista, aunque el sonido daba la impresión de provenir del interior del cajón de la mesita de noche y, en efecto, ahí estaba: un viejo y rayado Nokia que tenía todo el aspecto de haber salido de un triturador de basuras. Las palabras NÚMERO DESCONOCIDO parpadeaban en medio de la pantalla.
- ¿Sí? - pregunté tras dar a la tecla de aceptar llamada, en un auténtico alarde de ingenio y brillantez verbal.
- ¿Todavía estás ahí? ¿Estás loco o qué? Los cazadores te han localizado y llegarán en menos de cinco minutos. Lárgate quemando neumático. ¿Lo tienes?
La voz era femenina. No me resultaba familiar, pero tenía una cualidad enérgica que no admitía discusiones. Como si fuese un simple espectador en la película de mi vida, me oí responder:
- ¿Tengo el qué?
- El maletín, imbécil. No me digas que lo has perdido...
Miré rápidamente a mi alrededor. Ningún maletín a la vista. Nada tampoco debajo de la cama. Abrí el armario. Ahí estaba: un maletín metálico de seguridad, como los que usaban los correos comerciales o los joyeros, de color gris acero. A su lado colgaba una gastada cazadora de cuero que supuse sería también mía. O de él. O sea, del tío cuyo cuerpo estaba ocupando.
- No, aquí está. Lo tengo a mi lado.
- Muy bien - respondió mi interlocutora -. Sal de ahí YA. Coge el coche y cuando llegues a la carretera principal toma la desviación oeste hacia Beethmora.
- ¿Hacia donde? - inquirí, confuso.
- Beethmora, maldito tarado. ¿Te has metido algo? Espabila. Menos de tres minutos. ¡CORRE!
La comunicación se cortó desde el otro lado. Y yo, maldito si sé porqué, corrí. Agarré el maletín con una mano, la cazadora con otra y salí a toda velocidad de la habitación. No me crucé con nadie, ni siquiera en recepción. Era como si el hotel estuviese completamente desierto y yo fuese su único inquilino. Sin embargo, había varios coches en el exterior, aunque con aspecto de llevar ahí aparcados mucho tiempo. ¿Cual se suponía que era el mio? Rebusqué por mis bolsillos hasta encontrar un llavero con un mando a distancia. Al accionarlo se encendieron los pilotos de un viejo BMW de color beige, repleto de abollones, y con la chapa tan oxidada que en algunos sitios había empezado a picarse. "Menuda mierda", pensé, pero los pobres no tenemos donde elegir. Era curioso, al despertar había pensado que estaba amaneciendo, pero por la posición del sol - de un color rojo oscuro, casi granate - daba más bien la impresión de que anochecía. El hotel se alzaba en primera linea de playa, junto a un silencioso arenal bañado por las aguas de un océano inmóvil y con un aspecto tan gris y muerto como todo lo que me rodeaba. Había algo extrañamente irreal e hipnótico en el paisaje, pero sabía que el tiempo corría en mi contra, así que abrí la puerta del conductor y me introduje dentro del BMW. Contra todo pronóstico, aquel ruinoso cacharro arrancó a la primera. Siguiendo las instrucciones de mi misteriosa guía tomé el camino de salida y al poco rato llegaba al cruce con la carretera principal: una amplia cinta de asfalto que parecía extenderse en linea recta en ambas direcciones hasta el infinito. Enfrente un sencillo cartel indicaba que para dirigirse a Beethmora tenía que girar a la izquierda. Dirección oeste. "Muy bien, misteriosa desconocida", pensé. Allá vamos.
La carretera parecía tan solitaria y abandonada como todo lo que había visto hasta el momento. Justo antes de perder de vista el desvío al hotel pude ver por el retrovisor varios todoterreno de aspecto militar que se dirigían hacia allí. ¿Los cazadores? Por si acaso, apreté el acelerador hasta estar seguro de que no me seguían.
Muy bien. Ahí estaba yo, amnésico, ocupando un cuerpo que no era el mio y conduciendo por una carretera perdida en dirección a Dios sabe donde. Demasiadas preguntas sin respuesta me rondaban por la cabeza: ¿quien era mi desconocida interlocutora? ¿Qué había dentro del maletín? ¿Quienes eran los cazadores y porqué me perseguían? ¿De quien era el cadáver sin cabeza de la bañera? Y, sobre todo, ¿qué diablos estaba pasando?

(¿Continuará?)...

Comentarios

Julián Glez. Aréchaga ha dicho que…
Espero que sí porque me está gustando y eso que el primer párrafo es una descripción perfecta de lo que es para mí una mañana de domingo.
Irene Herrero ha dicho que…
Hola,Alejandro.Claro que merece la pena continuar esta historia!No tiene desperdicio...
Espero impaciente la segunda entrega,pues ya estoy "enganchada".
Felicidades y un abrazo,artista!
Anónimo ha dicho que…
Pues me sumo a lo dicho por los demás, ¿qué diablos está pasando? ¿cómo continúa?

Jose Manuel.
Abraham ha dicho que…
Confío en que continúe. Me ha gustado esta primera parte.

Saludos
Alejandro Caveda ha dicho que…
Julián:
Ya sabes que el que va de romería... ;)
Pero me alegro de todo corazón de que te esté gustando y espero que el resto de la historia no te decepcione, un cordial abrazo y hasta pronto.
Alejandro Caveda ha dicho que…
Irene:
Muchas gracias por tus ánimos y tu entusiasmo, te digo lo mismo que a Julián. En principio, intentaré colgar un capítulo cada 7 días (ja, ja, a ver si soy capaz...).
¡Un abrazo!
Alejandro Caveda ha dicho que…
José Manuel:
En breve podréis leer la segunda entrega y tendréis más pistas al respecto... Ya me contarás que te parece según vaya avanzando la trama ;)
Alejandro Caveda ha dicho que…
Abraham:
Continuará, no lo dudes, aunque espero que el resto os guste tanto como esta primera entrega. Un cordial saludo, camarada.
Anónimo ha dicho que…
Por fin he podido leer tu historia, me gusta,se queda uno con ganas de saber qué pasa.(Geli)

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